Colombia ha quedado fracturada. Rota en dos bloques casi idénticos. La victoria en las elecciones presidenciales de Abelardo de la Espriella por apenas un punto porcentual sobre el candidato de la izquierda heredera del ‘petrismo’, Iván Cepeda, no es la victoria de un partido o un programa, sino de un movimiento caudillista de extrema derecha que quiere subvertir el orden constitucional desde el poder para reconfigurar la sociedad y en general la cultura política de Colombia.
De la Espriella y su tropa deberían sacar al menos una lección de su victoria: la mitad de los colombianos no se identifican con sus objetivos y sus valores. Pero el presidente electo no lo entiende ni quiere entenderlo así.
De la Espriella es una combinación estrafalaria de ‘bon vivant’, orate, y facha. ¿Por donde empezar? Cuando se trata de hablar de inspiraciones y valores vitales antes que a su padre –un notario liberal que llegó a diputado– menciona los vallenatos. También le gusta la salsa.
Sus discursos, es cierto, tienen cierto ritmo de vallenato. “Vamos a acabar con toda esta gentuza. Vamos a destruir toda la obra de Petro y sus amigos corruptos, homosexuales y guerrilleros y narcos, vamos a acabar con la corrupción sobre la que vive este proyecto comunista, vamos a imponer la ley, el orden y el trabajo”. Una frase que repitió mucho: “La izquierda es el pasado y el futuro es la libertad”. Ya consagrado como el ganador le transmitió un mensaje claro a Cepeda: “Usted pueda hacer oposición, pero dentro de la legalidad, recuerde, senador, lo que duele la mordida de un tigre”.
Nacido en julio de 1978 en Bogotá, aunque vivió su infancia y adolescencia en Montería, en el Caribe colombiano. Por supuesto, asistió a la Universidad privada Sergio Arboleda, donde se licenció en Derecho, para especializarse después en Derecho Penal y Criminología. Con 24 años, con varios colegas, fundó un despacho profesional crecientemente exitoso. Su especialidad: liberar a ladrones, estafadores y asesinos con y sin uniforme. Como se convirtió en abogado defensor en algunos casos más publicitados –y aterradores– su imagen apareció a menudo en los medios de comunicación.
Como el bufete comenzó a apestar ligeramente ampliaron el registro y defendieron igualmente a mujeres asesinadas y comunidades indígenas envenenadas, pero de ahí no procedía el dineral que ingresaba. “Todo el mundo tiene derecho a una defensa”, insistía entonces De la Espriella. Él mismo se convirtió en abogado –hasta 2019– del mefítico Alex Saab, ministro de Industria con Nicolás Maduro y casi obviamente su testaferro, quien se hizo pasar durante años por venezolano con la anuencia de los chavistas.
Los elevadísimos ingresos de su bufete fueron vehiculados por su fundador a un conjunto de actividades empresariales caracterizadas por su pijismo irredento: una línea de ropa masculina (De la Espriella Style, por supuesto), el café ‘Hope by Animal Voice’, el restaurante Místico, la productora de vino y ron ‘Dominio De la Espriella’ y otras iniciativas semejantes, en su mayoría muy poco o nada rentables o incluso ya cerradas.
De la Espriella cree que canta muy bien y también metió dinero en un sello discográfico propio. Ha sacado por el momento dos discos: ‘Oh sole mio’ y ‘Navegante’. Si quieren disfrutar con semejante bizarría pueden ver en Youtube a De la Espriella cantando ‘Halleluyah’ a lomos de un caballo blanco mientras atraviesa una hacienda que muy probablemente sea suya.
Aunque ya sea muy evidente es muy rico y dispone de viviendas y fincas en Colombia e incluso una villa cerca de Florencia, donde reposa largas temporadas. Ama la cocina y la moda italiana desde que era un chiquillo. Y lo más sorprendente: es ciudadano estadounidense desde 2023 después de residir amplios periodos durante nueve años en Miami,
¿Cómo llega un tipo como este a la Presidencia de Colombia? Simplemente ocupa un vacío entre una derecha chocheante e ineficaz y una izquierda indecorosamente ineficiente en medio de una corrupción universal y un Estado semifallido. Su campaña recuerda la del argentino Javier Milei: retórica brutal, odios desprejuiciados, uso planificado de las redes sociales, introducción de la inteligencia artificial, desprecio a los partidos y líderes tradicionales, caudillismo desaforado, religiosidad licuefacta, moralismo como moral, alabanzas al trumpismo y a Israel. No niega sus vínculos con el ‘uribismo’, pero tampoco los cita. Sobre todo De la Espriella desprecia la democracia, sus principios y garantías. Para los suyos la democracia es un invento peligroso de rojos criminales y liberales imbéciles y debe extirparse cuanto antes: en un par de mandatos presidenciales.












