Hoy voy a contar una anécdota. Ocurrió hace unas pocas semanas en la carretera de montaña que conduce hasta la cima de Sierra Nevada. Allí se han pasado días varias de las estrellas que acuden a este Tour. Tadej Pogacar no ha sido la excepción.
La vida de un ciclista cuando está concentrado se asemeja mucho a los de los monjes que meditan y rezan encerrados en un monasterio donde se respira el aire de los bosques. Sólo cambian la oración por la bici, durante el resto de la jornada hay que comer sano, descansar y relajarse con un masaje antes de cenar e ir a dormir.
Son muchas horas y cada día se hace lo mismo. Subir y bajar por Sierra Nevada, buscar una carretera llana por los alrededores y acumular kilómetros pensando que el esfuerzo tendrá la recompensa de convertirte en una superestrella del Tour. Y eso es lo que hizo Pogacar antes de viajar a Suiza, destrozar la prueba en la primera de las cinco etapas y dejar la ronda helvética lista para el aburrimiento, tal cual destacaba hace un par de días Joan Manuel Serrat, en una entrevista publicada en ‘El País’ por Carlos Arribas.
Un cantautor que fue enviado especial
De Serrat seguramente hablaré otro día porque siempre conviene recordar que hace 42 años se convirtió en enviado especial de EL PERIÓDICO al Tour y vivió toda la experiencia que supone seguir esta carrera que, evidentemente, ha cambiado en cuatro décadas pero que antes, después y seguramente en el futuro mantendrá siempre una esencia única y especial.
Sierra Nevada reemplazó este año a Andorra. Allí sigue viviendo más de un centenar de corredores que ha escogido la residencia en el país pirenaico por la doble llamada que supone entrenar rodeado de bellas montañas mientras te ahorras un montón de impuestos que pagarías en tu país de origen.
Aquí voy a abrir un segundo paréntesis. Hace unos años un corredor español que había abierto piso en Andorra volvió a casa por Navidad, se fue a entrenar y protestó luego en las redes sociales por el mal estado en el que se había encontrado una carretera cercana a su localidad natal. Alguien, acertadamente, le contestó que no la habían podido arreglar por falta de capital debido a los impuestos que él no había pagado.
Pogacar y Ayuso
Volvamos a Pogacar. Ahora ya lo vemos subiendo a Sierra Nevada en los primeros días de junio. No es el único que entrena por Granada. Todos se saludan cuando coinciden en la carretera dando igual el equipo que te paga y la publicidad que luces. Los ciclistas se conocen entre ellos y si alguna vez tuvieron alguna discrepancia es mejor olvidarla, que el tiempo siempre lo borra. Por eso, la instantánea del fenómeno esloveno y Juan Ayuso charlando de forma cordial no deja de ser una imagen saludable cuando se ofrece al mundo a través de las redes sociales.
Hay varios equipos viviendo en Granada, prácticamente buena parte de los corredores designados para disputar el Tour se reparten entre hoteles y apartamentos de la zona. Por la ruta andaluza también pasan los vehículos de equipo, coches decorados con los anuncios de las marcas que patrocinan a los corredores, auxiliares que tienen a los ciclistas geolocalizados y a los que prestan ayuda tanto en asistencia técnica, comida, bebida y ropa, que a veces la montaña, tanto en frío como en calor, juega malas pasadas.
Entre los empleados de las escuadras ciclistas hay una norma de solidaridad, auxilio y buen comportamiento que todos cumplen. Si ven tirado a un corredor rival con una rueda destrozada o un cambio que se ha puesto tontorrón, bajan del coche y se ponen manos a la obra. E igual hacen a la hora de entregar un bidón o una barrita energética.
Así que cuando adelantan a un profesional en pleno esfuerzo bajan la ventanilla del coche y le preguntan, generalmente en inglés, si necesita alguna cosa. Habitualmente la respuesta siempre es negativa.
Feliz por Granada
Se podría escribir que Pogacar navegaba feliz por las tierras de Granada, por esas carreteras que supuestamente pasan junto a la fosa donde fue enterrado Federico. Noventa años después su cuerpo sigue sin aparecer; matar a un poeta es un crimen contra la humanidad. Y pedaleaba tranquilo, acumulando kilómetros y pensando seguramente dónde, cuándo y cómo realizará el ataque definitivo para dejar el Tour visto para sentencia. Barcelona esperó en un día bondadoso hacia su gregario Isaac del Toro.
El auxiliar vio que era Pogacar, inconfundible por la velocidad, el estilo y el jersey arcoíris que lo identifica como campeón del mundo y que lleva también mientras entrena. Bajó la ventanilla y le preguntó a la estrella eslovena si necesitaba alguna cosa. Pogacar creyó que no lo había reconocido. “Soy Pogi (su apodo)”, le dijo en inglés. “Ya sé quién eres”, le respondió el mecánico. Una sonrisa y un saludo sirvieron para poner punto final a la conversación. “Granada es el sosiego, el agua que se estanca, el agua que murmura bajo las sombras altas”, como escribió un día el poeta citado en este texto.
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