Puedes ser tú. O tu amiga. O tu compañera de trabajo. O tu hija. Si hay suerte -maldita, funesta, desdichada suerte-, un día la policía se pondrá en contacto contigo. Entonces sabrás. Quizá en ese instante de estupefacción entiendas esas infecciones vaginales recurrentes, esos dolores inexplicables, también el aturdimiento, la fatiga.
Sí, quizá al saber que has sido víctima de una o muchas violaciones por sumisión química, algunos indicios cobrarán sentido. Pero ese conocimiento solo será la llave que abrirá el quebranto. Descubrir que, durante una hora o muchas, dejaste de tener control de tu cuerpo, que fuiste usada como una muñeca sexual, que has sido vista por hombres de todo el mundo. Tu desnudez convertida en materia masturbatoria. Tu confianza, traicionada. Sentirás heridas en un cuerpo que creías ileso. Tantas heridas que costará reconocerlo. ¿Soportarás mirarte al espejo? ¿Cómo recibirás las nuevas caricias? ¿Te atreverás a probarte un bañador en una tienda? Porque sentirás, también, el miedo en cada gesto, en cada esquina, en cada noche. Esto no me puede haber pasado a mí, pensarás. No me pasará a mí, piensas. No nos pasará, pensamos todas.
La Agencia Nacional contra el Crimen (NCA) británica ha descubierto una «red verdaderamente internacional» de violaciones por sumisión química. Por ahora, se ha identificado a más de 270 agresores vinculados a un foro en el que los usuarios interactuaban entre ellos, discutían y compartían métodos para drogar y cometer todo tipo de agresiones. En las conversaciones también invitaban a otros hombres a participar en la agresión y se compartían las imágenes registradas. La mayoría de las víctimas aún no han sido identificadas, es posible que ni siquiera lo sospechen. Los investigadores muestran su inquietud ante un fenómeno criminal que está muy lejos de ser un hecho aislado, sino que refleja un «comportamiento organizado» con miembros identificados en docenas de países de todos los continentes. Están convencidos de que hay muchos más grupos de agresores que aún no han sido detectados. Decenas, centenares o miles de víctimas no saben que, como Gisèle Pelicot, Joanne Young o Claudia Wuttke, pueden estar siendo víctimas de una persona de su confianza.
Pienso en las 27 mujeres asesinadas en España en este 2026. Pienso en tantas y tantas víctimas de agresiones sexuales. Y pienso, también, en cómo la lucha contra la violencia machista se desgarra ante las narrativas cómplices del terror, esas que se abonan al mito de las denuncias falsas, esas que tratan de difuminarla bajo el nombre de violencia intrafamiliar o esas que solo hablan de violaciones cuando implican a un agresor extranjero. El muy francés Dominique Pelicot, el muy británico Philip Young o el muy español –sí, español– Fernando P. (pareja durante quince años de Wuttke) reflejan la verdad estructural e ideológica de una violencia sistémica cometida por hombres contra mujeres. Un «comportamiento organizado» criminal, con sus agresores y sus cómplices. Y con todas las mujeres en el punto de mira.
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