Madre de una niña de 9 años, Alicia confiesa que desea y teme el verano a partes iguales. «Tus vacaciones siempre son más cortas que las de tus criaturas, así que tienes que estar haciendo equilibrios constantemente. Los ‘casals’ cuestan un dineral y, la mayoría de las veces, no puedes permitirte un horario que cubra las mismas horas que la escuela», se sincera esta madre, para quien el calor extremo de las dos primeras semanas de las 11 que duran las vacaciones escolares -aún quedan nueve- ha supuesto un obstáculo añadido. «Hay momentos en que el calor es totalmente incapacitante. Tu hija te pide que juegues con ella a las cartas, pero tú bastante tienes con vaciar el lavavajillas sin fundirte», cuenta Alicia, consciente de que el verano supone un doble trabajo -el propio y el de «dinamizadora de actividades»- y de que atravesarlo en mejores o peores condiciones depende, en gran medida, de la clase social. «No es lo mismo tener aire acondicionado que no tenerlo, o poder pagar un ‘casal’ o no poder hacerlo», ejemplifica. Según el Idescat, uno de cada tres niños catalanes viven en hogares que no pueden permitirse una semana de vacaciones al año.
La reflexión de Alicia -pese a todo, consciente de estar en un grupo de las privilegiadas- es compartida por miles de madres (y algunos padres) en situaciones similares. Los niños se aburren porque tienen muchas menos horas ocupadas que de costumbre, la temperatura asfixiante reduce las opciones y al final, la solución acaba pasando con más o menos mala conciencia por parte de los progenitores, por más horas de pantalla. «Inevitablemente, te acuestas más tarde, porque por la noche es cuando se puede estar, pero te levantas a la misma hora, porque tú trabajas y la niña va al ‘casal’, y se acumula el cansancio con el estrés térmico; en verano todos somos más vulnerables; y cedes», prosigue esta madre, quien lamenta que «la cosa comunitaria se ha perdido mucho».
El precio de los ‘casals’ de verano, los problemas de conciliación y la falta de aire acondicionado en muchos hogares condicionan el día a día de muchas familias
«El paradigma social ha cambiado, los padres tenemos que dinamizar los espacios de ocio a nuestras criaturas, hijos de una sociedad en la que todo va muy rápido y donde las alternativas de ocio autónomo que tienen son mucho más tóxicas de que las que teníamos nosotros de niños. Antes, salíamos a la calle a jugar, y ahora es pantalla y pantalla. Si no tienes recursos, porque estás superada, la solución acaba siendo ‘tablet’, consola o tele, y eso convierte al niño en un objeto pasivo, que no descarga su energía infantil, y apela al individualismo, pero a la vez es muy tentador«, reflexiona convencida de que el aire acondicionado será el próximo electrodoméstico imprescindible, como lo es la lavadora.
El 52% de los nacidos en 2020 estará expuesto a olas de calor sin precedentes a lo largo de su vida, frente al 16% de quienes nacieron en 1960
El mantra «disfruta del verano más fresco del resto de tu vida» resuena atronador en la cabeza de Anna mientras soborna a sus hijos de 11 y 8 años con la promesa de sobres de cromos del Mundial y de Pokemon para que avancen el cuadernillo de vacaciones, antes de ceder a volver a encender la tele. La primera semana de julio, la tarifa es de un sobre por cada diez páginas.
Marcar los límites
La pediatra Elena Codina, coordinadora del grupo de trabajo de salud medioambiental de la Societat Catalana de Pediatria, recomienda pactar el consumo de pantallas haciendo entender a las criaturas que se trata de una excepción estival, siempre marcando unos límites claros y teniendo en cuenta la calidad de lo que consumen. La doctora tiene claro que al tratarse de un problema transversal, las políticas para afrontarlo tienen que ser también transversales.
«Estar sometido a estrés térmico durante muchos días puede afectar al neurodesarrollo y causar problemas de salud mental»
«Si reformamos una plaza, tenemos que convertirla en el máximo refugio climático posible; igual que las escuelas; los pediatras llevamos años diciéndolo», prosigue la pediatra, quien añade que a nivel local se pueden hacer muchas acciones. «Crear una buena red de refugios climáticos, como bibliotecas, centros cívicos o ludotecas, con una verdadera planificación, de mayo a septiembre, con franjas de 12 horas diarias que supongan una opción real para las familias», apunta la también responsable de la unidad de salud medioambiental de Sant Joan de Déu (SJD), subrayando que lo primero que se tendría que definir bien es qué características tiene que tener un refugio climático.
Seis de cada diez niños catalanes no hacen ni colonias ni ‘casals’; suelen ser los mismos que no van de vacaciones y viven en pisos sin aire acondicionado
La pediatra apunta también la necesidad de corredores verdes en las ciudades, para poderte desplazar hacia esos refugios. «Es importante pensar cómo diseñamos las ciudades e ir dejando atrás los parques infantiles con caucho«, añade Codina, convencida de la importancia de las políticas locales («por eso siempre decimos que los alcaldes y los concejales podrían ser ministros de salud»). «No hacer nada ante esta situación, a la larga, tendrá impactos. Estar sometido a estrés térmico durante muchos días puede afectar al neurodesarrollo y causar problemas de salud mental«, advierte.
Según un estudio publicado hace pocas semanas en ‘Nature’, el 52% de las personas nacidas en 2020 -es decir, los niños que ahora tienen seis años- estará expuesto a olas de calor sin precedentes a lo largo de su vida, frente al 16% de quienes nacieron en 1960 (sus abuelos).
«El verano siempre ha sido un momento en el que se hacen muy evidentes las desigualdades, y la crisis climática es un amplificador brutal de esa brecha»
Maria Truñó, directora de la Aliança Educación 360 -red que trabaja para garantizar las oportunidades educativas más allá del horario lectivo, especialmente en el ámbito del ‘lleure’- pone sobre la mesa la importancia de este problema, sobre todo en un contexto en el que están en entredicho las salidas y colonias escolares el curso que viene. «El verano siempre ha sido un momento en el que se hacen muy evidentes las desigualdades, y la crisis climática es un amplificador brutal de esa brecha«, asegura Truñó, quien recuerda que seis de cada diez niños catalanes no hacen ni colonias, ni ‘casals’; que suelen ser los mismos que no van de vacaciones, viven en pisos sin aire acondicionado.
«Hablamos mucho de sedentarismo, de ‘pantallismo’, de esa soledad no deseada, pero no hacemos una política pública de primer orden para ponerle remedio. Hace un año logramos que el Parlament aprobara una moción a favor de garantizar un mínimo de dos semanas de ocio educativo en verano para todos los niños y adolescentes, que sea un derecho para las familias y una obligación para las administraciones, y no se ha avanzado nada», lamenta.
Según el último Informe sobre el Riesgo Climático de la Infancia de UNICEF, publicado este junio, la mitad de los niños del mundo están expuestos a múltiples amenazas climáticas que ponen en riesgo su salud y su educación. En España, el mismo estudio estima que más de cuatro millones de criaturas pueden sufrir el impacto del calor extremo, las sequías y la contaminación.
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