Tour de Francia de 1909. 29 de julio, penúltima etapa, de 426 kilómetros entre Brest y Caen. Un ciclista, de nombre Joseph Habierre, recibe un fuerte golpe por la espalda en plena noche cerrada mientras arreglaba un pinchazo en una de las ruedas de su Alcyon de hierro al borde del camino. Pierde el conocimiento durante un tiempo indeterminado. Recupera la consciencia, termina la reparación y se dispone a recorrer, en solitario y sin ningún tipo de avituallamiento encima, los más de 400 kilómetros que restan hasta la línea de meta. Termina cogiendo al grupo con unos escasos 10 minutos de retraso -recuperando la hora y 20 con la que pasó el primer control- respecto a Jean Alavoine, ganador de aquella etapa en un Tour que terminaría ganando François Fabet.
El autor de esa pequeña aunque tremenda gesta en realidad era un aragonés, originario de Jaca, llamado José María Javierre. Tenía entonces 21 años, pero llevaba prácticamente toda su vida, desde los 4 años, en el país galo, después de que su madre se echara a cuestas a sus cinco hijos tras la muerte de su marido, para cruzar el Pirineo y encontrar sustento al otro lado de la frontera. Lescar, en las inmediaciones de Pau, en la provincia de Aquitania, fue el primer hogar de su nueva vida.
La historia de aquel jacetano es además parte de la del ciclismo nacional. Javierre fue el primer español en participar y terminar el Tour, tal y como publicaron originalmente en España los periodistas Carlos Arribas y Sergi-Egea en junio de 2004, hoy convertido en una de las grandes pruebas del calendario UCI WorldTour. Lo haría en dos ocasiones. En 1909, cuando ocurrió aquella anécdota sintetizada en las primeras líneas de este reportaje, que Ignacio y Carlos Naya dramatizaron en el documental Isolé (2024), y en 1910. El propio Javierre evocaría aquella anécdota en 1952, cuando publicada en la revista francesa Eclair-Pyrenées, dando cuenta de cuánto había cambiado aquel deporte: «Una bici de 16 -18 kg, sin avituallamientos y sin cambios, ¿alguien da más?».
Henri Desgrange, entonces director del Tour, le tentó para acudir también en 1911, pero Javierre rehusó.
Correr como isolé
«Lo que hizo mi abuelo fue una hazaña extraordinaria si tenemos en cuenta cómo se corría en aquella época; estoy muy orgulloso de ello», confiesa a este periódico su nieto Jean Pierre Yus, último familiar vivo de Javierre, pese a reconocer que apenas tiene recuerdos suyos de primera mano al fallecer cuando él era todavía apenas un niño. Aquel Tour de Francia de principios del siglo pasado tiene muy poco que ver con el que comienza este sábado en Barcelona. Nacido en el seno de la redacción del periódico deportivo L’Auto en 1903 como una estrategia para vender más ejemplares, tenía más de prueba de supervivencia que de competición deportiva tal y como la podemos entender en el presente. La filosofía era clara: cuánto más al límite llegaran los competidores, mayor incertidumbre; cuanta más incertidumbre, mayores tiradas vendidas.
«Terminar dos tour era ya en sí una gran hazaña; los ciclistas que corrían como ‘isolés’ eran más bien aventureros»
Basta con echar un vistazo a aquellos inicios de la competición: etapas de media más de 300 kilómetros que se completaban en más de 15 horas, caminos sin asfaltar y en ocasiones de dudosa accesibilidad, rampas imposibles para unas pesadas bicicletas que solían contar con apenas un plato y un piñón y con un sistema de frenos que quemaban rápidamente la goma de la cubierta, obligando a los ciclistas de hace más de un siglo a ser especialmente habilidosos en los descensos.
Y por si fuera poco, la organización, con Desgrange ejerciendo el doble papel de director del diario y del Tour, no solo permitía participar a los corredores profesionales asociados a un equipo, sino también ciclistas amateur, con cierto pedigrí local, que se enrolaban en la categoría de isolé, o lo que es lo mismo, en solitario, y por tanto sin ningún tipo de asistencia externa durante la carrera ni posibilidad de llevar comida o bebida encima. Así compitió Javierre en sus dos participaciones. Y pese a ello, sus resultados fueron notables: decimoséptimo (sexto isolé) en 1909 y vigésimocuarto en 1910. «Terminar dos tour era ya en sí una gran hazaña», contextualiza a este diario Ignacio Naya.
«Está claro que eran más bien aventureros, podríamos compararlos con un Carlos Pauner hoy en día. Era una forma de hacerse un nombre, porque cuando completas una hazaña deportiva de ese calibre consigues cierta fama local», explica Naya en referencia a los ciclistas que corrían en como isolés. Las reglas eran claras: estos corredores debían completar los alrededor de 4.500 kilómetros, distribuidos en 14 etapas, valiéndose solo de sus propios medios y teniendo que recurrir a los vecinos locales para garantizarse la manutención durante la prueba. El número de bajas cada edición podía llegar, fácilmente a ser de más de 50% o 60% de los corredores que tomaban la salida.
Pionero y…héroe de guerra
«La historia de Javierre es la de los inmigrantes españoles de finales del siglo XIX, que cruzaron la frontera camino a Francia buscando una vida mejor», explica Naya. Su madre, Orosia, enviudó cuando el pequeño José María, nacido en 1888, apenas tenía cinco años y se lanzó a cruzar el Somport para huir de las penalidades de aquella España finisecular en crisis y una situación particular francamente difícil. El pequeño Javierre, rebautizado de forma involuntaria como Habierre por simple cuestión de conversión fonética al francés -aunque nunca se cambió el nombre de manera oficial-, cultivó pronto el gusto por ir en bici, no solo como forma de desplazarse, sino también para competir de forma modesta y logrando varios triunfos en carreras.
Arriba, Cecile Yus y su padre, el jacetano José María Javierre; abajo, Jean Pierre Yus / Servicio especial
Esa pequeña gloria local mientras vivía en Lescar y posteriormente en Olorón fueron sus billetes para enrolarse en el Tour de Francia y hacer historia. En sí, toda la vida de Javierre fue un poco de película por las múltiples vidas que cobijó hasta que falleció en 1954 a los 66 años. Al exilio familiar, se le sumaron unos inicios laborales en una empresa de construcción de las carreteras del Pirineo, después un taller de bicicletas que se montó en Olorón y que con el paso de los años fue prosperando hasta tener incluso una marca propia, la Royal Asport, y una participación como voluntario en la legión extranjera francesa durante la I Guerra Mundial, (1914-1918) gracias a lo cual, dicho sea de paso, logró la nacionalidad gala y varias condecoraciones militares.

Jean Pierre Yus, nieto de José María Javierre, en el emblemático puerto de Aubisque, en el Pirineo francés / Servicio especial
Cualquiera de estas vidas de Javierre habrían tenido un valor pleno en sí mismo, pero fue ser el primer español en terminar el Tour de Francia el que gozó de mayor proyección de puertas a fuera de su hogar. «El hombre tendría su ego, pero parece que no fue un tema de conversación recurrente; era un hombre relativamente humilde«, afirma Naya. Una teoría que viene a corroborar el último nieto de aquel jacetano, Jean Pierre Yus. «Nos dimos cuenta de la magnitud de la hazaña de mi abuelo cuando la televisión española vino a grabar a casa de mi madre», asegura, sin poder precisar exactamente cuándo ocurrió eso. En 1954, cuando falleció Javierre, su nieto tenía solo 7 años. Su hija, Cecile Yus, madre de Jean Pierre y quien le transmitó la gran mayoría de las andanzas de su abuelo, murió en febrero de este año.
Él, Jean Pierre, remarca pese a todo el orgullo que siente por su historia familiar, también como aficionado ciclista que es. Tengo un rincón en mi casa dedicado íntegramente a él: fotos, la Legión de Honor o la Gran Cruz de Guerra; estoy muy orgulloso de lo que hizo«, concluye sobre aquel mitad español, mitad francés, que hizo historia en París hace 117 años.














