Domingo por la mañana, a primera hora. En la mesa de al lado desayunan un hombre mayor y una niña de seis o siete años, supongo que su nieta. La niña mantiene que las moscas son pájaros pequeños y el hombre intenta explicarle que se equivoca.
–Las moscas son insectos -dice el viejo con la autoridad cansada de quien lleva toda la vida clasificando la realidad.
-No -responde la niña-. Son pájaros pequeños.
El hombre mira alrededor como en busca de ayuda. Cuando nuestros ojos se encuentran, hago un gesto de impotencia. No sé qué diferencia hay entre una verdad y un convenio.
-Los pájaros tienen plumas -insiste él.
-Los murciélagos no.
El abuelo no se rinde:
-Los murciélagos no son pájaros.
-Porque lo digas tú.
-Y las moscas tienen seis patas. Los pájaros, dos.
-Porque no les caben más.
El hombre calla. Hay silencios en los que la inteligencia cambia discretamente de bando.
La niña moja una magdalena en el cola-cao mientras una mosca describe círculos sobre la barra. Vista de lejos, en efecto, parece un gorrión minimalista. De hecho, se me ocurre, si uno reduce suficientemente un mirlo y le quita las plumas, el pico, los huesos y la dignidad, termina obteniendo algo muy parecido a una mosca. Cuidado, en fin, con las categorías. Cuando uno aprende que esto es una silla, aquello una nube y lo otro un gusano, deja de mirar, deja de preguntarse. Los niños, por suerte para ellos, viven en un mundo líquido donde las cosas pasan de una familia a otra sin necesidad de presentar documentos.
-Las moscas se llaman insectos y los pájaros se llaman pájaros porque todo el mundo está de acuerdo -se rinde el abuelo-. Si no quieres que te suspendan en Ciencias Naturales o como se llame la asignatura en la que se estudia eso, conviene que tú también lo aceptes o al menos finjas aceptarlo.
La niña vuelve a su desayuno con la serenidad de quien ha desmontado la taxonomía occidental (y la oriental, supongo) antes de las diez de la mañana. Se merece un Nobel.
Fuente: La Nueva España













