La Cámara de Representantes aprobó este jueves una resolución de poderes de guerra que ordena al presidente cesar las hostilidades con Irán. Salió adelante por 214 votos contra 208, con cuatro republicanos —Warren Davidson, Brian Fitzpatrick, Tom Barrett y Thomas Massie— sumándose a la totalidad de los demócratas justo cuando la guerra alcanza su día 145.
En la práctica, la votación apenas tiene alcance: se trata de una resolución concurrente, de modo que aunque el Senado aprobara el mismo texto, la medida no llegaría al escritorio de Donald Trump para su firma. Es la quinta vez que la Cámara vota una iniciativa de este tipo y solo la segunda que la saca adelante.
Ahora bien, reducirla a un gesto vacío sería un error de lectura. El voto envía un mensaje inequívoco desde el Capitolio a la Casa Blanca: los legisladores están cansados de la guerra de Irán —igual que el grueso de los estadounidenses, según las encuestas recientes— y quieren saber cuándo va a terminar.
La demócrata Pramila Jayapal, que presentó la resolución, lo formuló en el hemiciclo en términos deliberadamente solemnes: «Este es un voto de conciencia. Un voto que nos exige encontrar la fuerza para hacer lo correcto para el pueblo estadounidense y enviar al presidente un mensaje claro y rotundo: esta guerra debe acabar».
El contexto demoscópico convierte ese mensaje en una advertencia seria. La media ponderada del Silver Bulletin del estadístico Nate Silver sitúa el apoyo al conflicto en torno a un tercio del electorado frente a casi seis de cada diez opositores.
La valoración de la gestión presidencial del conflicto es todavía peor. Conviene recordar, además, cómo empezó todo esto: Trump no pidió autorización al Congreso para una guerra que arrancó el 28 de febrero y que ha intentado etiquetar como una «escaramuza» o una «operación a corto plazo».
Cinco meses después, esa escaramuza ha consumido decenas de miles de millones, ha llenado bases aliadas de cráteres y obligó este miércoles al presidente a asistir al traslado solemne de los restos de otros cuatro militares muertos en combate.
«Todavía no han sufrido suficiente»
La respuesta de Trump a ese cerco político no ha sido la moderación, sino un salto adelante. En una entrevista con Axios difundida este jueves, el presidente afirmó estar considerando un ataque «mayor que nunca»: «Estoy considerando un ataque masivo. El más grande hasta ahora. Estoy cerca de tomar una decisión. Lo tenemos todo preparado».
Añadió que cree que los dirigentes iraníes «quieren negociar» pero aún no están listos para cerrar un acuerdo, por una razón que resume su teoría del caso: «Todavía no han sufrido suficiente dolor».

Buques en el estrecho de Ormuz.
El día anterior había formulado en Truth Social otra amenaza: cada vez que Irán dispare contra un barco en Ormuz, Estados Unidos bombardeará y destruirá «UN PUENTE O UNA CENTRAL ELÉCTRICA», incluidos los situados junto a Teherán o dentro de la propia capital.
Ahí asoma el matiz más revelador de toda la secuencia. Trump amenaza, pero esta vez evita fijar plazos. Y no lo hace por casualidad: lo hace porque los plazos anteriores lo han desnudado.
En marzo, dio a Irán 48 horas para reabrir el estrecho bajo pena de bombardear sus centrales; en abril prorrogó el ultimátum de un lunes a un martes al que bautizó como «el día de las centrales y los puentes», exigió en un mensaje soez que Teherán abriera «el puto estrecho» y advirtió de que los iraníes vivirían «en el infierno».
Prometió también devolverlos «a la Edad de Piedra, que es donde deben estar». Nada de eso ocurrió. De ahí que los mercados hayan acuñado su propia doctrina: el llamado TACO, acrónimo de «Trump Always Chickens Out» —Trump siempre se acobarda—, que los analistas de State Street ya aplican no solo a los aranceles sino a todo su repertorio de pulsos geopolíticos.
El problema es que Irán ha leído ese historial y ha actuado en consecuencia.
Lejos de estar neutralizado, como se aseguró a las pocas horas de empezar la campaña, Teherán mantiene una capacidad ofensiva notable: ha bombardeado plantas desalinizadoras y energéticas en Kuwait, ha atacado activos militares estadounidenses en Baréin y en Jordania, y mantiene un bloqueo casi total del estrecho que ha disparado la inflación en medio mundo.
Su respuesta a las amenazas de esta semana ha sido elevar la apuesta, no plegarse: el mando militar iraní ha advertido de que no permitirá «bajo ninguna circunstancia» que una potencia extrarregional interfiera en Ormuz.
El policía del mundo sin ayudantes
La ironía de fondo es que Trump ha convertido a Estados Unidos en exactamente lo que prometió que dejaría de ser.
El hombre que hizo campaña contra las guerras eternas y contra el papel de gendarme global lleva cinco meses ejerciendo de ambas cosas a la vez, y está descubriendo, después de cinco años y medio en la Casa Blanca repartidos en dos mandatos, que el oficio de policía del mundo exige algo que él ha dedicado su carrera a dinamitar: aliados dispuestos.
En marzo, intentó formar una coalición internacional para patrullar Ormuz y el resultado fue humillante.
La mayoría de los líderes extranjeros se negaron, alegando que no pensaban empantanarse en una guerra que no habían empezado, y Trump acabó despachando el asunto en el Despacho Oval con un desdén poco creíble: «Tampoco es que necesitemos demasiada ayuda. En realidad, no necesitamos ayuda alguna».
Acto seguido acusó a la OTAN de «cometer un error muy estúpido».
Con los aliados árabes, la dinámica es distinta pero igual de estéril. Ellos sí tienen intereses directos —son quienes reciben los misiles y quienes ven mermadas sus exportaciones— pero carecen de medios y de coartada ante sus propias opiniones públicas.
Arabia Saudí, Turquía, Omán y Catar llevan meses pidiendo contención a ambos bandos, convencidos de que cualquier escalada les caería encima a ellos.
La respuesta de Washington a ese recelo ha sido comprar lealtad: Trump ha aprobado formalmente un acuerdo nuclear civil con Riad a treinta años, valorado en decenas de miles de millones, que abre la puerta al enriquecimiento de uranio en suelo saudí y excluye a los competidores extranjeros.
Este jueves, añadió una condición: que Arabia Saudí se una a los Acuerdos de Abraham y normalice relaciones con Israel. Un pago por adelantado a cambio de una colaboración que nadie ha garantizado.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu en un debate en el pleno de la Knesset.
Queda Israel, el aliado que siempre estuvo ahí… solo que Trump lleva meses ninguneando a Benjamin Netanyahu, y el acuerdo saudí ha sido la gota que ha colmado el vaso.
La reacción en Jerusalén fue de alarma inmediata: el ex primer ministro Ehud Barak lo describió como una señal de la «pérdida de confianza» entre Netanyahu y Trump, mientras el líder opositor Yair Lapid lo calificaba de «fracaso total» del primer ministro: «Su trabajo es impedir un programa nuclear saudí».
El golpe llega, además, a tres meses de las elecciones israelíes de octubre. Y ahí está la pregunta que nadie en Washington ha respondido: en plena precampaña, con las encuestas en contra y el electorado exhausto, ¿va a meterse Netanyahu en una ofensiva conjunta que le garantice ataúdes y destrucción justo antes de la votación?
Un avispero, un lanzallamas y una mano que nadie ve
El caso es que el mapa de esta guerra se ha vuelto un sistema de vasos comunicantes donde cada movimiento genera una reacción indeseada en otro punto.
Si Trump premia a Riad con tecnología nuclear, irrita a Israel y humilla a Netanyahu. Si atiende a Netanyahu, pierde a los saudíes, cuya normalización con Israel exige avances hacia un estado palestino que el israelí rechaza.
Si va a por los hutíes —enemigos comunes de saudíes e israelíes—, corre el riesgo de incomodar a Catar y de abrir un tercer frente cuando no ha cerrado ninguno de los dos anteriores.
Aparte, conviene recordar que los propios líderes del Golfo le dijeron en persona que se oponían a un ataque estadounidense contra Irán, precisamente porque sabían quién pagaría la factura.
Una factura que también paga, por cierto, el resto del mundo: el Brent superó este jueves los cien dólares por primera vez desde el 26 de mayo, subiendo un 7% hasta 100,70, con el West Texas en 92,25 y una escalada del 30% solo en lo que va de mes.
Los rendimientos del bono estadounidense a diez años se dispararon al 4,65%, su nivel más alto desde mayo, y la hipoteca a treinta años trepó al 6,75%.
El detonante fue la apertura del segundo frente marítimo: los hutíes declararon el lunes un bloqueo naval contra los buques saudíes y este jueves reivindicaron el ataque contra dos petroleros del reino en el mar Rojo.
Siete buques han cambiado ya de rumbo para evitar Bab el-Mandeb, dejando a los millones de barriles diarios que Riad desviaba hacia Yanbu para esquivar Ormuz con una sola salida: el canal de Suez, semanas más de travesía. Las dos arterias energéticas del planeta, estranguladas a la vez.
El hombre que en el Despacho Oval le explicaba a Volodímir Zelenski que no tenía cartas para jugar lleva cinco meses jugando las suyas de espaldas al tapete, sin que nadie —ni Teherán, ni Riad, ni Jerusalén, ni sus propios generales— sepa a estas alturas si sostiene tres ases o una pareja de cincos.
Se ha metido en un avispero con un lanzallamas en la mano y no acaba de decidirse a usarlo, convencido de que la amenaza basta y de que siempre habrá una salida negociada esperando al final del farol.
El memorando de entendimiento que él mismo dio por muerto el 8 de julio era esa salida. Ya no existe. Con el petróleo por encima de cien dólares, la Cámara votando en su contra, los aliados mirando hacia otro lado y los avispones llenando el aire, quizá sea tarde para seguir hablando de acuerdos y negociaciones.
El TACO tenía una fecha de caducidad, y todo indica que era esta semana.













