Sorprendentemente los comentarios sobre la carrera política y el compromiso social de José Luis Álamo emitidos después de su muerte recalcan su trabajo como concejal de Nueva Canarias. Uno los lee uno tras otro y casi concluye que José Luis Álamo militó en NC desde su más tierna infancia. Es realmente sorprendente que nadie lo recuerde: Álamo fue secretario general del Partido Nacionalista Canario y diputado en el Parlamento de Canarias – espero que se le mencione con el respeto que se merece en el próximo pleno -. Y consiguió el escaño gracias al acuerdo electoral que alcanzaron la joven Coalición Canaria y el PNC en las elecciones autonómicas de 1995. Todo esto no puede decirse porque equivale, para cierta gente, a entregar una pieza simbólica al enemigo. Así que nada de PNC, nada de acuerdo electoral, nada de escaño. Como mucho hablar en voz baja del error que cometió Álamo en aprobar y hasta impulsar esa impía alianza. Tampoco nada que decir sobre los que perseveraron en el mismo error hasta ser investidos presidente del Gobierno de Canarias, como ocurrió con Román Rodríguez en 1999.
Es el signo de la decadencia de la izquierda: censura su propia historia para modificar la historia de todos. Denuncia indignada exactamente lo mismo que hace. Rodríguez – que montó el Servicio Canario de Salud primero y fue un buen presidente, con sus luces y sombras, después – se proyecta como un ejemplo casi inmejorable de ese izquierdismo hemipléjico. Ha acusado a los dirigentes de CC de estar detrás de la implosión de su partido y de la traidora creación de Primero Canarias. “Llevaban muchos meses preparando esto”, declaró el pasado año. Yo juro que me maravillo. Después de la (torpe y errónea) decisión de la mayoría de CC de no apoyarlo como vicepresidente y consejera de Economía y Hacienda del Gobierno en 2003 contra los acuerdos firmados previamente, Rodríguez optó por presentarse al Congreso de los Diputados en las elecciones de 2024. Por supuesto, bajo las siglas de Coalición Canaria. Y desde ese escaño preparó la organización y fundación de uno nuevo partido, Nueva Canarias. Sin sombra de duda ni reservas morales. Montó su plataforma política contra el partido que lo había puesto en un jugoso escaño y mientras usufructuaba ese escaño. Sus severas denuncias de ahora forman parte de un cansado ejercicio de hipocresía.
Desde un punto de vista más general, el empeño del PSOE y Nueva Canarias de definir a la mayoría parlamentaria que integran CC y PP, sustento principal del Gobierno autónomo, como un bloque reaccionario es profundamente irreal. Una estrategia errónea y chafalmeja. Como los gobiernos anteriores, el actual destina la inmensa mayoría de los recursos a los sistemas públicos de sanidad y educación y a los servicios sociales. Esos recursos incluso han aumentado en la administración autonómica, pero también en las administraciones insulares y locales, durante los últimos años (consúltese por ejemplo el gasto sanitario per cápita en la última década y eso a pesar del incesante incremento poblacional de las islas). No existe ningún riesgo para las bases del Estado de Bienestar en Canarias, que por otra parte es defendido por todos los grandes partidos del país – no ocurre lo mismo ni en España ni en el resto de Europa. Este es un Ejecutivo de centroderecha -o si se prefiere socioliberal — no una patulea fascistoide que trabaja para destruir la educación, la sanidad, los derechos civiles, la diversidad o el carácter aconfesional del Estado. Frente a los gobiernos resulta más rentable, pertinente y eficaz fiscalizar su mala gestión que negar sus buenas intenciones: el trabajo de la oposición parlamentaria consiste en diagnosticar lo primero concienzudamente y ofrecer alternativas concretas, no en denunciar patéticamente las negras entrañas del adversario.
Un gran conservador, Gregorio Luri, ha indicado que la izquierda padece un “síndrome de San Jorge” que lleva a inventar dragones y bestias aterradoras. Más vale que se corrijan porque terminarán asfixiados en su propia armadura.
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