Se entiende por edadismo la discriminación personal en razón de la edad; prejuicios que afectan a los mayores, particularmente a las mujeres, y se manifiestan de forma casi siempre peyorativa. Entramos en plena época vacacional… para los peques, que no para sus padres, así forzados a conciliar sus compromisos profesionales con el cuidado y atención a las necesidades de sus hijos. Ocasión, a veces única fórmula disponible, para recurrir a los abuelos como imprescindible apoyo durante el horario laboral. Para muchos yayos, ello representa también una feliz oportunidad de disfrutar entrañables horas junto a los nietos, si bien en algunos casos, los abrazos y el afecto, siempre recíproco, con que ellos muestran su agradecimiento, apenas llega a compensar el esfuerzo de tal encomienda cuando, caso habitual, las personas de más edad andan ya muy mermadas de fuerzas.
Es lo que tiene la ancianidad, doblegada por achaques, pero tampoco escasean quienes preferirían disfrutar a su libre albedrío de cuantas horas puedan disponer, sin ningún tipo de obligaciones ajenas ni imposiciones familiares, alegando que, por fin, les ha llegado la hora de solazarse en paz, tras largos e intensos años de trayectoria profesional u hogareña. En todo caso, tanto la sociedad en su conjunto como las instituciones tienden a ignorar la problemática de las personas mayores, las cuales, a veces, tampoco se exoneran de sus presuntas responsabilidades; al contrario, es frecuente que experimenten cierto sentimiento de culpabilidad por descuidarlas.
Pero el trance más intimidatorio a cargo de los prejuicios edadistas, reside en considerar injusta la pensión contributiva generada a lo largo de un vasto historial de aportaciones a la Seguridad Social, acusación acompañada de una vaga pero omnipresente amenaza de comprometer su futura percepción.
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