«La alegría por volver a casa es enorme. Por volver y por saber que sigue ahí. Bueno, que siguen ahí todas». Es el emocionado testimonio de Pilar Buil, vecina de Azanuy que, tras dos noches en Almunia de San Juan en la casa de su hijo, este sábado ha podido regresar a su hogar, una vez estabilizado el incendio de Tamarite de Litera. «Podía haberme quedado aquí perfectamente, pero me voy a Azanuy porque es mi casa. Toda mi vida está ahí», añade.
Pilar es una de las 200 personas de Azanuy, Alins y Calasanz que tuvieron que ser desalojadas por el incendio que arrasó más de 2.500 hectáreas en el término del municipio oscense. «La esperanza ahora es enorme, aun sabiendo que, probablemente, los campos de mi padre están quemados. Pero eso queda en un segundo plano», asevera, antes de anticipar sus «ganas de volver a salir, encontrarme con la vecina y abrazarla».
«No te haces una idea de lo que es esto hasta que lo vives. Ves en las noticias casos en Galicia, también muchos en Aragón, pero es increíble todo lo que se te pasa por la cabeza cuando te toca en primera semana», narra Pilar, que ha tenido que regresar a Azanuy dando un rodeo por Fonz, ya que la carretera que conecta con Almunia de San Juan, municipio que está a apenas 8 kilómetros, sigue cortada.
En la retina, esta vecina azanuyense todavía guarda las imágenes cuando tuvo que abandonar su casa, el pasado jueves, sin saber si iba a poder volver. «Son momentos de mucha tristeza, porque mientras te vas estás viendo unas llamaradas tremendas. Y sientes mucha incertidumbre, al no saber si vas a poder regresar a tu casa porque no sabes si va a estar en pie», suscribe a ese respecto.
«La imaginación es mala compañera»
Pilar vive junto a su marido en este pequeño núcleo urbano oscense, agrupado dentro del municipio de Azanuy-Alins y del que le han recomendado, como al resto, no salir durante las próximas horas, pues las labores de extinción siguen pese a que el fuego ya se ha estabilizado en Tamarite. Sus dos hijos residen fuera. Uno, en Almunia de San Juan, junto al que ha vivido el calvario de las últimas horas. Su hija, por su parte, está en Zaragoza.
«Los dos han estado al pie del cañón, pero creo que mi hija, al estar fuera, lo ha pasado peor, porque la imaginación es muy mala compañera», remacha Pilar, antes de subrayar que «no existen palabras de agradecimiento para toda la gente que nos ha ayudado». Una larga lista en la que incluye a los agentes forestales, la UME, la Guardia Civil y su «paciencia» con los desalojados, sin olvidarse de los vecinos, los agricultores e incluso la prensa. «Diría que ha sido una grata sorpresa pero no es la palabra, porque me lo esperaba», sentencia.
Así, tras dos noches en la que los pocos kilómetros que le separaban de su casa en Azanuy no reflejaban la enorme distancia que Pilar y el resto de desalojados seguían, los vecinos respiran tranquilos. Cuando se extinga el incendio, llegará la hora de hacer el recuento de los daños materiales en las explotaciones agrícolas. Un recuento en el que no habrá daños personales. Que, en definitiva, es lo que realmente importa.
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