Hace años, en Barcelona, a mis hijos, aún pequeños, les sorprendió la extraña grandiosidad de la Sagrada Familia justo a la salida de la boca de metro. Un bello monstruo. Era como meterse en una ballena, sin estar aún dentro (no lo conseguimos: muchas colas). Luego conocí a Xavier Güell, o tal vez fue antes, del que he hablado aquí muchas veces. Hizo aquella estupenda biografía del arquitecto, una biografía sentimental y casi freudiana (bueno, puede que no tanto, pero hay una línea que sin duda une a Dali, Gaudí y Freud, o algo así le he leído a Màrius Carol, hace mucho tiempo). Es un libro excelente, pasional como su autor, que se publicó en Galaxia Gutenberg.
Xavier Güell, por supuesto, es de los Güell de toda la vida, tataranieto de Eusebi Güell, el del parque, ya saben, y principal mecenas del arquitecto de Reus. Hace tiempo que no nos vemos, y lo lamento, por más que él no ha dejado de publicar grandes libros sobre los grandes músicos de la historia, su verdadero territorio. Pero vamos, Xavier Güell no podía evitar ser un Güell y escribió con fortuna y vértigo del enigma Gaudí (hay, desde luego, otras biografías estupendas sobre el artista catalán, algunas muy recientes).
Lo acompañé al vientre de una ballenita deliciosa, que es la Casa de Botines de León, uno de los escasos sitios, con Comillas y Astorga (este último, por la influencia del obispo Grau, su gran amigo y paisano) a los que Gaudí se aventuró, no sin temores, que, en parte, fueron confirmados (tuvo sus desavenencias). Pero no he venido aquí a hablar de Gaudí, aunque se cumplan esta semana cien años de su muerte (esa muerte rara, inexplicada, me decía Xavier, en un extraño accidente de tranvía. ¡Ah: el probable santo futuro era un hombre inextricable y complejo!). Ni vengo a hablar hoy del gran Xavier Güell. He venido a hablar de esa conexión que existe en algún lugar entre la grandiosidad de la Sagrada Familia (también hay gente a la que no le gusta) y la idea de un poder superior: el templo presenta la paradoja de ofrecer un aire futurista, casi surreal, viniendo del pasado. El hecho de permanecer tanto tiempo inacabado le confería un aire de eternidad. Y Gaudí, a buen seguro, echó el resto a la hora de plasmar su misticismo, que era, al parecer, bastante arrebatado, y, como sucede con las buenas ballenas, también vivió y trabajó en su interior. Quizás sólo construía su última casa.
El papa León está a punto de irse y ya le han negado en el Congreso, no sé si tres veces, apenas unas horas después de pedir un poco de mesura a sus señorías. Pero su equipo ha sabido combinar muy bien esa majestuosidad ascética y sinuosa de la Sagrada Familia (que parece anunciar un tiempo moderno tras un largo sueño a lo Rip Van Winkle, una modernidad que otros se afanan en arrebatarnos), con el verdadero dolor de los inmigrantes: éste a ras de tierra, a lomos de las duras rutas hacia Canarias y a través del Mediterráneo, que se ha ido tornando un cementerio marino. Sin duda la inmigración ha sido el tema de este viaje. Gaudí queda entonces como una metáfora de la gran belleza, como una elevación al cielo de Barcelona, igual que aquellos saltadores olímpicos en las piscinas clorhídricas, que se encaramaban sobre el skyline como ángeles enfundados en Meyba. Estaban saltando al futuro. Y diría que regresan ahora, en su cíclica aventura acuática.
Este Gaudí que resucita, en el día del aniversario de su muerte, es como la instalación posmoderna de un nuevo cielo protector, inmensamente bello, sí, ideal para alzar la mirada, para la altura de miras que nos piden. Pero también hay que saber mirar hacia abajo. Este es el gran choque, la gran batalla en ciernes. Elon vs León. Los cohetes de Elon que esperan alzarse con soberbia sobre la pequeñez de los hombres, la fe en la inteligencia artificial que dominará nuestras vidas y le proporcionará pingües beneficios. Musk, aprovechando el duro incidente de Belfast, y el impacto de sus millones de seguidores, parece ejercer hoy un apostolado terrible. La violencia puntual como catalizador de neofascismos: apoyos a gente como Farage. Un sindiós. No sólo era Trump, sino sus apóstoles. León vs Elon: he aquí la gran batalla














