El 26 de octubre de 2017 no era un día como cualquier otro. Carles Puigdemont se dirigía al Palau de la Generalitat, para convocar las elecciones catalanas y ralentizar el frenesí del ‘procés’. La cataplasma de las urnas ahora legales aliviaría la tensión con Madrid, donde Mariano Rajoy se limitaba a procrastinar. Camino de la oficina, el ‘president’ de Cataluña se tropezó con el tuit que gorjeaba Gabriel Rufián recién atravesado el mediodía: «155 monedas de plata».
Al enlazar el artículo constitucional de intervención autonómica que se acabó aplicando con la compraventa más famosa de la historia, Rufián llamaba Judas Iscariote a Puigdemont. El ‘president’ catalán experimentó una subida de tensión fisiológica e ideológica. Aparcó la rueda de prensa encaminada a convocar elecciones, y se encaminó a una estéril declaración de independencia que ni siquiera arrió la bandera española. El resto es historia, no de la más ejemplar.
Aunque Rufián se ha esforzado por distorsionar su impagable aportación al colapso estatal en Cataluña, cabe establecer dos conclusiones:
1) Siempre habla en plata.
2) Puede disputarle a Donald Trump su autoproclamación como ‘el Hemingway de Twitter’.
El tiempo corre tanto que deja a los seres humanos atrás, pero Rufián ha acelerado hasta el punto de que ahora apuesta a presidir España. Se le ha adelantado el mismo Puigdemont, a quien desalojó con su provocación de la Generalitat y de los dos países donde residía. El ‘expresident’ gobierna los destinos españoles desde Waterloo, adonde peregrinan socialistas impecables como Santos Cerdán o Zapatero, para regresar convertidos en corruptos irredentos.
En honor a Rufián, no desea ganar las elecciones para exprimir su ambición desmedida, por mucho que la disfrace de sarcasmo. El nativo de Santa Coloma aspira al poder por obligación cívica y sanitaria, en la línea de Feijóo. Al menos uno de ellos no accederá nunca al cargo, quizás el mismo que ha elevado la escatología al nivel de oratoria parlamentaria.
Al principio de ‘Arte’, de Yasmina Reza, la obra teatral más importante del último siglo, Marcos interpretado por Josep Maria Pou examina con disgusto el cuadro de blanco sobre blanco que se ha comprado su amigo Sergio, a la sazón Carlos Hipólito. El veredicto se exprime con crudeza:
—¿Has pagado cinco millones por esta mierda?
Donde la clave radica en la respuesta del reflexivo Sergio, dueño del cuadro:
—Me gustaría saber qué entiendes por «esta mierda».
Rufián utilizó por dos veces la palabra «mierda» desde su escaño en el Congreso. La primera para valorar la hipótesis de que Zapatero sea tan corrupto como Ábalos o Santos Cerdán. La segunda, para afrontar la hipótesis de una acusación falsa teledirigida desde el Estado profundo. Es decir, se refugia en la paradoja proposicional «A y no A», que en lenguaje clásico encajaría en la demagogia.
Por supuesto, los observadores apresurados aplauden a rabiar la ‘remierda’ de la situación española, Rufián a la Moncloa. Sin embargo, el votante cauteloso exigirá:
—Me gustaría saber qué entiende por «es una mierda», señor Rufián.
Con todo, el peligro no consiste en que Rufián se quede por el camino, sino en que se quede sin camino. Los más suspicaces habrán observado que hasta ahora se han descrito sus proyectos oníricos, sin sustentar su posición actual. Pues bien, ejerce de portavoz de Esquerra en el Congreso, salvo que se lo preguntes a Esquerra. Obligado a pronunciarse, su teórico compañero de bancada Jordi Salvador le asestará un letal «ERC no es una plataforma personal, la paciencia tiene un límite».
La ruptura es tan irremediable que el contorsionismo verbal obliga a concluir que Rufián es diputado por ‘Exquerra’, a la salida. Es como si hubiera empezado la carrera de Pablo Iglesias y Yolanda Díaz por el final, cuando ambos fueron repudiados por sus correligionarios. Además, el estribillo de «frenar a la ultraderecha» no es un programa político, es una norma de la Dirección General de Tráfico. Sin olvidar que la hipótesis redentora se derrumba desde su propia concepción, al plantear un sencillo interrogante:
—¿Qué prefiere el PSOE, un Gobierno de PP/Vox o de la izquierda auténtica encabezada por alguien como Rufián?
A propósito, el tal Maíllo coincidiría con el PSOE, la izquierda no gobernará mientras quede en pie un solo comunista que pueda impedirlo. Y sí, el presidente Rufián se alzaría en el Parlamento y clamaría contra los bancos y el gran capital. Como hicieron Obama, Biden o el propio Sánchez antes que él.











