Susana tiene más de 75 años y está sentada encima de una caja de botellas de agua pegada al quiosco de prensa de la Plaza de Cibeles. Le han dejado entrar en la zona reservada a la organización porque quería huir del potente sol que cerca del mediodía azota con fuerza al público asistente a la misa de León XIV. «¿Está bien, señora?», le pregunta un sanitario del Samur. «Sí, sí, es que no aguanto el sol», responde la mujer.
El calor se ha convertido en el protagonista (esperado) de la liturgia, con numerosos afectados atendidos por los servicios de emergencias, entre ellos varios sacerdotes. «¿Ha desayunado usted por la mañana?», le pregunta un sanitario a uno, repantingado en una silla. «Poco, la verdad», le responde angustiado el cura mientras le toma la tensión.
«La gente está pasando mucho calor. Voy a repartir botellas de agua porque como no se hidraten caerán redondos», dice una voluntaria mientras reparte botellas de agua frente al Cuartel General del Ejército. La organización había instalado en la calle grifos de agua conectados a la red del Canal de Isabel II para que la gente pudiera rellenar sus botellas, pero con 1,2 millones de asistentes no se pudo llegar a todos, claro. Los bares del Paseo de Recoletos hacían su agosto vendiendo agua y cervezas.
Sacerdotes, cubiertos con gorras y sombreros, siguen este domingo la misa del Papa León XIV en la Plaza de Cibeles. / JOSÉ LUIS ROCA
«Hace calor, sí, pero si hubiera sido en Sevilla habría hecho más», afirman unas señoras que han venido estos días a Madrid con una excusión de su parroquia de Osuna, a 90 kilómetros de la capital hispalense. Varios de sus feligreses, los más jóvenes, no han dudado en pedir un doble de cerveza para pasar el trago. Los asistentes se buscan la vida para ganar sombra, ya sea colocarse pañuelos en la cabeza o usar cartones como abanicos improvisados.
«Ha sido una experiencia fantástica»
«¿No habrá agua por aquí?», pregunta otra señora mayor a los voluntarios, que se han convertido en los aliados de los 1.100 sacerdotes a la hora de dar de comulgar, ya que lo hacían con un paraguas que servía tanto para guiar a la gente para que se acercara como para proteger a los párrocos del sol. «Ha sido un poco paliza, la verdad, teníamos que llevarlos con el brazo derecho en alto. Han sido unos 20 minutos o así», explicaban Ester y Elena, dos veinteañeras del barrio de Mirasierra, uno de los de más alto poder adquisitivo de Madrid.
«No he pasado calor», cuenta Santiago, párroco de una iglesia de Guadalajara, tras repartir la forma consagrada a los asistentes con la sotana puesta, para más inri. «Ha sido una experiencia fantástica, pero voy a sentarme ya», comenta otro cura acalorado mientras se sumergía entre el gentío para el desfile del Corpus Christi con el que terminó la misa.










