Diputado Figaredo, ¡¡¡vete de esta casa!!!

1. Un caso verídico

Como acostumbraba a decir el gran Paco Gandía, este, improbables lectores, que voy a relatarles ahora es un caso verídico. Sucedió hace solo unos días en cierta casa particular de un pueblo de la Meseta donde su dueña, siempre buena anfitriona, recibía a media mañana a un amigo para tomar juntos una cerveza y un aperitivo ligero. La mujer, quizá jubilada, y el hombre, algo más joven y todavía en activo, no eran íntimos pero sí mantenían desde hacía años una relación cercana, cordial, no exenta de atenciones mutuas; no solían intercambiar confidencias particularmente comprometidas, pero sí muchas otras cosas de esas que, a mitad de camino entre lo genérico y lo personal, dan aliento, fluidez y resistencia a tantas amistades. Solo tenían una línea roja: la política. Ella se lo había recordado muchas veces a su amigo: “Nada de política, Octavio”, y no le faltaban motivos para reiterar la advertencia: el hombre había ido precipitándose poco a poco hacia las posiciones más furibundas y lenguaraces de la extrema derecha, mientras que ella se mantenía, como en los lejanos días de su juventud, en posiciones a veces un poco más y a veces un poco menos pero siempre dentro de la izquierda.

2. Pisar la línea

Aunque no era mal muchacho, más bien todo lo contrario, le costaba sin embargo respetar la línea roja previamente pactada: en ocasiones soltaba alguna opinión ultra subida de tono que su anfitriona, armada de paciencia, solía dejar pasar, haciendo como que no la había oído y limitándose a cambiar discretamente de tema; él solía captar el quiebro de su amiga y regresaba de nuevo a los asuntos que ambos compartían: el gran invento que era la cerveza, la carestía de la vivienda, cómo había bajado la calidad de los caracoles que servían en el bar del pueblo, los sabrosos cotilleos que circulaban por la comarca sobre pequeñas traiciones, sonoros desplantes, súbitos enamoramientos, predecibles infidelidades…, en fin, todas esas cosas que tanto juego dan en las conversaciones entre amigos mientras comparten una cerveza y cuyo intercambio de puntos de vista se enriquece considerablemente con nuevas perspectivas y matices si las cervezas compartidas no son solo dos, sino cuatro, seis…

3. Internada por la derecha

Pues bien, aquella calurosa pero todavía soportable mañana de los últimos días de julio todo fluía como tantas veces, hasta que, sin venir demasiado a cuento, el imprudente Octavio, instigado quizá por la última majadería leída u oída en internet, se internó velozmente por la banda derecha y profundizó más y más por ese carril para rematar su incursión con un disparo cargado de metralla: “Pedro Sánchez es un chulo putas”, así, tal cual, sin la preceptiva preposición ‘de’ que atenuaría, siquiera ligeramente, lo ofensivo de la fea la expresión. El amigo había pisado la línea roja. Con los dos pies. La sucia gota había colmado el vaso. Atención a todas las unidades: amistad en peligro, repetimos, amistad en peligro. Se prevé eclipse total.

4. Dies irae

La procaz injuria paralizó durante uno o dos segundos a la mujer, presa de un estupor que pronto cedió paso a la indignación, a la rabia, a la ira: “¡Vete de mi casa! ¡Vete ahora mismo y no vuelvas nunca más!”. El hombre se quedó blanco, sin palabras, sin comprender del todo a qué venía una reacción tan virulenta por algo que al fin y al cabo decían y compartían miles de personas en las redes sociales y que, además, era tan cierto como que calor ha hecho siempre o como que los cazadores nunca abandonan a sus galgos.  “Pero, mujer, tampoco es para t…”. “Ni mujer ni chorra: ¡fuera de mi casa!”.

5. Brocha gorda, brocha fina

La línea, la gota, el eclipse. Una plácida amistad de años se había truncado abruptamente. Ella sabía bien por qué; él tal vez no, él tal vez todavía no. La gente muy convencida de ciertas simplezas pintadas con brocha gorda en su cerebro no suele ser consciente de hasta qué punto determinadas afirmaciones sobre, pongamos por caso, el gobierno, la nación, la inmigración o los animales pueden resultar ofensivas para quienes no las comparten, o simplemente para quienes albergan en su mente ideas quizá trazadas también con brocha gorda, pero mojada ésta en una pintura más serena y compasiva: lo bastante para albergar la milagrosa virtud de adelgazar las brochas gordas y sebosas hasta convertirlas en delicados pinceles.

6. En boca de todos  

El equivalente mediático de nuestra heroína de la Meseta habría podido ser, pero no lo fue, el conductor del programa de la cadena Cuatro ‘En boca de todos’, David Alemán, que esta semana entrevistó al diputado de Vox José María Figaredo, quien reiteró lo que el día anterior había dicho ya en un canutazo ante los medios: que a los niños inmigrantes que han “invadido” Ceuta había que “cazarlos”. Tímidamente, Alemán quiso hacerle ver lo desproporcionado e irrespetuoso de esa manera de hablar, pues cazar es verbo que suele utilizarse para referirse a animales, a otros animales, pero no a los de nuestra especie y menos aún si se trata de niños. Cráneo privilegiado del subplaneta Vox, Figaredo no cedió: “Es el verbo que utilizan muchos españoles; sí, sí, cazarlos uno a uno, pam, pam y y devolverlos”. Fue justo ahí, en ese instante televisivo donde confluyeron ambas historias, la de nuestra honorable manchega y la del voluntarioso pero insuficientemente maleado presentador. Si David Alemán hubiera tenido noticia del valeroso y fulminante ”¡vete de mi casa!” disparado por la anónima ciudadana, tal vez se habría animado a hacer lo mismo con el diputado Figaredo: en vez de seguir preguntándole, debió cortar la comunicación y gritarle: “Fuera de esta casa, Figaredo; vete de aquí y no se te ocurra volver más”.

7. Cuidado con el eclipse

Equiparar a niños inmigrantes con piezas de caza no es menor vileza que llamar chulo putas al presidente del Gobierno, pero vivimos unos tiempos en que mucha gente no solo disculpa tales injurias sino que incluso las aplaude. Hablar de niños africanos como si fueran ganado no le resta votos a Figaredo, puede más bien que se los dé. ¿Qué cabe hacer para impedirlo? No mucho, pero sería deseable apelar a nuestra indignación cuando los ceporros de la ultraderecha pisan la línea roja, cuando escupen la última gota que colma el vaso de las infamias; no, por supuesto, cuando exponen respetuosamente sus simplonas y disparatadas ideas, pues tienen, cómo no, perfecto derecho a hacerlo, sino cuando en vez de hablar insultan, cuando en vez de razonar ladran, en vez de ladrar muerden. A los Octavios, a los Figaredo habrá que gritarles alguna vez: ¡fuera de mi casa, fuera! Nuestra ira no les haría renunciar a sus ideas, pero quizá sí avergonzarlos, quizá sí obligarlos a bajar la cabeza y mirar sus pies pisando la línea roja que nunca debieron pisar: quizá su dura mollera acabe entendiendo que basta con que unos pocos la pisen para abocarnos a todos al rencor, a la discordia, al eclipse total.

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