No es cierto que el PP quiera una moción de censura. A pesar de repetir la letanía que quiere hacer caer a Sánchez, y apelar una y otra vez a los aliados de la investidura para que ayuden a la caída, es una falsedad más del espectáculo de engaños en que se ha convertido la política española.
Es indiscutible que la gran manipulación la protagoniza Pedro Sánchez, que se erige como un mesías omnipotente, situado por encima de las miserias que lo rodean y liberado de cualquier brizna de responsabilidad. Desde esta atalaya inmaculada se presenta como un salvador de España, de su partido, de la izquierda e, incluso, del mundo mundial. Sus declaraciones ante las juventudes socialistas han sido un ejercicio monumental de cinismo. «Mientras la oposición falsaria continúa maniobrando, nosotros continuamos gobernando», ha asegurado sin despeinarse. ¿Gobernante el qué, cómo, con quién? No puede avanzar ningún proyecto, no tiene presupuestos ni mayoría garantizada, está en medio de un lodazal pestilente, su líder espiritual está en la diana penal, y ha perpetrado un grave daño a la posición internacional española. En estas circunstancias, no sirven atajos, ni paciencias bíblicas, ni el victimismo del perseguido, no sirve ninguna de las trampas que pueden surgir del sombrero mágico de la propaganda, porque en democracia solo hay una salida decente cuando todo está degradándose: terminar. Al fin y al cabo, del mismo modo que ningún presidente de un consejo de administración se mantiene en el poder si todo se desmonta, menos tendría que hacerlo quien preside el gobierno de un Estado. Contrariamente a lo que su arrogancia dicta, Sánchez no es un salvador, ni un mesías, sino un simple gestor de la res publica designado por la ciudadanía, y a ella tiene que volver, cuando se hunde la credibilidad.
Pero, si él no acaba, tendría que ser posible hacerle acabar y es aquí donde el PP domina la partida, hace ver que la juega, pero en realidad no la está jugando. ¿De qué sirve ir haciendo llamamientos a partidos lejanos y confrontados con su ideario político, si no ha hecho un solo gesto para facilitar la aproximación? Es cierto que el PP ha votado con el PNV y Junts en varias ocasiones, atendiendo a las afinidades en algunas materias sociales y económicas. Pero los acuerdos puntuales no acortan la enorme lejanía en la cuestión territorial que los populares tienen con los partidos nacionalistas. Agravado, además, por el papel criminalizador muy activo con el independentismo que ha tenido los últimos años. ¿Quiere decir esto que no puede haber acuerdos de mínimos para una moción instrumental, una vez descartada la de censura? No. Quiere decir que si se quiere cualquier acuerdo de esta naturaleza, tiene que haber un trabajo previo de fontanería entre los partidos que no se ha producido. Nadie llega a acuerdos trascendentales, desde posiciones abismales, si no ha habido un proceso gradual de aproximación. Es el ejemplo del Pacto del Majestic entre dos líderes, Aznar y Pujol, que estaban en las antípodas, pero que supieron hacer los pasos necesarios para firmar un gran acuerdo. Unos pasos que no se han producido nunca en el momento actual, a pesar de que habría sido inteligente para el PP reforzar alianzas alternativas al abrazo del oso de Vox. Pero no es el caso. Lo único que ha hecho Feijóo ha sido sentarse ante su tienda para ver cómo pasaba el cadáver de su enemigo. Laisser passer, convencido de que no hay que hacer nada porque el tiempo corre a su favor. El problema es que el cadáver continúa vivo, y ante la desazón de los votantes, tiene que hacer ver que toma decisiones, sin tomarlas realmente. No osa hacer la moción de censura porque no tiene los votos. Pero, ¿y qué importa? Incluso perdiéndola, sería un gesto de valentía política, condición que no abunda en su liderazgo. Y si no osa hacer la moción de censura, menos osa plantear seriamente la moción instrumental, porque esto implicaría aproximaciones, diálogos y negociaciones que serían incómodas, ante la presión de Vox a sus votantes. Feijóo insta a Junts y al PNV desde los micrófonos, con aires de reproche, pero durante todos estos meses no ha levantado los teléfonos porque el ojo de Sauron lo vigila desde Mordor. Atrapado entre su miedo a hacer el gesto en solitario y su incapacidad de aproximar posiciones con los nacionalistas, Feijóo acaba haciendo de hámster: se mueve sin ir a ninguna parte.















