Zaragoza no se merecía sufrir más. Es difícil saber si lo que pasó ayer en Lugo fue cosa divina o más bien un pacto con el diablo, pero lo que está claro es que lo que sucedió fue sobrenatural. El Casademont logró la salvación más agónica, milagrosa e inverosímil que se recuerda y que nunca olvidará una ciudad que se merece seguir en la élite. En lo más alto del Olimpo del deporte aragonés siempre estará Marco Spissu como el hombre que bajó de los cielos para ser justo y bondadoso con toda una comunidad que vio cómo los aragoneses volvieron a la vida cuando el doctor había certificado ya su muerte. 23 segundos de locura y ese triple final sobre la bocina forman parte de una fantasía que invitó a todos los aragoneses a pensar si no estaban confundiendo en sus cabezas lo real con lo imaginario.
Cuando algo así ocurre, poco importa todo lo demás, aunque hayan sido meses de zozobra. Si todo el sufrimiento ha servido para poder disfrutar de lo que pasó en tierras gallegas, desde luego valió la pena. Seguirá el Casademont Zaragoza en la ACB un año más y lo mejor que puede hacer es no olvidar todo lo que pasó antes y que llevó al equipo a estar con los dos pies en Primera FEB antes de que lo imposible sucediera. Que sirva, desde el alivio de la salvación, para aprender de los errores cometidos.
Porque no ha sido un buen estudiante el Casademont Zaragoza. Y algún día ni ha ido a clase. Como todos los inicios de curso, este iba a ser el año de dar un paso adelante, de dejar de pelear por los aprobados raspados y buscar el notable alto o el sobresaliente con la pelea por la Copa del Rey o por el playoff y quién sabe si la matrícula de honor alzándose con un título continental en la de sobra conocida FIBA Europe Cup.
Con esa ambición se contrató al que había sido el mejor profesor de Alemania. Jesús Ramírez aterrizó en Zaragoza con un prometedor currículum y la atractiva apuesta de un entrenador moderno de sobra preparado para el baloncesto moderno. Pero las cosas se torcieron desde el principio. El catalán se equivocó en muchas cosas, pero sus pupilos tampoco ayudaron.
Que Kabaca, que ya no pareció gran cosa en pretemporada, se rompiera el dedo de una mano sin haber llegado a debutar en partido oficial no fue más que un augurio de lo que estaba por llegar. La primera victoria contra el Baskonia fue un espejismo y, desde entonces, todo mal. Tanto en lo colectivo como en lo individual.
En todo el año el Casademont no ha parecido un equipo, más bien un collage de jugadores de un nivel a priori notable pero que no acaban de mezclar. La dirección deportiva no acertó en verano y muestra de ello son las tempranas salidas de Joel Soriano y de Erik Stevenson, bronca sonada la de este último con Ramírez incluida.
La tremenda irregularidad en la ACB, donde solo se conseguía ganar a los de abajo, y la enésima decepción europea acabaron llevándose al entrenador catalán por delante. No le quedó más remedio al Casademont, en un año de improvisación constante en busca de mover el avispero para que algo cambiara, que activar la tecla de cambio en el banquillo porque comenzaba a asomar el abismo.
Un entrenador enormemente contrastado como Joan Plaza llegó para tratar de poner orden en el caos. Entre medias, el club trajo a Zaragoza al ilustre Josh Richardson. Salió rana (tampoco fue mucha sorpresa) el que había sido una estrella en la NBA y el Casademont apostó por Washington y Wright-Foreman. Antes, el gigante Koumadje sorprendió en sus primeros días para acabar en el más absoluto ostracismo. Un constante cambio de cromos que no cambió la dinámica de un equipo que se hundía cada vez más.
Como Plaza no se adaptó a la plantilla, ni viceversa, y la cosa pintaba cada vez más negra, vio el Casademont que se quedaba sin tiempo para evitar la tragedia y se encomendó a Gonzalo García de Vitoria, el que había sido segundo entrenador con los dos técnicos catalanes. Tres partidos y una misión (a la que se unió Olaseni), hacer olvidar un año terrible. Con lo que fue una apoteosis y la madre de todas las salvaciones, todo lo vivido quedará casi en una anécdota. Pero no debería.
El milagro del Pazo de Lugo lo debe tomar el Casademont como si de una reencarnación se tratase. El destino y la divina providencia han querido que el club celebre su cuarto de siglo entre los más grandes. Ojalá el triple de Spissu sea un empujón que le lleve por un camino más recto que le augure una larga y próspera vida al Casademont Zaragoza.
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