Hace unos días estuve en la Casa de Cultura de Mutxamel para asistir a «Explayarte», una bonita exposición de trabajos creados por los alumnos y las alumnas que han acabado el Bachillerato de Artes en el Instituto Playa de San Juan.
Esa tarde todo el mundo estaba contento. El aire olía a colonia y a nerviosismo. Las caras hablaban de emociones, de objetivos cumplidos, de alegrías y de complicidades. Las sonrisas eran rotundas. Los profesores se mostraban satisfechos y orgullosos, las familias miraban y admiraban. Se oían suspiros y algún que otro gritito ilusionado.
Laura, la profesora que ofreció el discurso de bienvenida habló del trabajo colectivo realizado, de las implicaciones individuales, de los deseos puestos a trabajar, de la conmoción sentimental que los tenía a todos sumidos en ese importante y significativo momento. Habló del placer de llegar a buen puerto, de la culminación de un proceso, habló de un presente alegre. Y auguró un nuevo comienzo para seguir avanzando.
También habló de haber visto, (tanto ella, como sus compañeros de equipo), a sus alumnos adentrarse en el mundo artístico con incertidumbre al principio, pero con entusiasmo después. Dijo que los habían visto atravesar sus miedos y lanzarse a crear con valentía y atrevimiento. Explicó que de sus ganas y su actitud aventurera habían nacido el tesón y la habilidad de estos chicos que habían ido desde el tanteo experimental hasta el dominio de las técnicas y el acercamiento a la belleza en sus múltiples manifestaciones.
Y lo que al inicio fue recelo o inseguridad, había llegado a ser una aceptación del vértigo de crear cosas nuevas y una atracción irresistible por estrenar sendas y posibilidades de manifestar su mundo interior, de mostrarse y de expresar su sentir a través de los materiales y los creativos retos vividos a lo largo del camino.
Los alumnos presentaron el acto con la intervención de dos apasionados padrinos, Neus y Ferran, que relataron entre sonrisas que para ellos este bachiller artístico ha sido un tiempo especialmente bello porque «han formado un grupo que siempre recordarán y que es casi como una familia para lo bueno y para lo malo». Contaron que «han conocido a mucha gente, que han trabajado mucho, que han ganado el primer premio del concurso de belenes, que han hecho una hoguera preciosa, que han ido todos juntos a Madrid a ver museos… Y que se han hecho amigos».
Explicaron con sencillez y convencimiento que «se habían dado cuenta de que el arte es una forma de hablar». Así lo decían ellos: «Como jóvenes, a menudo somos silenciados, pero desde el momento en que alguien aprecia nuestras creaciones, es que ya entienden que tenemos alguna cosa que aportar al mundo y que no solo nos interesan las pantallas. Tenemos ideas y tenemos ganas de mejorar. Y a través del arte intentaremos mostrarnos al mundo, porque es a través de él, como nos queremos hacer visibles».
Luego todos agradecieron a todos. Y este brindis de agradecimientos fue un espectáculo donde se mezclaron las risas con la ternura. Un momento verdaderamente entrañable para alumnos, familias, profesores y visitantes que llenó el ambiente de alegrías compartidas y de esperanzas de seguir creciendo en torno a la belleza.
Después pasamos a contemplar las creaciones que estaban expuestas en las paredes y en una sala de un modo cuidadoso, con mucho mimo y con un estilo sugerente, innovador, llamativo y moderno.
Las personas que llenábamos el lugar íbamos de un lado a otro sin parar. Las creaciones expuestas nos sorprendían, nos hacían reír, nos asombraban y nos llevaban a comentar o a preguntar los pormenores de su realización. Los autores contaban a sus familias y demás allegados los porqués y los cómo de sus producciones. Todo el mundo hablaba y deambulaba por allí. Hacía un calor tremendo, supongo que por el derroche de energía que circulaba en el ambiente. Se hacían fotos. Hasta se escuchó una bonita canción que estuvo a cargo de uno de los chicos acompañado a la guitarra por un compañero.
Yo pensaba en los cuestionamientos que últimamente he leído con respecto a la «utilidad» del Bachillerato de Artes y en la tendencia tan actual a buscar en los estudios sobre todo lo tecnológico, o lo que produce un rendimiento directo, un mayor estatus, un prestigio asegurado. Y miraba a estos jóvenes cargados de autoestima y de ilusiones que se decidieron a aventurarse preparándose para un futuro acorde a sus necesidades y a sus sueños. Y me alegraba por ellos.
Dediqué unos momentos a escuchar:
— «Mi hija nunca había estudiado tanto como ahora. Y sin quejarse, con gusto», decía una madre con cara de satisfacción.
— «¡Qué impresionante ha sido para mí ver lo que ha creado mi hijo, jamás lo hubiera imaginado!», comentaba un padre emocionadamente.
— «Yo no creía que sería capaz de hacer las cosas que he hecho», decía una de las chicas con aire travieso.
— «No sé cómo me vienen las ideas, pero me vienen, como si me salieran de muy adentro», le explicaba un chico a sus amigos.
Asistí al acto en calidad de maestra de una de las alumnas del Bachillerato de Artes, que tuve como alumnita a los cinco años. Pero de pronto me vino a saludar la profesora que hizo la presentación que me recordó con cariño… ¡que ella también había sido alumna mía! ¡Menuda emoción! Se me llenaron los ojos de lágrimas y el corazón de alegría.
Me fue emocionante notar que formaba parte de la rueda de la vida. Emocionante haberme paseado como una turista jubilada entre las maravillosas producciones de los estudiantes. Emocionante ver a las «niñas» de las que fui maestra, (una profesora y otra alumna), hablar de arte y de experiencias vitales. Emocionante sentir con tanta claridad que no hay que impedir el paso a la creación, al invento, a la expresión, al deseo, a los sueños. Emocionante haber tenido la suerte de estar allí presenciando este feliz encuentro.
Gracias.
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