Antes de convertirse en la gran fábrica global del streaming, Netflix fue un videoclub. Uno peculiar: en lugar de alquilar películas en una tienda física, enviaba los DVDs por correo, incluidas temporadas completas de series que ya habían terminado su emisión. Así se descubrió otra manera de ver series, en las que el espectador las seguía a su ritmo, lejos de horarios y emisiones semanales. Con el tiempo, aquella idea pareció desplazada por otro tipo de negocio, cuando la empresa se lanzó a producir sus propias ficciones. Netflix dejó de ser el lugar al que acudir para recuperar viejas series y pasó a funcionar como una gigantesca fábrica de novedades.
El viejo modelo nunca desapareció del todo. No solo de novedades se nutrían sus espectadores, ya que había quien buceaba en su catálogo a la busca de algún clásico que redescubrir. En los últimos meses, la plataforma parece haber recuperado parte de aquella identidad inicial gracias a la llegada masiva de clásicos televisivos completos, auténticos archivos emocionales para varias generaciones de espectadores. En especial cuando empezaron a materializarse acuerdos con plataformas de la competencia que les cedían series enteras. Es algo que ya pasó con HBO, cuando dio la sensación de que veríamos la fusión entre las dos plataformas. Resulta significativo que este regreso al “Netflix videoclub” coincida con un momento en el que las fronteras entre plataformas empiezan a desdibujarse por estas noticias de fusión. Durante años, la competencia era tan feroz que parecía imposible imaginar determinadas series fuera de sus servicios originales. Hoy, sin embargo, buena parte de aquellas ficciones terminan circulando entre plataformas con naturalidad. Después de años intentando convertirse en cadenas cerradas obsesionadas con la exclusividad, los servicios de streaming parecen haber redescubierto la importancia del catálogo. Ya no se trata solo de producir la próxima gran serie, sino de apropiarse también de la memoria televisiva del espectador.
Uno de los ejemplos más llamativos ha sido el de Urgencias (ER), cuyas quince temporadas completas pueden verse ahora en Netflix. El aterrizaje se produjo a mediados de este año, después de que este clásico desapareciera por sorpresa del catálogo de HBO Max. Una decisión incomprensible por parte de HBO Max haberse adoptado precisamente cuando arrasaba The Pitt en su propia plataforma. No hay que olvidar que hay acusaciones de plagio entre los herederos de la serie original y los creadores de este título que podría parecer una secuela encubierta. Creada por Michael Crichton (el escritor de cuya pluma nacieron Parque Jurásico y Westworld), la legendaria ficción médica convirtió en estrellas a George Clooney y Julianna Margulies, además de contar con Noah Wyle, protagonista hoy de The Pitt y al que aquí veíamos curtirse como un joven médico en el caos diario de urgencias. La serie revolucionó el drama hospitalario gracias a un enfoque realista del día a día en las urgencias. Su episodio piloto hizo historia, con una audiencia que rozó los 24 millones de espectadores. Convertida en uno de los grandes fenómenos televisivos de los noventa, sus quince temporadas parecían un récord inalcanzable para un drama médico… hasta la llegada de Anatomía de Grey, pero esta no está en Netflix.
Para quien se agobie con las quince temporadas de Urgencias, llega otra gran saga noventera con diez temporadas a sus espaldas. Stargate SG-1 es otra de las grandes franquicias de ciencia ficción que han desembarcado recientemente en Netflix. En su día fue considerada una de las herederas naturales de Star Trek y, de hecho, parte del reparto de la saga galáctica y otros títulos similares de la competencia acabaría incorporándose años después a su reparto. La ficción retomaba el universo de la película de los noventa Stargate, protagonizada por James Spader y Kurt Russell, ampliando su mitología durante más de una década televisiva. Sus puertas interestelares, capaces de conectar civilizaciones alienígenas repartidas por la galaxia, recordaban por momentos al espíritu explorador de la ciencia ficción clásica. Lejos de desaparecer, la franquicia sigue muy viva y desde hace años planea un nuevo regreso en plena era del streaming.
La llegada de Parenthood también encaja perfectamente en esta nueva lógica nostálgica de Netflix. El drama familiar de NBC reunía a dos rostros fundamentales de la televisión de los 2000 como Peter Krause, inolvidable por A dos metros bajo tierra, y Lauren Graham, convertida en icono televisivo gracias a Las chicas Gilmore. La serie está basada en la película homónima de 1989 Parenthood protagonizada por Steve Martin y dirigida por Ron Howard. A lo largo de sus seis temporadas, recuperaba una forma de narrar más coral, pausada y emocional, muy alejada de la ansiedad por el impacto inmediato que domina buena parte del streaming contemporáneo. Los problemas de la familia Braverman se convirtieron en uno de esos lugares felices para muchos espectadores.
En esta recuperación de la nostalgia, también hay sitio para la comedia: 30 Rock es una de las grandes sitcoms estadounidenses de comienzos de siglo. Creada y protagonizada por Tina Fey, la serie funcionaba como una sátira salvaje del funcionamiento interno de la televisión en abierto estadounidense y del caos detrás de los programas de entretenimiento. Su ritmo frenético de chistes y referencias culturales la convirtió en una de las comedias más influyentes de su época, además de consolidar el inolvidable dúo formado por Fey y Alec Baldwin. Vista hoy, 30 Rock también sirve como cápsula temporal de una televisión previa a las redes sociales y al streaming masivo, cuando las cadenas generalistas todavía marcaban el ritmo de la cultura popular. Una industria marcada por las guerras de egos y en las que los caprichos de las celebridades desencadenaban algún que otro terremoto entre los responsables del programa.
Smallville representa otra forma de nostalgia televisiva que Netflix parece haber recuperado de golpe: la de los espectadores que crecieron con la televisión adolescente de principios de los 2000. Mucho antes de que el universo superheroico dominara el cine y las plataformas, la serie narraba la juventud de Superman mezclando drama estudiantil, romance y ciencia ficción. Protagonizada por Tom Welling, la ficción se convirtió en uno de los grandes símbolos de la era WB y CW, anticipando de algún modo la explosión posterior del género superheroico. Fue la serie que precedió al Arrowverso. De hecho, su versión de Oliver Queen parecía anticipar claramente al personaje que años después popularizaría Arrow. La serie tuvo apariciones de algunos actores de las clásicas películas de los 70, entre los que se encontraban tanto Christopher Reeve, ya confinado en una silla de ruedas, como Margot Kidder. Además de los amoríos de un Clark Kent adolescente, otro de los puntos de interés es ver cómo Superman y Lex Luthor eran amigos en aquella edad.
También ha recalado en Netflix El cuento de la criada (The Handmaid’s Tale), una de las series más influyentes de la llamada Peak TV. Basada en la novela de Margaret Atwood, la ficción protagonizada por Elisabeth Moss se convirtió rápidamente en un fenómeno cultural y político gracias a su retrato distópico de una sociedad totalitaria construida sobre la opresión femenina. Durante años fue uno de los grandes símbolos de Hulu y del prestigio televisivo contemporáneo. Netflix la ha recuperado aprovechando la llegada a Disney Plus de su secuela, Los testamentos. El éxito de la serie se produjo en pleno primer mandato de Donald Trump, convirtiéndose en una metáfora de cómo sociedades democráticas pasan a ser regímenes autoritarios con recortes de derechos que se daban por consolidados. El interés por la primera serie empezó a decaer a medida que avanzaban las temporadas. Muchos espectadores tenían la sensación de que la historia estaba estirando demasiado el chicle. Ahora hay una oportunidad para volver a verla o retomarla donde algunos la dejaron aprovechando la llegada de su secuela. En España se vio en HBO, pero ahora ya está disponible en otras plataformas.
Algo parecido ocurre con El hombre en el Castillo (The Man in the High Castle), una de las primeras grandes apuestas de prestigio de Prime Video. Adaptación de la novela de Philip K. Dick, la serie imaginaba una realidad alternativa en la que las potencias del Eje habían ganado la Segunda Guerra Mundial. Estados Unidos era un territorio que se repartían entre alemanes y japoneses. Su cuidada ambientación y su mezcla de distopía política, espionaje y ciencia ficción la convirtieron en una de las producciones más ambiciosas de los primeros años del streaming. Hoy, su presencia en Netflix refuerza la sensación de que las plataformas ya no solo compiten por producir nuevas series, sino también por conservar y redistribuir la memoria reciente de la televisión.
The Big C representa otro tipo de rescate televisivo mucho más silencioso, casi arqueológico. La serie protagonizada por Laura Linney fue una de las dramedias más prestigiosas de Showtime durante los años de auge de la llamada “televisión de calidad”, combinando humor y drama alrededor de una profesora diagnosticada de cáncer. En una época dominada por grandes franquicias y universos compartidos, su llegada a Netflix recupera también una forma de televisión más pequeña, íntima y emocional, donde el peso recaía casi por completo en los personajes y sus contradicciones. En ella veíamos el día a día de su protagonista, afrontando la enfermedad y cómo lo comunica a sus familiares. El diagnóstico se convierte en un pretexto para valorar la vida de otra manera y saber disfrutar de cada momento.
Más peculiar resulta el caso de Zoey’s Extraordinary Playlist, convertida con el tiempo en una pequeña serie de culto para muchos espectadores. Protagonizada por Jane Levy, la ficción mezclaba drama emocional, comedia romántica y números musicales a través de una premisa fantástica: su protagonista podía escuchar los pensamientos y emociones de quienes la rodeaban convertidos en canciones populares. Estrenada en plena transición entre la televisión tradicional y la consolidación definitiva del streaming, la serie parecía pertenecer a una época anterior, cuando todavía existía espacio para propuestas originales, extrañas y emocionalmente sinceras dentro de las grandes cadenas generalistas. Su presencia en Netflix encaja perfectamente con esta nueva sensación de videoteca televisiva donde conviven clásicos, rarezas y series que parecían destinadas a desaparecer en el algoritmo.
El fenómeno no afecta solo a la ficción occidental. Netflix también continúa incorporando poco a poco los episodios de One Piece, uno de los animes televisivos más gigantescos de la historia reciente. La plataforma combina el estreno de nuevos capítulos con actualizaciones periódicas de las primeras temporadas, construyendo lentamente un catálogo que aspira a ofrecer al completo el millar de episodios realizados. Más que una serie, One Piece funciona casi como una televisión dentro de la televisión: un archivo inagotable de aventuras que encaja perfectamente con esta nueva idea de Netflix como videoteca infinita. De hecho, la adaptación televisiva de la serie en imagen real es una de las apuestas de la plataforma.
Muchas de estas incorporaciones comparten además otra característica: son series gigantescas, concebidas para acompañar durante meses o incluso años de visionado. Esta semana Netflix también ha recuperado completa One Tree Hill, otro de los grandes dramas adolescentes de la era WB y CW, convertido en símbolo sentimental para toda una generación de espectadores de principios de los 2000; y ya se está anunciando Ley y Orden: Unidad de Víctimas Especiales que acumula ya hasta 27 temporadas emitidas. La plataforma no ha concretado si estará al completo o solo serán algunas de las temporadas. Ya no hablamos únicamente de descubrir nuevas ficciones, sino de convivir con ellas durante cientos de horas, encadenando capítulos desde el sofá como en los viejos maratones televisivos. Paradójicamente, esa abundancia también genera una nueva forma de ansiedad: la duda de si algún día lograremos terminar estas series antes de que los derechos vuelvan a cambiar y desaparezcan otra vez del catálogo.
Quizá ahí esté la gran paradoja del streaming actual. Netflix nació prometiendo el futuro de la televisión y ha terminado redescubriendo el valor de su pasado. Después de años obsesionadas con producir novedades constantes, las plataformas parecen haber entendido que el espectador ya no busca únicamente el próximo fenómeno viral, sino también refugios reconocibles, series pendientes y ficciones capaces de activar recuerdos de distintas etapas de su vida. Como si el viejo videoclub nunca hubiera desaparecido del todo y el algoritmo hubiera terminado convirtiéndose, simplemente, en una nueva forma de nostalgia.













