Son escenas que irritan más que cualquier cartel de “prohibido”. Una acera limpia, un perro que se agacha, un dueño que mira alrededor y sigue caminando como si nada hubiera pasado. La explicación fácil es pensar que se le ha olvidado la bolsa. A veces será eso. Pero cuando ocurre de forma repetida, la psicología social apunta a algo más incómodo: no es solo despiste, es una decisión favorecida por el anonimato y por una baja percepción de responsabilidad hacia los demás.
Recoger los excrementos del perro es una conducta pequeña, pero muy reveladora. No exige un gran esfuerzo, no requiere formación especial y todo propietario sabe que forma parte del cuidado básico del animal y de la convivencia. Precisamente por eso, cuando alguien no lo hace, el gesto dice mucho sobre cómo interpreta el espacio público: como un lugar compartido o como un sitio donde el coste de su comodidad puede pagarlo otro.
La falsa sensación de “nadie me ve”
Uno de los factores más claros es la sensación de anonimato. En la calle, sobre todo en zonas poco transitadas, de noche o en descampados, algunas personas sienten que no serán identificadas ni sancionadas. Esa percepción reduce el freno social que sí funcionaría si hubiera testigos cerca.
La psicología ambiental ha estudiado este tipo de comportamientos en relación con el abandono de residuos. Investigaciones recientes sobre prevención de basura señalan que las normas sociales y la responsabilidad personal influyen directamente en la conducta: cuando una persona percibe que existe una norma clara contra ensuciar y siente que tiene responsabilidad individual, es menos probable que tire residuos o actúe de forma incívica. Ese mismo patrón ayuda a entender por qué algunos dueños no recogen las heces de su perro: el problema no es que no sepan qué hacer, sino que en ese momento no sienten suficiente presión moral o social para hacerlo.
Cuando el entorno ya está sucio, el civismo baja
También influye el contexto. Si una calle está descuidada, con basura, pintadas, papeleras llenas o más excrementos sin recoger, algunas personas interpretan que “uno más no importa”. Es el efecto de las normas descriptivas: lo que vemos que otros hacen acaba marcando lo que creemos que es normal.
Estudios sobre conducta ambiental han mostrado que las normas sociales pueden empujar o frenar acciones como tirar basura. Si el entorno transmite que la mayoría cuida el espacio, aumenta la probabilidad de imitar esa conducta. Si transmite abandono, algunas personas se relajan y justifican su propio comportamiento incívico.
Reguero de cacas en una senda peatonal. / L.GILLÓPEZ
En el caso de los excrementos caninos, esto se ve con claridad. Una acera limpia invita a mantenerla limpia. Una zona llena de restos transmite el mensaje contrario: aquí nadie controla, aquí nadie cuida, aquí nadie responde.
“Soy buen dueño”, pero no siempre buen vecino
Hay otro punto interesante: muchas personas que actúan de forma irresponsable no se ven a sí mismas como irresponsables. Un estudio sobre la construcción de la responsabilidad en dueños de perros concluye que los propietarios tienden a considerarse responsables, aunque sus prácticas varíen mucho. La responsabilidad se define a menudo desde el vínculo afectivo con el animal, pero no siempre desde el impacto sobre la comunidad.
Dicho de otra forma: alguien puede querer mucho a su perro, cuidarlo, alimentarlo bien y aun así comportarse mal como vecino. La responsabilidad no acaba en el animal. También incluye no trasladar molestias, suciedad o riesgos sanitarios al resto de personas.
La excusa mental: “solo es esta vez”
La mente humana es experta en fabricar excepciones. “No llevo bolsa”, “luego vuelvo”, “está en un árbol”, “aquí no pasa nadie”, “ya hay más”, “es muy pequeño”. Son frases que reducen la culpa y permiten convertir una conducta claramente incívica en algo aparentemente menor.

Excrementos de una mascota en un parque de Elche. / INFORMACIÓN
Ese mecanismo se llama racionalización: no cambiamos el comportamiento, cambiamos la explicación que nos damos para no sentirnos mal por hacerlo. En este caso, el resultado es visible en la acera.
Una cuestión de convivencia, no solo de limpieza
No recoger los excrementos del perro no es una manía vecinal ni una simple cuestión estética. Afecta al uso del espacio público, a niños, personas mayores, personas con movilidad reducida, trabajadores de limpieza y otros dueños que sí cumplen. Además, refuerza una imagen injusta contra quienes tienen perro y actúan correctamente.
Por eso, las campañas más eficaces no deberían limitarse a recordar la multa. La sanción ayuda, pero la psicología sugiere que también importa activar la norma social: hacer visible que la mayoría recoge, que ensuciar no es lo normal y que la responsabilidad empieza justo cuando nadie está mirando.
Al final, recoger una caca no define por completo a una persona. Pero no hacerlo sí deja una pista bastante clara: en ese momento, la comodidad propia ha pesado más que el respeto por los demás.










