Eurovisión se ha convertido en una prioridad para Israel mientras mantiene su asedio sobre Gaza: un escaparate masivo para proyectar una imagen de resiliencia, normalidad y respaldo exterior. El Gobierno de Benjamin Netanyahu destinó alrededor de un millón de euros de fondos públicos a promocionar a sus representantes y movilizar votos, con dinero procedente del Ministerio de Exteriores y de la oficina de comunicación y propaganda conocida como «hasbara». En la edición de 2025, la estrategia buscaba algo más que un buen resultado musical: contrarrestar el aislamiento internacional pese a las protestas, los llamamientos al boicot y las acusaciones de genocidio en Gaza, que el Ejecutivo israelí niega. El caso, desvelado esta semana por una investigación del New York Times, muestra hasta qué punto el concurso ha adquirido valor político para el Gobierno israelí en plena guerra. Todo ello, mientras no solo algunos gobiernos europeos sino que también una comisión de Naciones Unidas ha acusado al país de cometer genocidio, algo que Israel sigue negando.
«Hoy Eurovisión funciona como una forma de diplomacia cultural, donde entretenimiento, identidad nacional y geopolítica se cruzan, lo que lo convierte en un escenario de poder blando y desestabiliza su vieja idea de espectáculo políticamente neutral«, explica a EL PERIÓDICO Galina Miazhevich, investigadora de la Universidad de Cardiff, especializada en geopolítica y ‘poder blando’. Mientras Eurovisión se enroca en defender sus valores fundacionales de unión de pueblos a través de la cultura, las guerras abiertas y el reposicionamiento de las alianzas europeas, lo han convertido en un campo de batalla simbólico.
La línea roja del voto
La controversia ya no gira solo en torno a la presencia de Israel en el escenario. El foco está en el uso de recursos públicos para intervenir en un concurso en el que formalmente concurren artistas y radiotelevisiones públicas, pero donde los gobiernos no deberían interferir. Lo que más ha inquietado a las radiotelevisiones participantes en el evento es «la manipulación del voto público patrocinada por un Estado» (el de Israel), explica a este diario Catherine Baker, profesora de la Universidad de Hull y especialista en nacionalismo, cultura popular e identidad nacional en Eurovisión.
El término de songwashing (lavado de marca con una canción) ha llegado a otro nivel con la guerra en Gaza. En Malmö, en 2024, la participación israelí ya provocó protestas multitudinarias. En Basilea, en 2025, la polémica creció después de que Yuval Raphael ganara el televoto y terminara segunda. Llamó especialmente la atención que Israel obtuviera apoyos sustanciales, incluidos 12 puntos de países con una amplia masa crítica contra el asedio a Gaza, como España.
«Hay una línea fina entre una promoción apasionada o activa de la competición y los llamamientos explícitos acompañados de instrucciones sobre cómo votar«, señala Galina Miazhevich, de la Universidad de Cardiff. La investigadora apunta así a la movilización masiva orquestada de sectores proisraelíes por parte del Gobierno de Netanyahu, especialmente en países críticos con sus políticas.
El Gobierno israelí habría gastado en 2024 más de 800.000 dólares en publicidad vinculada a Eurovisión, sobre todo desde el Ministerio de Exteriores. Una partida de la oficina de «hasbara» aparecía destinada a «promoción del voto». En 2025, la radiotelevisión finlandesa detectó anuncios oficiales difundidos que animaban a votar por la candidata israelí hasta el máximo permitido: entonces, 20 veces por espectador (ahora el límite ha quedado reducido a 10 votos).
Israel convierte Eurovisión en una herramienta de diplomacia pública / TOBIAS SCHWARZ / AFP
La UER sostiene que esas campañas no alteraron el resultado. Sin embargo, casos como el de España muestran cómo la organización de una minoría movilizada pudo marcar la diferencia y girar la balanza en uno de los países que se ha pronunciado con más contundencia contra la ofensiva israelí en Gaza.
Neutralidad bajo sospecha
La polémica se ha reabierto con el representante israelí de 2026, Noam Bettan. La UER emitió una advertencia formal después de que se difundieran vídeos con instrucciones para «votar 10 veces por Israel». La organización pidió retirar los mensajes y sostuvo que un llamamiento directo de ese tipo no encaja con sus reglas ni con el espíritu del concurso. Este aviso se queda corto para los críticos, que advierten que Israel vuelve a no acatar las reglas del juego.
Baker sostiene que “ningún evento internacional puede existir fuera de las relaciones internacionales que ordenan el mundo”, y el atractivo de Eurovisión, con una audiencia global de 166 millones de espectadores, es comparable al de los Juegos Olímpicos o el Mundial de Fútbol. Ganar el certamen da una notoriedad pública positiva, y más si el premio es alojar el siguiente macroevento, por eso, se convierte en una cuestión política.
Eurovisión se jugó este sábado su propia continuidad: la legitimidad como concurso musical, el cuestionamiento de sus valores fundacionales, y el reto de redefinirse y reposicionarse mientras cae el viejo orden mundial y se configura uno nuevo. “El valor que Eurovisión siga teniendo en el futuro en materia de diplomacia pública dependerá de que consiga mantener su imagen de marca festiva y su atractivo para el gran público”, concluye Baker.
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