Hace ahora casi cuatro años, un 19 de junio, escribí para ustedes un análisis en el que les explicaba que en ese momento el popular Juanma Moreno acababa de arrasar en las elecciones de Andalucía con una mayoría absoluta que esta vez no pudo ser. ¿Recuerdan? En el 2022 ganaba de calle con mayoría absoluta; barría; se coronaba y rompía moldes. Andalucía cambiaba definitivamente de color. Y lo lograba después de una áspera campaña con Vox, que no le perdonaba entonces lo que consideraba un desprecio constante en aquella autonomía mientras empezaba a encontrar guiños ‘populares’ en otras comunidades. Aquella jornada Moreno lo conseguía también enterrando en las urnas y quedándose con la herencia en votos de la esperanza naranja que un día supuso Ciudadanos para una parte del electorado conservador menos agresivo. Aquella jornada Moreno logró lo que logró añadiendo una (nueva) lección de humildad para un PSOE que creía que los andaluces difícilmente podrían dejar de ser socialistas. Salvo Moreno, ese domingo de junio de hace ya un puñado de años, casi todos se equivocaron y Andalucía empezó nueva etapa.
Los tiempos han cambiado pero la tendencia política dominante en la comunidad andaluza, no. El PP ‘juanmista’ (otro PP más hipertenso y menos pragmático tendría complicado cosechar estos resultados allí, ojo) reina con 53 escaños, cinco menos que en los anteriores comicios y quedándose a dos de la mayoría absoluta, sí, pero conservando la corona a la espera de un recuento definitivo con el voto CERA. Y la ultraderecha de Vox, con 15 sillones, mantiene lo conquistado en las últimas autonómicas, pese a que en estos meses la agitada y dividida organización de Santiago Abascal cotiza menos en la bolsa social, salvándose de un resbalón mayor por su populista táctica de poner sobre el tablero mediático el debate de la “prioridad nacional”.
Cuatro años después, a 17 de mayo de 2026, Moreno y su gestión acusan un desgaste relativo, pero suficiente para no lograr su sueño de otra mayoría absoluta que le quitara de encima el “lío” de tener que pactar, aunque sea un poquito, con la ultraderecha.
Ese poquito de “lío”, voto CERA mediante, lo va tener el gran triunfador de la noche, que sigue siendo Moreno con su estrategia de imponer incluso a su propio partido un mantra ‘juanmista’ con menos decibelios, menos carcajadas faltonas y más sonrisas que sin generar grandes pasiones, parecen no provocar anticuerpos a gran escala. De momento le funciona, aunque no al nivel que él habría querido para no tener que estar “liado” con Vox.
Ese “lío”, por cierto, no llega dado por un subidón tremendo de la derecha extrema, que pese a lo que ha hecho en otras autonomías, en Andalucía solo ha conseguido dos escaños más con respecto a las últimas elecciones. Lo que ha hecho que el presidente popular no pueda saborear una segunda ‘absoluta’ es que el PP se ha que quedado sin rentabilizar todo lo posible el tremendo batacazo del PSOE, de la mano de la enérgica exvicepresidenta María Jesús Montero.
El enfado socialista que podía haberse ido a la abstención o a ese PP supuestamente sereno de Moreno, se ha marchado en parte y en forma de transfusión de voto progresista a una organización que ha dado la sorpresa: Adelante Andalucía (8 escaños, seis más que en los últimos comicios), izquierda a la izquierda de los socialistas que tiene un toque nacional-regionalista que ha seducido a descontentos del puño y la rosa, pero también de los pudieron haber votado a la alianza Sumar+IU, ‘Por Andalucía’ (5 escaños), y han decidido tomar otro camino.
Andalucía es ahora conservadora y así se lo ha hecho saber, otra vez, al resto de España. Andalucía ha dejado el mensaje de que la confianza absoluta es un gran regalo ciudadano, y que los errores de gestión tienen su precio, aunque se mantengan las victorias. Andalucía, como otras autonomías que han pasado por elecciones recientes, le han dicho a Pedro Sánchez que colocar a sus ministros de candidatos es un error, porque le dan la oportunidad de castigarle a él por encima de a su aspirante. Andalucía, también como otras comunidades que han colocado urnas hace pocos meses, han dado su regañina a la izquierda pero han hecho un guiño a los que saben adoptar un discurso y un acento más cercano. Más de la tierra. Andalucía, como otras regiones, le ha abierto la puerta a Vox como receptor de cabreos engordados con los años, pero advirtiendo de que no se debe vender la piel del oso que quizás, ojalá, nunca lleguen a cazar como pretender hacerlo. ¿Lecciones para España?. Haberlas, haylas.















