Las Maldivas vuelven a aparecer asociadas a una tragedia turística. Cinco ciudadanos italianos han muerto en un accidente de buceo mientras exploraban cuevas submarinas a unos 50 metros de profundidad en el atolón de Vaavu, según confirmó el Ministerio de Exteriores de Italia. Las autoridades locales investigan todavía las causas del suceso.
El accidente llega apenas unas semanas después de otro caso que tuvo fuerte impacto en España: el de un médico alicantino recién casado con una castellonense que perdió una pierna tras ser atacado por un tiburón durante su luna de miel en Maldivas. El ataque ocurrió en abril y el joven tuvo que ser intervenido en el hospital ADK de Malé.
La coincidencia de ambos sucesos ha alimentado una idea casi novelesca: la “maldición” de las Maldivas. El contraste entre el imaginario del destino —playas perfectas, aguas turquesas, villas sobre el mar— y la gravedad de estos accidentes resulta especialmente llamativo.
El nuevo caso afecta a cinco italianos que realizaban una inmersión cerca de la isla de Alimathà, una zona apreciada por submarinistas de todo el mundo. Según las primeras informaciones, el grupo desapareció durante una exploración en cuevas a gran profundidad. La búsqueda permitió recuperar al menos uno de los cuerpos, mientras las autoridades continuaban las labores en una operación considerada de alto riesgo.
La Embajada de Italia en Colombo (la capital de Sri Lanka, con jurisdicción en Maldivas) está contactando con las familias de las víctimas para brindarles la asistencia consular necesaria. Las víctimas son tres mujeres, una de ellas una investigadora de la Universidad de Génova con su hija, y dos hombres, según avanzan los medios italianos.
Actividades con riesgo
El buceo en cuevas no es una actividad comparable al baño o al snorkel turístico. Implica profundidad, orientación, control del aire, visibilidad limitada y menor margen de reacción ante cualquier problema. En un entorno cerrado o semiconfinado, un fallo técnico, una corriente, una pérdida de referencia o una reacción de pánico pueden convertirse rápidamente en una emergencia fatal.
Maldivas no ha dejado de ser uno de los grandes destinos turísticos del mundo, pero estos episodios recuerdan que el paraíso también tiene riesgos cuando se entra en actividades de aventura, mar abierto o fauna salvaje.
El caso del alicantino puso el foco en los ataques de tiburón, un fenómeno infrecuente pero de enorme impacto mediático. El accidente de los italianos abre otro frente: la seguridad en actividades subacuáticas organizadas, especialmente cuando se realizan en zonas profundas o técnicas.
Yuri Alves, nadando rodeado de tiburones y más peces en Maldivas, donde es monitor de excursiones. / Shadowpalm
En abril de 2023 la buceadora Carmen Canovas Cervello fue atacada por un tiburón de 90 kilos en el mismo atolón de Vaavu en las Islas Maldivas. El momento fue grabado por el fotógrafo submarino Ibrahim Shafeeg, más conocido como «The Shark Guy».
«Decidimos hacer un viaje de buceo libre a Shark Bay y hacer snorkel dentro de un grupo de tiburones», explicó «The Shark Guy», quien grabó el momento en que atacaron a su compañera de inmersión Carmen. La joven, una enfermera de 30 años, recibió una mordedura de un tiburón nodriza en la espalda de 15 centímetros de diámetro.
Hay que distinguir entre el turismo de postal y las experiencias de alto riesgo que se venden dentro del mismo paquete emocional: buceo con tiburones, inmersiones profundas, cuevas, corrientes, excursiones marinas y actividades en zonas remotas.
Para los viajeros, la recomendación pasa por preguntar más antes de contratar: qué nivel exige la actividad, qué certificación se necesita, cuántos guías acompañan al grupo, qué plan de emergencia existe, qué seguro cubre rescate o cámara hiperbárica y qué historial tiene la empresa organizadora.
Las Maldivas seguirán siendo sinónimo de lujo, luna de miel y aguas cristalinas. Pero los últimos sucesos dejan una advertencia clara: cuanto más extraordinaria es la experiencia, más importante es comprobar quién la organiza y bajo qué condiciones. La verdadera “maldición” no está en el destino, sino en olvidar que incluso el paraíso exige prudencia.
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