Pues sí. A propósito de la controvertida foto de las Canarias con Marlaska, Torres y Gómez de protagonistas, la indignidad es mayor si recordamos que casi coincidiendo con el «posado», en la Iglesia de la Concepción de Huelva, se celebraba el funeral por Jerónimo y Germán, los dos agentes de la Guardia Civil, fallecidos mientras perseguían a una narcolancha en desigualdad de condiciones, como siempre. Tres ministros para un asunto que muy bien se habría podido despachar con un secretario de Estado y Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, informando.
Se invirtieron las tornas. Mientras los ministros sonreían a cámara, al funeral de los dos agentes el Gobierno envió a una desconocida secretaria de Estado de Seguridad y, obviamente, a la directora general de la Guardia Civil. Hubiera sido de nota no haber asistido. Mandos medios, subordinados del poder. Los verdaderos representantes del Gobierno, con su presidente a la cabeza, estuvieron ausentes. ¿Qué son dos guardias civiles muertos en acto de servicio? A lo largo del sanchismo no se ha demostrado apego a los hombres y mujeres de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, a los que les pagan para protegernos, no para morir en desventaja frente a los delincuentes.
Vale ya de recordar a quienes mueren, pero no se rinden, que la muerte no es el final, mientras van cayendo a manos de la delincuencia organizada. Vale ya de seguir vaciando cuarteles de la Guardia Civil. Vale ya de funerales. Lo que ocurre en Huelva y en Barbate y en el Estrecho es el pan nuestro de cada día para cualquier guardia civil atado de pies y manos, víctima de fallos de seguridad. Mientras el narco puede sacar el arma e incluso abordar a la lancha de la Guardia Civil, al agente que ni se le ocurra porque le puede costar la vida y, en el mejor de los casos, la carrera. Trabajar en esas condiciones es una heroicidad y hacerlo en el Estrecho lleva aparejado un edicto de muerte proclamado.
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