Jean-Michel Jarre actuará el próximo 8 de julio en València dentro del ciclo FAR, que se celebra en la Marina Nord. El pionero de la música electrónica regresa a una ciudad que, según recuerda, ya visitó hace mucho tiempo y de la que destaca su energía singular: una gran ciudad en la que “todo está muy cerca” y que para él funciona “como un núcleo, un núcleo atómico”. El concierto llega además en un momento especialmente simbólico: la conmemoración del 50º aniversario de Oxygène, una obra fundacional que Jarre sigue entendiendo no como un ejercicio de nostalgia, sino como un experimento artístico vivo, capaz de resistir el paso del tiempo e influir a sucesivas generaciones de creadores. En València presentará un espectáculo concebido como una experiencia inmersiva, con piezas de su catálogo completamente revisadas y una puesta en escena creada con inteligencia artificial “de una forma muy poética y orgánica, muy latina”.
No sé si lo sabe, pero hubo un tiempo, allá por los 80, que la música electrónica era especialmente popular en València, por encima que Madrid o Barcelona, y, además, servía para bailar.
Recuerdo haber estado allí hace mucho tiempo con amigos, y fue un momento refrescante e importante en mi vida. Creo que València todavía mantiene hoy ese vínculo especial con la música electrónica. Estoy deseando que llegue ese momento en julio y estoy muy feliz de compartir un proyecto muy especial para mí. Interpretaré algunas canciones y músicas de mi catálogo y de mi carrera, pero están completamente revisadas. Siempre he estado implicado en la inmersión y la tecnología, intentando empujar los límites de la tecnología para compartir con el público el mejor sonido posible. Como músico, cuido mucho el sonido; es lo mínimo que debes hacer para compartir tu música con el público. Además, cuando era adolescente oscilaba entre la pintura y la música, y siempre he estado vinculado a todas las artes visuales y a la tecnología visual. Esta vez he concebido todo el diseño escénico y la escenografía con inteligencia artificial, pero de una manera muy especial: de una forma muy poética y orgánica, muy latina. Y de verdad espero que la gente lo disfrute tanto como yo.
Recuerdo sus conciertos en televisión cuando yo era niño como algo asombroso: la música, el sonido, las luces, las imágenes. ¿Es más difícil hoy impresionar al público que en los años 70 u 80?
No lo sé. Creo que contribuí a crear una especie de gramática para los espectáculos. Cuando empecé, nadie hacía mapping o proyecciones gigantes sobre edificios, incorporando luces, arquitectura de luces y láseres. Incluso las grandes bandas de rock tenían solo algunas luces y eso era todo. Hoy, por supuesto, no puedes concebir un espectáculo de electrónica, rock o pop sin diseño escénico y escenografía. Pero no porque haya más libros o más películas hay menos creatividad; es al revés. Lo que importa al final del día es el contenido. Yo no estoy en la nostalgia. El espectáculo que voy a compartir con el público en València es muy de 2026.
Muchas personas tienen miedo de la disrupción tecnológica, como la inteligencia artificial. Hay mucha controversia y se dice que la IA es el final de la creatividad. ¿Qué piensa?
Eso me hace pensar en los comienzos de la fotografía, cuando los pintores firmaban peticiones en contra diciendo que era el final de la pintura. O cuando introduje la música electrónica en la Ópera de Francia: algunos músicos de la orquesta desenchufaban el sistema de sonido diciendo que la música electrónica era el final de la orquesta. Es una historia interminable. Estoy bastante entusiasmado con el concepto de este nuevo proyecto y muy feliz de compartirlo con el público español. Siempre me siento muy privilegiado por recibir una acogida tan cálida en España, desde el principio con Oxygène, Equinoxe, Magnetic Fields, Zoolook y Electronica. Tengo una relación muy especial con España y siempre es una gran alegría.
Pero eso lo dirá usted en todos los países a los que va a actuar.
Sí, muchos artistas internacionales dicen que es maravilloso ir a España como una especie de truco de marketing, pero en mi caso las primeras cartas de fans que recibí, aparte de Francia, venían de España. Una de mis frustraciones es que mi madre, que era una gran persona, me obligó a estudiar alemán en lugar de español. Fue un gran error, porque tenía un nivel muy bajo de alemán y perdí la oportunidad de conectar mejor con los españoles.
Quizá esa conexión que han tenido los españoles con su música se deba a que, en sus inicios, su música representaba la modernidad. Y en los años 70 y 80, España tenía hambre de modernidad después de la dictadura.
Sí, creo que sí. Cuando empecé mi carrera era una época en la que éramos muy optimistas respecto al futuro; pensábamos que en el año 2000 el mundo sería perfecto, que los sistemas sociales y educativos serían perfectos y que los coches volarían. Mi música llevaba esa clase de positividad y de vínculo con el espacio. Nunca lo vi como algo ligado al espacio exterior, sino más bien al espacio que nos rodea, al entorno; Oxygène era muy simbólico en ese sentido. Por eso siempre me ha interesado intentar transmitir esa sensación de inmersión y de espacio. La música está hecha de espacio y de tiempo. Pero me gustaría añadir algo sobre nosotros, españoles y franceses: somos latinos. La música electrónica en sus comienzos no tiene nada que ver con el blues y el rock; no tiene nada que ver con América. Viene de nuestra herencia de música clásica, de la pintura, del impresionismo -el trabajo sobre las texturas- y, en cierto sentido, también del surrealismo.
¿Cómo pueden haberle influido a usted Breton o Dalí?
El enfoque de mezclar el sonido de un pájaro con un clarinete o con una lavadora es muy latino y muy surrealista. Nosotros inventamos el surrealismo, y las raíces de la música electrónica vienen de esos movimientos europeos. Cuando era adolescente, veía bandas de rock como Soft Machine o Pink Floyd y pensaba: “Esta es la revolución de mi generación, pero es una revolución sajona, no es la mía”. Cuando me impliqué en la música electrónica, dije: “Esta es nuestra revolución como artistas latinos”. Permite piezas de 10 u 11 minutos sin seguir las reglas del pop americano ni el formato de canción de tres minutos con letra.
Para sus fans la suya siempre ha sido la música del futuro, pero ¿qué significa hoy el futuro para usted?
Siempre considero que el pasado es un prólogo del presente o del futuro. No estoy obsesionado con el futuro; lo que me mueve es la curiosidad. Siempre he tenido curiosidad por probar e intentar nuevos lenguajes o nuevas herramientas. La tecnología es el mejor catalizador de la creatividad. Es porque inventamos el violín que Vivaldi hizo su música; es porque inventamos la electricidad que tenemos a Jimi Hendrix, Rosalía o Billie Eilish. Es porque inventamos los componentes electrónicos que gente como yo hace la música que hace, y hoy es porque estamos inventando la inteligencia artificial que se van a generar los estilos musicales y las películas del mañana. La tecnología es neutral; depende de cómo la uses. La piratería existía antes de la electricidad y existirá después de la IA. No deberíamos mezclar todo eso.
¿Qué es lo que más le entusiasma de la IA como herramienta creativa?
Es como cuando aparecieron las cajas de ritmos o el sampling. La gente decía que matarían a los baterías, pero los baterías tuvieron que evolucionar por ellas. Con la IA ocurre lo mismo. Podemos falsificar canciones pop con IA, pero también había gente que hacía falsos Picassos o falsos Dalís; eso no pone en cuestión que la pintura sea válida. El pincel es neutral; depende de la persona que está detrás. Para mí, la IA es una especie de “supermusa”. Es menos “inteligencia artificial” que “imaginación aumentada”. Es una forma de ampliar y ensanchar mi inspiración, como un superasistente con múltiples brazos y manos, una especie de Shiva digital.
¿Debería haber algún límite a la creación con IA?
El límite es mi imaginación, no la IA. Creo que los años 2020 serán considerados en el futuro como la edad de oro de la IA, como los comienzos del cine en blanco y negro o los primeros samplers. En los años 80, el “Rolls-Royce” del sampling era el Fairlight, y solo podías samplear 0,8 segundos en 8 bits. Hoy podemos samplear horas en alta definición, pero entonces hacíamos cosas muy interesantes que ya no podemos hacer. Hoy la IA está llena de errores, limitaciones e imperfecciones; no obedece. Pero todos esos accidentes crean algo que dentro de 10 o 20 años será demasiado perfecto. Mi consejo a los artistas jóvenes es que exploren la IA ahora por sus debilidades y sus fallos; es una fuente fantástica de inspiración.
Cuando escucha sus discos de los años 70 u 80, ¿siente que con la tecnología actual podría haberlos hecho mejor?
En absoluto. Es como mirar una película en blanco y negro; no dices “qué pena que no sea en color” cuando ves Metrópolis. Cada época tiene sus ventajas y sus desventajas. Para decirle la verdad, no estoy realmente interesado en escuchar lo que he hecho antes; no estoy en la nostalgia. Me interesa el presente. Antes de València voy a tocar en Ibiza por el 50º aniversario de Amnesia. Lo interesante en el concepto de “amnesia” es la idea de que olvidas el pasado y el futuro; lo que importa es el presente. Es una actitud bastante punk, en un sentido positivo. Como artista, soy bastante egoísta; ante todo creo para mí mismo. No pienso en hacer esto para gustar al público; el público sigue o no sigue. Lo que me interesa es intentar mejorar lo que tengo en mente, que es como un espejismo que persigues toda la vida. Es como Pedro Almodóvar, los Beatles o Kubrick: es una declinación del mismo mundo o de lo que llamamos estilo. Ves 30 segundos de una película de Almodóvar y sabes que es él. Uses las herramientas que uses -un smartphone o una cámara en blanco y negro-, será tu estilo. La IA no es un peligro porque cosecha el pasado, pero lo que hace singular a un artista es su estilo.
¿Ese “egoísmo” es lo que le mantiene avanzando sin quedar atrapado por su pasado?
Sí y no. Creo dos cosas: primero, soy un ladrón; robo todo lo que oigo, veo o leo como parte de mi inspiración. Segundo, un artista real no conoce la jubilación, porque la creación es una obsesión. Persigues obsesivamente el sueño de la película, el libro o la música perfectos, y es como un espejismo o una pompa de jabón: crees que estás cerca y entonces se te escapa. Esa mezcla entre frustración y esperanza es el mejor motor para seguir.
Jean-Michel Jarre. / F Rousseau EDDA
Sus conciertos tienen una fuerte relación con el lugar en el que se celebran. ¿Qué importancia tiene el entorno cuando diseña el sonido?
Pinto con los oídos. Mi objetivo en València es crear la banda sonora de una historia o de una película que el público pueda construir en su propia mente mientras escucha mi música y está dentro del espectáculo. Eso es lo que me gusta de la música instrumental frente a las canciones; la música electrónica construye la banda sonora de una película que puedes crear en tu propio corazón.
¿Fue importante para usted en ese sentido la figura de Maurice Jarre, su padre, uno de los compositores de bandas sonoras más importantes de Hollywood?
Por desgracia, no tuve conexión con mi padre; dejó a mi madre y a mí cuando yo tenía cinco años. Siempre pensé que las bandas sonoras y la música para cine eran su territorio, así que rechacé muchos proyectos porque no quería ser “el hijo de Maurice Jarre”, quería ser Jean-Michel Jarre. Pero murió hace más de 15 años, y ahora pienso en él con mucho afecto; estoy seguro de que ahora me echa una mano para ayudarme a encontrar la inspiración adecuada.
¿Es difícil de equilibrar la imaginación sonora y el espectáculo visual?
Para mí, la música es el centro de todo, y después compongo la “pista visual”. Me di cuenta muy pronto de que estar dos horas detrás de un sintetizador o de un ordenador no es lo más emocionante del mundo. Intenté definir una gramática o un vocabulario para la interpretación de la música electrónica en directo. Cuando era adolescente me interesaba la ópera porque esos grandes músicos trabajaban con pintores y escenógrafos para potenciar el poder de la música.
Después de una carrera tan larga, ¿ya sabe cuándo una nueva pieza o un nuevo espectáculo funcionan realmente?
Nunca lo sabes realmente. Primero, tiene que funcionar para ti. Pero la trampa del estudio es que no sabes si algo te gusta porque es interesante o simplemente porque te estás acostumbrando a ello. Recuerdo estudiar música electrónica y grabar tres minutos de ruido en la calle; después de ponerlo todo el día en casa, mis hijos se familiarizaron con cada canto de pájaro o sonido de bicicleta que aparecía, y dejó de ser ruido para convertirse en una especie de pieza musical. En el estudio, cuando pasas semanas con una canción, no sabes si te gusta “como a tu perro”, porque la ves todos los días. Siempre es bueno tener cerca a personas con oídos en los que confíes, para recibir distintos comentarios.
Cuando ha comentado usted lo de su actitud punk me he imaginado a un punk de los de antes, de los de “no future”, poniendo cara de susto.
Es curioso, acabo de llegar de China, donde una startup de IA me recreó tal como era a los 25 años. Tuve ese momento loco de hablar con un holograma de mí mismo a los 25 años. Solo le dije: “No te preocupes, hagas lo que hagas, al final todo debería ir bien”.

Jean-Michel Jarre en concierto. / L-EMV
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