Siendo niña, me levanté una mañana horrorizada y corrí hacia mi madre. Le conté que había soñado con un futuro en el que los cuerpos de personas muertas quedaban abandonados en la calle. Si alguien moría atropellado, por ejemplo, solo su familia, si llegaba a darse cuenta, lo recogía. Si no, ahí quedaba, como una paloma aplastada en el asfalto. No importaba a nadie más.
A saber por qué soñamos las cosas que soñamos, pero también por qué las olvidamos o recordamos. Y, entre todas, por qué, mientras somos incapaces de recordar qué soñamos anoche, vuelve a nosotros un sueño antiguo.
Quizá porque me aterraba ya entonces la indiferencia. Porque intuía que, si falla el cuidado —incluso hacia un muerto desconocido—, el mundo se derrumbaría.
Y tantísimos años después, con a saber qué —las noticias del televisor, por ejemplo— devolviéndome a aquel escalofrío, me ha dado por replantearme aquello que dicen de la generosidad: que es «dar sin esperar nada a cambio». Y de repente, me ha parecido que es más generoso construir lo que no vas a disfrutar tú, sino otros. Plantar un árbol cuya sombra cobijará a personas que todavía no han nacido, igual que nosotros nos sentamos bajo árboles que sembraron otros.
A veces, muchos árboles.
Jadav Payeng, un vendedor de leche del estado de Assam, en el noreste de India, encontró en 1979 en la isla de Majuli, a orillas del Brahmaputra, una gran cantidad de serpientes muertas por el calor. Decidió plantar unas plántulas de bambú en un banco de arena. No solo cuidó de que crecieran: no dejó de plantar. Durante décadas. Hasta convertir la tierra seca en un bosque de más de 500 hectáreas que da sombra a las serpientes y donde hoy viven tigres, rinocerontes, monos, ciervos y al que cada año regresan los elefantes.
Y hay bosques rotos que no se ven a simple vista.
La pradera de posidonia —más de 750 kilómetros bajo el Mediterráneo— ocupa, o mejor dicho, ocupaba, el fondo marino. Se estima que ha desaparecido cerca de un 40% en los últimos cincuenta años, bajo las garras de la contaminación y los fondeos. En 2006 se descubrió entre es Freus (Formentera) y Las Salinas (Ibiza) una planta de cerca de ocho kilómetros de longitud, a la que se atribuyó una edad de 100.000 años: uno de los organismos vivos más grandes y longevos del mundo.
Su crecimiento es tan lento que necesita décadas para expandirse unos pocos metros. Y, sin embargo, sabiendo que no llegarán a nadar en esas aguas, hay quienes se dedican a plantar posidonia oceánica para favorecer su recuperación. Personas que invierten su tiempo en algo que tendrá sentido para otros y en otros tiempos. Y probablemente sea eso lo que le da más sentido.
En Oslo, desde 2014, un autor reconocido entrega cada año un manuscrito inédito que nadie leerá hasta 2114. La primera fue Margaret Atwood, autora de El cuento de la criada. Los textos se custodian mientras, en un bosque cercano, crecen los árboles con los que se imprimirá el papel futuro. Libros que alguien leerá a la sombra de árboles que plantaron otros.
En Gales existe un Comisionado para las Futuras Generaciones cuya función consiste en instar al Gobierno a tomar decisiones en beneficio de quienes aún no han nacido. En Finlandia, un Comité para el Futuro evalúa las implicaciones a largo plazo de las políticas públicas. En Malta, un Guardián de las Generaciones Futuras vela por que sus necesidades sean tenidas en cuenta.
Y en la Unión Europea, desde 2024, un comisario es responsable de la equidad intergeneracional y de que se escuche la voz de los jóvenes para contribuir a dar forma a un futuro de Europa que será, sobre todo, suyo.
Porque la generosidad individual es valiosa —admirable cuando quien la ejerce ni siquiera verá sus frutos—, pero es más fructífera cuando se protege en leyes, estructuras y decisiones compartidas.
Algo, en realidad, muy antiguo.
La Gayanashagowa —la Gran Ley de la Paz de las seis tribus de la Confederación Iroquesa— fue recogida en el siglo XVIII, aunque sus principios se remontan al siglo XI. Uno de ellos, el Principio de las siete generaciones, sostiene que quienes toman las decisiones deben tener presente cómo les afectaron las decisiones de sus predecesores y tomarlas desde la responsabilidad de las siete generaciones siguientes. Qué impacto tendrá, desde cada ley hasta cada gesto cotidiano, en los bisnietos de nuestros bisnietos.
Tanto tiempo después, me siguen perturbando las mismas cosas. Hay una balanza: de un lado, la colonización, la avaricia, el saqueo. Líderes que se jactan desde su atril de aspirar a extinguir civilizaciones enteras. Y, del otro lado, quienes cuidan, restauran y sostienen. Incluso para quienes no llegarán a conocer.
No sé si la balanza cae del lado de la gente buena, pero sí sé que, sin ella, el mundo ya se habría derrumbado.
«Si supiera que el mundo se iba a acabar mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol».
Martin Luther King Jr.
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