Hace dos años, Mi reno de peluche se convirtió en uno de esos bombazos televisivos con los que Netflix suele sorprender en primavera, como ya ocurrió con títulos como Bronca o Adolescencia. Su creador y protagonista, Richard Gadd, regresa ahora en HBO Max con Half Man. Aunque vuelve a explorar los mismos traumas, hay un cambio significativo en la forma de abordarlos: esta vez, como actor, no se reserva el papel de la víctima, sino que encarna al acosador. Tras habernos transmitido vulnerabilidad, ahora muestra su capacidad de aterrarnos.
En «Mi reno de peluche», Gadd convertía su propia experiencia de acoso en un relato incómodo sobre la víctima atrapada en una relación obsesiva. En «Half Man», esa mirada se desplaza hacia el otro extremo del conflicto: su personaje ya no es quien sufre la invasión, sino quien la ejerce. El protagonista sigue siendo el acosado, pero Gadd pasa de interpretar a la víctima, como hizo en su serie anterior, a encarnar ahora al acosador. El movimiento no es solo actoral, sino casi una inversión de rol dentro de su propio imaginario creativo, que permite abordar el mismo trauma desde un ángulo mucho más perturbador.
Las obsesiones son las mismas que en su obra anterior: la dependencia emocional, la incapacidad de poner límites, la confusión entre afecto y dominación… pero los reorganiza. Donde antes había fragilidad, ahora hay violencia. Donde antes había insistencia, ahora hay imposición.
En la nueva serie, repasamos los cuarenta años de relación entre dos hermanastros: Niall y Ruben. La trama arranca con los dos personajes ya como adultos, cuando Ruben se presenta en la boda de su hermano, del que lleva años separado, con intenciones no muy buenas. En su edad adulta, están interpretados por Gadd y por Jamie Bell (quien ya nos sorprendiera de niño en Billy Elliot); mientras que para las escenas de su juventud, los actores son Stuart Campbell y Mitchell Robertson.
A través de flashbacks vemos cómo ha ido evolucionando la peculiar relación que han mantenido a lo largo de los años. Niall es una persona tímida e introvertida, con inseguridades que le llevan a padecer situaciones de acoso escolar; mientras que Ruben es el adolescente violento y problemático, que reacciona a mamporro limpio para imponer su voluntad. Ambos son hijos de padres biológicos diferentes, criados por una pareja de lesbianas en la Escocia de los años 80. Cada episodio se inicia con un momento clave en la vida de Niall, en el que puede empezar desde cero, hasta que llega su hermanastro para ponerlo todo patas arriba.
No se trata de una relación que se basa solo en conflictos permanentes. De alguna manera, Niall también se beneficia de Ruben, porque es la bestia a la que puede soltar para mantener a raya a sus acosadores, o conseguir que le enseñe a defenderse. Los buenos momentos se ven enturbiados por otros más perturbadores, en los que la inseguridad de Niall para poder marcar límites y decir que «hasta aquí hemos llegado», está detrás de lo que ocurre durante toda la serie. Por un momento, Niall se siente poderoso al dar rienda a Ruben para que le arregle sus problemas, pero también ha desatado una tormenta a la que no sabe cómo poner fin. ¿Es una analogía entre el doctor Jekyll y Mister Hyde donde Ruben simboliza los rincones más oscuros de la mente de Niall?
En «Mi reno de peluche», la acosadora actúa desde la necesidad. Su violencia es blanda, insistente, casi desesperada por ser vista y reconocida. Es una invasión que nace de la fragilidad, de la incapacidad de aceptar el rechazo sin desmoronarse. En «Half Man», en cambio, la violencia se articula desde el control. El personaje no busca ser aceptado, sino imponerse. No hay súplica, hay dominio. Pero, bajo esa superficie de agresividad late un mismo problema: la incapacidad de aceptar los límites del otro.
Ahí es donde ambas series se encuentran. No en la forma del acoso, sino en su origen. Tanto la insistencia de una como la violencia del otro surgen de un mismo punto ciego: la imposibilidad de asumir que la relación con el otro no depende de uno mismo. La diferencia es que mientras una intenta sostener ese vínculo a través de la presencia constante, el otro lo hace mediante la fuerza y la intimidación.
Hay algo en la figura del hermanastro que remite directamente a «El cabo del miedo»: no solo por su violencia, sino por su capacidad para ocupar espacios, para infiltrarse en la vida del protagonista hasta contaminarla por completo. La alusión viene aprovechado que Apple estrena el próximo 5 de junio la nueva versión de este clásico cinematográfico con Javier Bardem en el papel de Max Cady. De alguna manera, en «Half Man» parece que el motivo de volver a la vida de su hermano es saldar una cuenta pendiente y haberse sentido traicionado. Pero hay una diferencia clave. Si en «El cabo del miedo» el monstruo viene de fuera, aquí entra porque se le permite entrar. Porque el protagonista lo necesita. Porque durante un tiempo funciona.
El hermanastro aparece como solución: el que espanta a los acosadores, el que impone respeto, el que devuelve un poder que el protagonista no tiene. El problema es que esa solución no se puede modular. La violencia no se activa y desactiva a voluntad. Una vez dentro, se expande.
El personaje de Gadd no se presenta como un villano plano. Su pasado, su forma de entender la lealtad, su incapacidad para gestionar el rechazo construyen una lógica interna que, sin justificar sus actos, los hace comprensibles. Su violencia no surge solo del odio, sino de una idea distorsionada de la relación con el otro, donde cualquier cambio se vive como traición.
A medida que avanza, la serie introduce una duda que atraviesa todo el relato: ¿hasta qué punto estamos viendo una historia completa? No se trata de un giro al estilo “todo era mentira”. Es algo más sutil. La sensación de que la historia que estamos viendo está filtrada, incompleta, atravesada por la experiencia emocional de quien la vive.
En ese sentido, «Half Man» se acerca a otras ficciones recientes que juegan con la perspectiva del espectador, como «Una buena familia americana», donde el cambio no está en los hechos, sino en la forma en que los interpretamos. La miniserie basada en hechos reales protagonizada por Ellen Pompeo (Anatomía de Grey) que parecían sacados de la película «La huérfana», contaba la historia de una pareja que acababa abandonando a su hija adoptada al temer que habían metido en casa a una monstruosa psicópata. Al avanzar la historia y ver el otro lado, nos dábamos cuenta de que la supuesta villana era alguien vulnerable con necesidades especiales, cuyos progenitores no supieron atender y acabaron siendo los verdaderos monstruos. En «Half Man» parece que ocurre algo parecido. No es que la serie oculte información, es que la distribuye de forma que cualquier lectura sea provisional.
Si en «Mi reno de peluche» el acoso se construía desde la fragilidad, en «Half Man» se construye desde la fuerza. Pero en ambos casos nace del mismo lugar: la incapacidad de aceptar los límites del otro. La diferencia es que aquí esa incapacidad no suplica. Golpea. Y en ese golpe, más que una respuesta, hay una pregunta que la serie deja en el aire: no quién tiene la razón si no desde dónde estamos mirando lo que ocurre.














