La frase que un espectador atento se puede llevar en la cabeza al salir del Castillo de Mata en la tarde de hoy, es la de que escribir es una forma de resistir frente al ruido. Una rebelión subrepticia que se esconde en las líneas, como estas, que esperan ser leídas pero en las que pocos ojos encontrarán pausa. La mayoría pasarán de largo: lo susceptible de la atención es una realidad que arrolla hasta a los lectores más avezados y a los escritores más encumbrados.
En esta línea ha ido la conversación que han protagonizado los escritores Julio Llamazares, Sara Mesa y David Trueba, moderados por el periodista Manuel Jabois, en la capital grancanaria, bajo el título Escribir contra el ruido. Mesa se confesó presa de este impulso que hace mirar el móvil una y otra vez, una de las distracciones que la distancia del acto de ponerse a escribir.
Pero, cuando lo consigue, llega el tan ansiado momento de trance: «Una vez empiezo a escribir, entro en un estado mental de vacío. Ese estado, en menor medida, creo que se puede alcazar leyendo. Digo en menor medida porque acabo de reconocer que yo misma me distragio leyendo. Cuando lees un libro bueno que te produce gran placer, el resto se difumina. La marca de que un libro es bueno para mí, es que lo pueda leer en un avión y no me de cuenta de que estoy ahí», apuntó la autora de Un amor.
Con la atención del público más que captada, la charla arrancó con un nombre inevitable en la ciudad que acogió a este grupo de escritores: el de Benito Pérez Galdós. Llamazares comenzó rompiendo el consenso reverencial que suele acompañar al escritor canario: «Yo no soy un apasionado de Galdós, pero tampoco tengo nada en contra. Me suena un poco a lo que es el colegio, aquellas lecturas escolares.
El escritor leonés reconoció, sin embargo, la dimensión simbólica del autor de los Episodios Nacionales y cómo terminó colonizando literariamente Madrid. «Es imposible ver Soria sin los ojos de Machado o Madrid sin Pérez Galdós», reflexionó.
Desde ahí la conversación derivó hacia qué haría hoy un escritor como Galdós en una sociedad atravesada por la hiperconexión y la crispación. Trueba apuntó que probablemente tomaría distancia antes de escribir sobre el presente y se centraría más en los acontecimientos sucedidos hace 40 años. «El paso del tiempo limpia mucho de toda esta morralla cotidiana.Lo que deja poso porque tuvo trascendencia», apostilló.
«Tenemos una sociedad muy desquiciada, muy loca. Así que es probable que ahora mismo tuviera mucho trabajo», señaló por su parte Mesa.
La pregunta central de la tarde llegó pronto: cómo escribir en medio del ruido; cómo se protege un escritor de la avalancha de opiniones, interrupciones y estímulos que atraviesan la vida cotidiana. ¿Es posible?
El ‘río del olvido’
«Yo escribo contra el olvido y contra el ruido. Escribir es una forma de luchar contra el paso del tiempo, contra el río del olvido que se lleva a todo», respondió Llamazares.
«En este momento el ruido es ensordecedor. Todo el mundo opina de todo, todo el mundo cuenta su anodina vida diaria. No me interesa saber si uno va a comer una paella o si el otro está viendo una puesta de sol. Creo que hay tanto ruido que nadie escucha a nadie», continuó.
El escritor definió Madrid como «un enjambre que zumba todo el rato», de tertulias televisivas donde todos se pisan la voz y de parlamentos donde «nadie escucha a nadie». Y llevó la reflexión todavía más lejos: «El ruido es fascismo en esencia. Si tú no escuchas el argumento del otro, ahí hay una ruptura de lo que es la base de la democracia», sentenció.
Mesa compartió parte de esa inquietud, especialmente en relación con la autocensura. «Si estás muy metida en el ruido de la actualidad, ese ruido puede terminar afectándote de mala manera en la escritura», sostuvo. «Vivimos en un lugar en el que no hay censura, pero sí existe cada vez más esa autocensura». La autora explicó que una de las razones por las que no tiene redes sociales es precisamente evitar esa exposición permanente a opiniones inmediatas sobre sus libros. «No quiero saber lo que la gente opina de mis libros sin haberlos leído», resumió.
La conversación avanzó entre confesiones íntimas y reflexiones culturales. Jabois, cómodo en el papel de moderador que pincha y observa, introdujo entonces otra idea: la presión creciente hacia una escritura clara, transparente y fácilmente viralizable. Una escritura que parece tener miedo de las capas, de la ambigüedad y hasta de las metáforas.
Mesa coincidió. «Al final escribimos también para que nos lean. Y si estamos todo el tiempo escuchando lo que la gente quiere o aquello con lo que se ofende, es inevitable que eso te afecte».
Trueba recogió el hilo desde otra perspectiva. Para él, el propio acto de escribir un libro ya es una posición política y ética frente al ritmo contemporáneo. «El hecho de que escribas un libro y le marques a la persona que se adentra en él el ritmo de la lectura ya es una toma de posición en el mundo», afirmó.
‘El autobombo’
Trueba continuó hablando de la promoción constante que las personas hacen de sí mismas como uno de los grandes males contemporáneos y explicó que esa fue una de las razones por las que terminó alejándose de las redes sociales. «Percibo que la gente creativa se dedica a darse mucho autobombo. Y eso es de muy mala educación. Donald Trump es el máximo exponente del autobombo», destacó.
Llamazares retomó entonces la palabra para recordar cómo ha cambiado el ecosistema literario en las últimas décadas. «Mis dos primeras novelas ni se presentaron. La lluvia amarilla ni se presentó. Y ahora sacas un libro y haces treinta presentaciones», expresó.
El problema es, en sus palabras, que el escritor puede terminar convirtiéndose en «un personaje de sí mismo»: «Hay escritores que ya son como estrellas de rock. Están en todos sitios. Y la pregunta que me hago es: ¿Y cuándo escriben?», planteó.
Fue el escritor leonés el que ofreció la imagen que va a cerrar estas líneas: la del escritor -o la escritora- como luciérnaga, «una luz que se enciende en la noche» y que logra escribir al margen del ruido. Un flexo que mientras el resto de la ciudad grita, bebe, duerme o hace scrolling infinito, se mantiene alumbrando. Algo así ha sido la conversación de hoy.
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