Vaya por delante que no soy de las que despotrican en contra de la Inteligencia Artificial. De hecho, ardo en deseos de comprender cómo aplicarla y poder ser más eficiente, productiva y capaz integrándola en mis quehaceres profesionales. Que me resuma correos electrónicos, me ayude a hacer infografías chulas o me asesore sobre lo urgente y lo importante. Que sea una especie de Pepito Grillo que me organice la logística diaria y haga por mí los procesos más tediosos para poder dedicarme a lo divertido. El problema es que la IA es tan buena que me acabará sustituyendo. A mí, a ti, a nosotros. Como es inútil combatirla, me uno a ella y que sea lo que Dios quiera. Algunos dirían que uso la técnica del avestruz. Puede que tengan razón.
Este conformismo se topa con un lado antagónico que también habita en mí. De un tiempo a esta parte, he dejado de comprar en los comercios que han sustituido personal de carne y hueso por máquinas que te asesoran sobre los artículos que te convienen y te acompañan en el proceso de cobro. Admiro, si cabe aún más, a quienes se dedican al sector primario y estoy pensando seriamente en formarme en carpintería. Trabajar con las manos, restaurar lo antiguo y construir muebles imperfectos son una bocanada de aire fresco en este horizonte tecnológico.
La IA nos ha robado muchas cosas. La intimidad, por ejemplo. Conoce todos nuestros intereses, la llevamos metida en la aplicación de mensajería, en los correos electrónicos, en el banco y en la consulta del médico. Nos ha despojado de la capacidad para esforzarnos y ha secuestrado nuestra atención. No es necesario adquirir conocimientos o comprender el porqué de las cosas. Tenemos toda la información y la historia del mundo en esa pantallita que es la extensión de nuestra mano. Da igual si, pasados dos minutos, no recordamos qué hemos leído. Se vuelve a buscar y asunto resuelto. Es como el aceite que se esparce y, poco a poco, se introduce en todos los resquicios de nuestra vida. O en casi toda.
He olido un perfume y he recordado que también lo llevaba alguien a quien conocí en la adolescencia. La IA no me robará la capacidad de evocar el pasado de la mano de un olor. Cómo disfrutábamos mis amigas y yo de nuestras quedadas de los viernes noche. Primero, el sándwich. Después, el ribeiro. Más tarde, el baile. Todas cogidas de los hombros. No me robará la sensación de vuelco en el estómago cuando veía a quien me gustaba entrar por la puerta. Tampoco me usurpará la habilidad para disfrutar de un paseo por el bosque, de respirar profundo, de nadar en el mar o de comer un tomate en agosto. Es incapaz de sustituir la emoción de escuchar una canción, leer un libro o ver una película. Como cuando ves Cinema Paradiso y lloras por los besos que nunca pudieron ser disfrutados. La IA no puede arrebatarnos nuestra esencia de ser seres sociales. De disfrutar de organizar comidas en casa, de conversar, reír y brindar. No puede sustituir la satisfacción de saber que ayudas a alguien que lo necesita, de ser solidario, de cuidar y de mimar a quienes quieres. Me aferro a las emociones, porque la IA no puede mangármelas. De momento.
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