Ha animado China a Irán a seguir negociando y esta le ha agradecido sus condenas firmes de los ataques estadounidenses. De la primera visita a Pekín desde que estalló la guerra del ministro de Exteriores, Abbás Araghchi, no se esperaban declaraciones asombrosas ni giros de guion sino la escenificación de la sintonía. Importa el qué y especialmente el cuándo: una semana antes de que aterrice Donald Trump.
Wang Yi, capitoste de la diplomacia china, se ha confesado «profundamente angustiado» por la guerra. «Creemos que es necesario un alto el fuego completo, que el regreso de las hostilidades es inaceptable y que es particularmente importante que continúe el compromiso por el diálogo y las negociaciones», ha afirmado antes de reunirse con su homólogo iraní. En su petición de una «navegación normal y segura» por el estrecho de Ormuz se acerca a Washington; en su comprensión del programa nuclear, se aleja: «China aprecia el compromiso iraní de no desarrollar armas nucleares y reconoce su derecho legítimo al uso pacífico de la energía nuclear». Le ha agradecido Araghchi a China que ocupe «el lado correcto de la historia», según el comunicado pequinés de la reunión, y ha apoyado sus pretensiones de una nueva arquitectura global que acentúe el multilateralismo.
No es un caso inédito: Estados Unidos prende un incendio y corre a pedirle a China que lo apague. Semanas atrás ya le exigió Trump que enviara buques de guerra para desatascar el estrecho de Ormuz apelando a su presunta desesperación por la falta de crudo. Pekín ni siquiera respondió. Desde entonces ha anunciado una y otra vez Trump la victoria en la guerra y el control del estrecho frente a los testarudos hechos. Las voces de auxilio desde Washington se han intensificado en la víspera de la llegada de Araghchi.
Petición de Washington
El secretario del Tesoro, Scott Bessent, pidió a la diplomacia china que convenza a Teherán para reabrir el estrecho, que se sume a ellos «en la operación internacional» sin especificar qué medidas concretas espera y que deje de vetar resoluciones junto a Rusia en la ONU. Alegaron ambas en la propuesta del mes pasado que iba demasiado lejos y que faltaba la condena a Estados Unidos e Israel por los ataques que desataron la guerra. El asunto de quién prende la pradera es fundamental o insignificante, según se hable de Ucrania o de Irán.
También el secretario de Estado, Marco Rubio, instruyó a Pekín: «Esperamos que los chinos les digan lo que tienen que decirles. Y es que con lo que están haciendo en el estrecho de Ormuz sólo están consiguiendo el aislamiento internacional. Son los chicos malos en esto». Rubio acertó señalando que la apertura del estrecho también interesa a Pekín pero Washington suele exagerar el diagnóstico. Para una economía exportadora como la china, un conflicto largo es terrible: incrementará los costes de la fábrica global y empobrecerá a sus compradores. Pero ese es un horizonte lejano. Por ahora carece de estrecheces energéticas gracias a sus reservas y la acelerada transición verde. Mucho antes de que la situación sea crítica en China lo será en Estados Unidos. La inflación es una amenaza inquietante cuando asoman las elecciones de medio mandato y la imagen de Trump está en mínimos.
Desobediencia
Irán era un asunto menor cuando China y Estados Unidos pactaron la cumbre en Pekín. La guerra ya obligó a retrasarla, a petición de Trump, y el conflicto en Oriente Medio ocupará buena parte de un orden del día que meses atrás subrayaba los desacuerdos comerciales y Taiwán. La hostilidad que sufren de Washington y el comercio de crudo han solidificado los vínculos sinoiraníes y apuntalado la influencia de Pekín en Teherán.
China ya empujó a Irán a las negociaciones semanas atrás y su diplomacia se ha multiplicado en las últimas para arreglar el desaguisado. También ha suavizado sus críticas en las últimas semanas hacia Washington para que la cumbre con Trump no descarrile. Pero a la vez, intuyendo su debilidad, ha marcado las nuevas reglas de convivencia: este fin de semana activó por primera vez la ley de desobediencia a las sanciones extraterritoriales de Estados Unidos.
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