Montar un bar en España es el sueño de muchos emprendedores que buscan ser sus propios jefes y mejorar su calidad de vida. Sin embargo, detrás de la barra se esconde una realidad compleja, marcada por jornadas laborales interminables, una presión fiscal asfixiante y un sacrificio personal que pone a prueba la vocación y la resistencia de cualquiera. Varios hosteleros han decidido contar la verdad sobre un sector que, para algunos, es una fuente de realización y, para otros, una auténtica pesadilla.
El sueño de ser tu propio jefe
La motivación principal para embarcarse en esta aventura suele ser la misma: la búsqueda de independencia. “Me cansé de hacer dinero para los demás y quería ya trabajar para mí, ser independiente”, explica un propietario. Para otros, el bar se convierte en un proyecto con un profundo sentido personal y social. Es el caso de un hostelero que montó su negocio para ofrecer una ocupación a su hija con síndrome de Down: “Ella trabaja los fines de semana conmigo y se siente útil, es una persona totalmente independiente”.
La rentabilidad, un asunto espinoso
La pregunta del millón es si realmente se gana dinero. Las respuestas son tan variadas como los propios bares. Un hostelero de origen extranjero asegura que está viendo beneficios “desde el primer momento” gracias a su apuesta por la diferenciación. “Estoy innovando con lo de aquí, con el producto de aquí”, afirma, marcando distancia con otros locales. Sin embargo, esta visión optimista no es unánime en el sector.
Iratxe, Viladecans
O se los lleva Hacienda o se los llevan los empleados o se los llevan los impuestos”
Auónomo
Otro testimonio refleja la cara más amarga del negocio, asegurando que actualmente no gana dinero. “Ahora mismo se paga todo impuesto, impuesto, impuesto, te cobran hasta por respirar”, lamenta. La sensación de que el esfuerzo no se ve recompensado es una constante, como resume en una frase lapidaria: “O se los lleva Hacienda o se los llevan los empleados o se los llevan los impuestos”. La carga de los costes de autónomos, el IRPF y la Seguridad Social ahoga los beneficios, que en muchos casos son mínimos.
El alto precio del sacrificio personal
Si en algo coinciden todos es en el enorme sacrificio que exige la hostelería. Las jornadas son maratonianas y la conciliación es una utopía. “Yo hago un horario muy extenso. Abro desde las 7 de la mañana y estoy aquí hasta las 10 y media de la noche”, detalla un propietario. Este ritmo de vida tiene un impacto directo en el ámbito personal, un hecho que otro hostelero resume con crudeza.

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Vida familiar, prácticamente, no se tiene”
Autónomo
“Vida familiar, prácticamente, no se tiene, esto es muy sacrificado”, sentencia. A la falta de tiempo se suman las crisis inesperadas que pueden llevar al límite a cualquier emprendedor. Un propietario relata uno de los momentos más duros que ha vivido: “Me cogí el COVID acá en el bar y me tocó estar en coma casi 2 meses”. En su caso, la ayuda de sus hijas fue clave para que el negocio sobreviviera. Otro hostelero tuvo que cerrar durante el primer mes porque su hijo fue hospitalizado, acumulando “pérdidas y más pérdidas”.
Ante este panorama, los consejos para futuros emprendedores son dispares. Hay quien anima a tener “mucha paciencia” y a “ser muy innovador, original y auténtico”, porque la pasión es fundamental: “Te tiene que gustar, porque si no, yo no le aconsejo que lo montes”. Pero también hay quien ofrece una advertencia mucho más directa y pesimista: “Mi consejo sería, sinceramente, que no lo abriera, porque cuesta mucho empezar y remontar”. Una reflexión final que invita a pensárselo dos veces antes de perseguir el sueño de tener un bar.












