Hay hombres que llegan a los pueblos con una maleta, un breviario y una obediencia. Y hay otros que, además, traen en las manos una extraña llama. No siempre se ve al principio. A veces permanece escondida, como esos rescoldos humildes que parecen ceniza hasta que alguien sopla. En Ramón Martínez, sacerdote y hoy párroco de la iglesia de la Santísima Trinidad de Crevillent -su pueblo natal, concretamente la pedanía de Las Casicas-, esa llama tomó la forma de pinceles, barro, escayola, color y silencio. La forma, en definitiva, de un arte que él no presume como mérito propio, sino que acepta como se reciben las cosas altas: con temblor y agradecimiento “a Dios”, pues el le dio el don.
No estudió Bellas Artes ni aprendió en academia alguna los secretos de la composición, la talla o la policromía. “No estudié nada relacionado con el arte”, dice sin rodeos, como quien despacha con naturalidad una pregunta que otros convertirían en vanidad o impostura. Y añade, con esa mezcla de convicción y humildad que sólo tienen quienes creen de verdad: “Yo soy de los privilegiados, el Señor me ahorró el trabajo de estudiar…”. No termina la frase, pero no hace falta. En su relato hay una certeza: el arte le vino dado. O, más exactamente, regalado.
Un don sin academia
Desde niño sintió la inquietud de la pintura y la escultura. No como quien adquiere una destreza, sino como quien descubre que dentro de sí hay una voz que empuja. “Desde bien pequeño siempre he tenido esta inquietud de la pintura y de la escultura y, sin formación alguna, he ido realizando todas las obras que hecho”. Después vino el tiempo, que lima, afina y perfecciona. “Conforme han ido pasando los años he ido perfeccionando mi técnica, porque lógicamente, hay un antes y un después de toda mi obra”. Pero la raíz, insiste, nunca estuvo en una escuela, sino en otra parte menos tangible.
Su vida sacerdotal y su vida artística comenzaron a entrelazarse de manera decisiva cuando fue ordenado y empezó como diácono en Pilar de la Horadada. Allí le llegó la oportunidad que a veces sólo se concede una vez: poner lo que hasta entonces había sido afición, al servicio de la Iglesia. Hizo las Puertas de Bronce, la azulejería, las vidrieras y también un mural en la Torre de la Horadada. Fue allí donde comprendió que aquel hobby podía ser otra forma de ministerio. “Fue donde realmente descubrí que podía poner mi afición al servicio de la iglesia”.
El arte como ministerio
No habla de encargos, ni de facturas, ni de reconocimiento. Habla de entrega. No cobra nada. Es más, aunque no lo pregona, pone materiales, invierte su tiempo “y la vida, si hace falta”. En esa expresión cabe una biografía entera. También una manera de entender el sacerdocio. Ramón Martínez no separa la fe de la belleza, ni la belleza del sacrificio. Cuando pinta o esculpe, no adorna un templo: predica. Sus vocaciones se entrelazan.
El sacerdote con algunas de sus obras más recientes en la iglesia de La Marina de Elche / Áxel Álvarez
Por eso, no en todas las parroquias por las que ha pasado dejó una obra suya. En Almoradí, por ejemplo, no hizo falta. El arte, en su caso, no responde a un afán de firma, sino a una necesidad del lugar. Si el templo no lo pide, si la comunidad no lo necesita, el don espera. Pero en La Marina de Elche, donde ejerció antes de llegar a Crevillent, sí encontró ese espacio en el que la vocación y la materia podían darse la mano.Y de qué manera…
La Marina, templo y catequesis
Allí coincidió con la restauración y ampliación de la iglesia de San Francisco de Asís y la Virgen del Rosario, y entendió que podía aportar algo más que presencia pastoral. La iglesia era pequeña, tenía poca luz y sufría muchas humedades. Se pensó entonces, tras hablarlo con la comisión de obras del Obispado, en abrir ventanales al patio para ganar iluminación y combatir la humedad. La ampliación incluyó el pasillo, la capilla de la comunión, la sacristía, el despacho y el aseo. Pero Ramón vio además una posibilidad más honda: que el templo, además de más amplio y luminoso, hablara. Y así, empezó a pintar.
Lo hizo, cuenta, “sacrificando vacaciones, días libres, descanso. Soy de los que no duerme mucho y aprovechaba las noches”. Su “granito de arena” fue dejar en los muros una catequesis visual, una teología de color y símbolos, una historia de la fe contada para ojos sencillos. Recuperó cenefas antiguas perdidas por la humedad, pidió permiso a Patrimonio para integrar las pinturas en la bóveda y, con el visto bueno, desplegó en ella una constelación de figuras: los cuatro evangelistas sobre el altar mayor; en el centro, los cuatro profetas mayores: Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel; y más adelante santos de los últimos tiempos vinculados de algún modo con San Francisco de Asís: San Juan Pablo II, Santa Faustina Kowalska, la Madre Teresa de Calcuta y Santa Clara.
Nada está puesto al azar, aunque en su relato “el azar y la providencia se miren a veces tan de cerca que casi se confunden”, cuenta. Explica, por ejemplo, que Santa Clara ocupó un lugar por una equivocación suya. Debía ir abajo, pero la pintó en la bóveda y ya no pudo corregirlo. “Por no rectificarla, pensé que el Señor sabrá por qué ha querido que estuviera ahí”. Después, al pintar a San Francisco abrazado a la Cruz de San Damián, descubrió que la posición de la mirada encajaba con la santa que sostenía precisamente esa cruz. Y la supuesta equivocación se volvió sentido.
Santos jóvenes y un Buen Pastor con perro
En la parte nueva del templo, donde ya no necesitaba permiso patrimonial, trabajó con mayor libertad, aunque sin romper el estilo general. La capilla de la comunión la dedicó a los santos jóvenes, en un gesto poco habitual que le ilusiona especialmente. “No soy conocedor de que haya alguna parroquia, ermita o iglesia que esté dedicada a santos jóvenes”. Frente a la iconografía acostumbrada, casi siempre dominada por figuras adultas, él quiso recordar “que la santidad también puede tener rostro adolescente, casi niño. Que la llamada de Dios no entiende de edades. Que también los jóvenes mueren santos y viven, en su brevedad, una plenitud que a veces los mayores apenas entrevén”.
Detrás del sagrario, en esa capilla, pintó además el mural del Buen Pastor, una de las piezas más íntimas y reveladoras de su universo. No nació de una ocurrencia reciente, sino de una memoria remota. Antes de ingresar en el seminario, donde entró con apenas 11 años, su madre lo llevaba de niño a clases de pintura en Crevillent. Cuando iba a recogerlo, le decía: “Ve a la iglesia de Belén y te recojo allí”. Él esperaba en la capilla de la comunión, fascinado por el Buen Pastor pintado allí por Jorge Andrada. “Siempre que iba me decía a mí mismo que algún día pintaré en una capilla un buen pastor”.
Los años pasaron, y ese deseo infantil quedó como quedan las promesas que uno hace sin saber que las está haciendo. Luego llegó La Marina, llegó la restauración, llegó el momento de pintar, y aquel niño que esperaba en Belén volvió a levantar la cabeza desde algún rincón de la memoria. El resultado fue un Buen Pastor con resonancias de aquel mural primero, pero también con acentos propios, muy de aquí: palmeras, paisaje cercano y un detalle que desarma por humano, el perro Bruno, su perro, el “perro del cura”, incorporado a la escena como símbolo de la fidelidad.
Lo cuenta sonriendo, pero no hay trivialidad en ello. “Bruno acompaña a su madre en la ermita de Las Casicas cuando voy a darle la comunión, y el animal se nos queda mirando en actitud casi reverente cuando llega el momento sagrado”. Esa estampa doméstica, mitad ternura y mitad misterio, acabó entrando en el mural. Porque en la obra de Ramón Martínez no hay frontera dura entre lo cotidiano y lo divino: todo puede ser asumido, elevado, convertido en signo.

El sacerdote con una de sus obras más preciadas, el Buen Pastor de la capilla de la Comunión en la iglesia de La Marina en Elche / Áxel Álvarez
Escultura, símbolos y confinamiento
Y todo, sobre todo, debe contar algo. “Siempre que pinto algo tiene un sentido”. Esa exposición de los hechos resume su manera de crear. Para él, el arte cristiano no puede ser una simple superficie hermosa. Tiene que decir, tiene que explicar, tiene que evangelizar. En el Buen Pastor, por ejemplo, la oveja perdida que Cristo rescata no es solo la imagen conocida del Evangelio. A un lado están el padre y la madre, agradecidos por la oveja recuperada; en el rostro de la madre, un dolor reconocible; en otros personajes, la indiferencia de quienes no valoran el gesto del Pastor. Es decir: “salvación, gratitud, sufrimiento y mundo que pasa de largo. Una catequesis completa encerrada en una escena”.
Algo parecido ocurre en la escultura. En La Marina de Elche hizo una burrita para el Domingo de Ramos, trabajó la Dolorosa que hoy procesiona el Viernes de Dolor junto a los dos Cristos y terminó de intervenir el Cristo del Amparo, que presidía el altar y que, según la historia local, había quedado inacabado en madera porque el autor falleció repentinamente antes de concluirlo. Ramón confesó que “durante un tiempo sentí miedo de tocarlo, como si terminar la obra suspendida pudiera invocar un destino semejante. Pero el pueblo insistió y, en los días del confinamiento, me llevé el Cristo a casa, lo policromé, lo rematé, le añadí detalles y lo devolví transformado”.
También ahí la imagen es más que una imagen. En el paño de pureza pintó cardos, símbolo del sufrimiento y del dolor, y un pavo real, que en el arte cristiano representa la resurrección y la vida eterna. No quería que se quedara “simplemente en un Cristo crucificado. Quería, otra vez, hablar. Decir el dolor y la esperanza al mismo tiempo”.
Prisas, aula y belleza que salva
En cuanto a las técnicas, el sacerdote artista se mueve con la intuición de quien ha aprendido haciendo. Si la madera se deja, la talla -”pero es muy complejo”; si no, recurre al barro cocido, al modelado, al molde en escayola para sacar piezas huecas que pesen menos. “Hasta ahora todo lo he hecho manual y como antiguo”. La frase, además de técnica, suena moral. Hay en su forma de trabajar algo artesanal en el sentido más noble del término: lentitud, cuerpo, contacto directo con la materia, rechazo de la prisa industrial.
Y, sin embargo, la aceleración sí ha atravesado su biografía reciente. Cuando el obispo decidió destinarlo a Crevillent, le entraron, dice, “las prisas de la muerte”. Sabía que lo que dejara sin pintar en La Marina corría el riesgo de quedarse así para siempre, porque un sacerdote, al llegar a una nueva parroquia, se involucra tanto que lo anterior ya no puede recuperarse igual. Por eso se empeñó en acabar el pasillo, las cenefas pendientes y parte de la capilla de la comunión. Quedaron sin terminar nueve medallones de santos jóvenes y un gran proyecto que aún espera: un mural de seis metros sobre la historia de La Marina, desde la iglesia primitiva en El Molar hasta el asentamiento del pueblo en su ubicación actual. Lo terminará poco a poco desde Crevillent. Como quien vuelve, de vez en cuando, a cerrar una herida hermosa.
Ahora ejerce como párroco de la Santísima Trinidad de Crevillent. Y no sólo eso: da clase en el seminario, enseña dibujo técnico y plástica a alumnos de segundo y tercero de la ESO. Sacerdote, profesor, pintor, escultor. En él esas facetas no compiten, se alimentan. Una sostiene a la otra. Su sacerdocio le da la razón última del arte; el arte le ofrece un idioma complementario al de la homilía. Donde la palabra no entra, entra una imagen. Donde un sermón se olvida, permanece un color en la bóveda, una figura en escayola, un perro mirando al Sagrario.
Entre las obras que jalonan ese camino figuran las ya citadas Puertas de Bronce, la azulejería y las vidrieras de la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar, en Pilar de la Horadada; las pinturas de la iglesia de San Francisco de Asís de La Marina; y también la imagen de la Virgen de los Dolores, que se encuentra al culto en la Capilla de Las Casicas y que el propio sacerdote llevó al Museo para su contemplación. Son hitos materiales de una trayectoria extraña y luminosa: la de un hombre que no buscó ser artista, pero acabó siéndolo al modo de los antiguos, como extensión de la fe.
Cuando explica por qué está convencido de que su capacidad es un don de Dios, no se refugia en una falsa modestia. Lo dice porque, sencillamente, no encuentra otra explicación. “Cuando pinto un cuadro me quedo asombrado hasta decir: ¿cómo he podido hacer yo esto?”. A veces mira sus propias dolorosas y se siente incapaz de haberlas hecho. “Yo mismo que la he hecho soy el que la ve como algo que no es suyo”.
Ramón Martínez pinta como reza quien sabe que no todo depende de sí. Esculpe como quien escucha. Decora templos, sí, pero sobre todo los convierte en páginas abiertas para el creyente y para el que duda. En sus muros, en sus vírgenes, en sus cristos, en sus medallones de profetas y en sus santos jóvenes, hay una insistencia antigua: la belleza también puede salvar. Y eso es lo que intenta hacer este artista con sotana.
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