Escribir una página sobre Rumen Radev tiene más mérito que votarle. Excepto en su país natal, donde se le apoya masivamente como primer ministro en ciernes, aunque encabece un partido en fase de construcción y de nombre tan equívoco como Bulgaria Progresista. Su idea del progreso consiste en ponerse a las órdenes de Putin, una contradicción semejante a Pedro Sánchez alineándose con Pekín y batallando contra Moscú.
Los gobernantes búlgaros parecen boxeadores desgastados, a falta de un pronunciamiento de Borat al respecto, y Radev no sirve de excepción.
Opera la misma ley fisionómica que confiere apariencia de toreros a los presidentes del Gobierno españoles, con la notable excepción de Mariano Rajoy.
El triunfo de Radev confirma que el espíritu de contradicción de los votantes es inagotable. Sofía de Bulgaria había asombrado por las protestas callejeras de la generación Z, integrada por los apenas veinteañeros. A continuación, los revoltosos depositan su confianza en un piloto militar de 62 años, en el polo opuesto de las pretensiones que les asignaría un politólogo ortodoxo.
El pensamiento de Radev tampoco aclara la fascinación que ejerce sobre los postadolescentes. A cambio, es obligado agradecerle su capacidad de síntesis, a la hora de desnudarse ideológicamente tras ver garantizada su victoria:
«Europa ha sido víctima de su propia ambición de ser un referente moral en un mundo que se rige por reglas nuevas».
Suena bastante a «me hice franquista porque la República estaba fracasando». De un plumazo, descalifica a Europa como concepto ilusorio que se deja arrastrar por fantasmagorías, y anula las pretensiones morales. Por no hablar de que las famosas ‘reglas nuevas’ coinciden con la eterna ley del más fuerte. Caramba con Radev.
El primer ministro de la generación Z fue presidente de Bulgaria durante once años antes que fraile. Aquí ha seguido el trayecto inverso que su amado Putin, que se refugiaba en el ejecutivo para garantizarse una presidencia intermitente. Al igual que Péter Magyar en Hungría, también Radev creó su propia maquinaria electoral en un plazo récord, al estilo de un golpe de mano que parece inviable en España. Los sucesivos Gabriel Rufián son deliberativos, enredan con actos preparatorios. Cuando toman la decisión, ya han sido olvidados. Por cierto, el campeón de la razzia o la Blitzkrieg electoral contemporánea responde por Emmanuel Macron. Una imagen vale más que mil retratos, y el cirujano de hierro Radev se presentó al acto final de campaña rodeado por un equipo de 37 personas.
Solo ocho de ellas eran mujeres, una desproporción difícil de obtener incluso deliberadamente, aunque tal vez ilustre sobre el reparto del poder por sexos que considera idónea la generación Z.
Bulgaria ostenta el dudoso título de país más corrupto de la Unión Europea, hasta el punto de que España envía a jueces autóctonos para ilustrar a sus colegas sobre las técnicas para combatir el gangsterismo, en lo que algunos interpretarán como una broma. Y no falta quien señala que los Z han sido menos influyentes que los oligarcas en la consagración de Radev.
En un mundo donde todas las guerras son petrolíferas, conviene resaltar las credenciales oleaginosas de Bulgaria, que canaliza el gas ruso y alberga una de las mayores refinerías europeas de Putin. Estas conducciones agigantan el tamaño del país balcánico, menos poblado que Cataluña o Andalucía. Por debajo también de Hungría, porque Radev velará por cerca de siete millones de búlgaros, ni uno más.
Bulgaria es el apéndice de la Europa olvidada que Tony Judt retrató magistralmente en su Postguerra. De ahí la urgencia por excavar paralelismos con los países que presumen de occidentales. Por ejemplo, Radev no cuenta estrictamente con un partido opositor, porque ha pulverizado literalmente a sus rivales. Entre los ilustres derrotados sobresale Boiko Borissov, primer ministro durante el último cambio de década, con su aspecto obligatorio de boxeador magullado. Se ha quedado en el trece por ciento de los votos, es fácil asociarlo con el torero Adolfo Suárez del frustrado CDS, cuando acuñó su memorable «me votan pero no me quieren».
La UE fundacional desdeñaba con petulancia a los países centroeuropeos. Al integrarlos con un elevado coste, le salen respondones. Polonia, Hungría y ahora la Bulgaria de Radev, la ósmosis del Telón de Acero. En Bruselas respiraron aliviados con la victoria de Magyar, y ahora conviven con un topo prorruso en Sofía. Bienvenidos al mundo de las lealtades variables, tal vez arbitrarias. Son las ‘nuevas reglas’.













