Momento culmen. Puede que lo más paradigmático de un modelo futbolístico que no acaba de calar. Una pretensión ambiciosa que requiere de mucho derroche físico y una enorme calidad individual para llevarse a cabo de forma regular… y eficiente. Al Hércules se le ha atragantado en 2026, por eso está tan lejos de los puestos de cabeza, pero el anhelo de un juego preciosista, de presión alta, de pases cortos y rápidos avanzando con la pelota es recurrente, sobre todo entre quienes aspiran a evolucionar la estrategia desde la posesión, desde la proposición, es decir, asumiendo riesgos, una circunstancia muy bonita de ver, pero tremendamente peligrosa cuando alguno de los eslabones de la cadena falla y tú te estás jugando tanto.
Beto Company llegó a Alicante convencido de que su propuesta sería posible con la estructura de jugadores que heredaba de Rubén Torrecilla, un entrenador más proteccionista, menos dado a reunir a sus futbolistas alrededor del balón, más directo, con menos miramientos a la hora de ejecutar la ofensiva, mucho más próximo a Vicente Parras que a él. Para el extremeño, lo importante era que la mayor parte de la acción sucediera en el campo rival, por eso enviaba rápido el esférico a esta parte de la cancha, bien con carrera individual, si había espacio, bien con un pelotazo al costado para iniciar jugada.
El preparador valenciano abandera otra estrategia. Su obsesión es el dominio del centro del campo. Canalizar sus avances por allí. Que su once se comporte como un bloque compacto que no especule con la posesión, que progrese unida para que, al robar, sea sencillo encontrar una salida cómoda porque siempre hay alguien cerca. Y lo mismo en defensa, dando más importancia a lo que sucede por delante de la línea de contención que detrás. De momento ha funcionado muy poco. A cuenta gotas.
El derbi frente al Eldense, sobre todo en la primera mitad, alcanzó el cénit. Después ya no se apreció más, al menos de un modo tan vívido y tan continuado. Ha sido así desde el parón de Navidad. Pero el domingo pasado, en una tarde difícil, frente a un rival que históricamente se le da muy mal a los blanquiazules, obligados a ganar al Teruel para no dejar entrar los fantasmas del descenso en el vestuario, se produjo una detonación, un destello sublime de esa manera de obrar dentro del campo que esgrime el técnico del Hércules.
Activados de forma coral en la presión, Calavera consigue robar un balón después de que Unai Ropero muerda al central que trata de iniciar la jugada desde su área. Cerca del pivote aparece Mehdi Puch, que rápidamente triangula con el atacante vitoriano. Nadie está parado. Todos siguen la jugada. Todos saben dónde están los demás y hacia dónde deben correr.
El jugador cedido por el Alavés devuelve la pared al mediapunta parisino, que en vez de actuar, consciente de lo que ocurre a su espalda, deja pasar la bola para estirar la línea de pase y dificultar la defensa del rival. El cuero le llega a quien comenzó la contra y, con el camino libre que le ha facilitado el galo, se cuela en el área y sirve un pase de gol a Andy Escudero, que les ha acompañado a los tres, atento, lúcido, sin incurrir en fuera de juego.
El hijo de Paquito pone el interior del pie derecho, el menos deslumbrante, y finaliza un contragolpe magnífico, coral, eléctrico que le sirve a la Federación Española para exhibirlo como ejemplo de «fútbol de salón». Seguramente aparecerá como uno de los candidatos a gol de la jornada. Si no lo hace sería un error grotesco porque reúne todo lo bonito que tiene este deporte: velocidad, inteligencia, precisión, concepto grupal del ataque, activación defensiva y definición. Difícil encontrar en la tercera categoría una resolución semejante.













