"Esmorzaba" el otro día con varios exdirigentes socialistas de hace muchos años (de los que se autoperciben ya como ‘jarrones chinos’) cuando, entre varios temas de repaso general, llegamos al siempre vergonzoso caso Ábalos. Si gran parte de la carrera política del exministro valenciano ya generaba sonrojo cuando todo lo que se sospechaba no era más que eso, una mera sospecha, lo que ha ocurrido en los últimos años no solo revuelve el estómago incluso al más patán del universo sino que, además, prolonga el espectáculo hasta en propia y solemne sede judicial. Escuchar, leer o ver cómo van desfilando frente al tribunal decenas de personas que hablan de viajes gratis, prostitución, chalets, mordidas o remuneraciones por trabajos nunca realizados con los rostros cubiertos con pañuelos o inmensas gafas de sol despierta sonoras carcajadas si se tratara de un vodevil de baja clase y calidad narrativa. Pero no, no se trata de eso. Se trata de algo más zafio e indignante: se trata del saqueo del dinero general para la buena vida de unos pocos.
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