Pocos días tienen más simbolismo para el Celta de Vigo que el 20 de abril. Además del paso a las semifinales de la Europa League en 2017 ante el Genk, la musical fecha cantada por Celtas Cortos guarda desde 1994 un significado especial en la ciudad. Aquella jornada Galicia aguardaba por el primer título oficial de su historia ante la final de Copa del Rey contra el Real Zaragoza. Sin embargo, la falta de acierto durante los 120 minutos y la de suerte en la lotería de la tanda de penaltis provocaron la primera -habría reedición siete años después- derrota contra el conjunto maño.
Aquel doloroso trance fue seguido en directo por miles de aficionados en el pabellón de As Travesas, donde el Concello instaló una pantalla gigante. Con el pitido final y el lanzamiento errado por Alejo la situación era trágica. Sin embargo, hubo quien decidió ver el vaso medio vacío y lanzó una proclama: «Á merda, imos bañarnos á Praza América e festexar igual, non sempre se chega a unha final», recordaba el usuario de X (antiguo Twitter) @Ascensodo92 este lunes. Dicho y hecho.
La crónica de Amaia del Olmo para FARO en aquel despliegue especial confirma la tesis. «Tenemos que celebrar que hemos hecho historia, que no nos han marcado ningún gol y que el Ayuntamiento nos ha dejado el agua», aseguraba uno de los aficionados. Y es que en pocas ocasiones la fuente de As Travesas mostraba un aspecto tan apetecible como el de aquella noche.
La ciudad se había preparado para una velada de fiesta y celebración y hubo quien no quiso renunciar a ella. Las discotecas habían lanzado incluso ofertas en las que, además de una entrada, incluían autobuses al aeropuerto de Peinador para recibir al equipo que lograron congregar a decenas de seguidores. «Es una pena, con la fiesta que habíamos organizado», reconocían a la periodista del Decano.
«La verdad es que no hay derecho, irte hasta allí, chuparte dos días de tren y tener que volver así», lamentaba un aficionado pensando en los miles que se habían desplazado a Madrid. «Yo les voy a dar la bienvenida a todos: si no hemos podido traer la Copa, ¡por lo menos nos la bebemos!», proclamaba orgulloso.
«Foi unha catarsis, xente chorando de pena e festexando igual, a dor uniunos e produciuse algo fermosísimo que tardou moito tempo en voltar a aparecer no celtismo», continúa rememorando este veterano celtista.
Tradición que se ha repetido
Lo cierto que este ritual se repetiría siete años después tras un desenlace casi idéntico. La revancha del 2001 en La Cartuja no fue tal y la Copa volvió a viajar a Aragón y no Galicia. Ni la condición de favoritos ni el mayor rodaje del equipo, con experiencia europea frente a los recién ascendidos a las órdenes de Txetxu Rojo, pudo levantar aquel trofeo.
Sin embargo, decenas de celtistas se volvieron a bañar igualmente en Plaza América al término del encuentro. Aquella noche, por cierto, también hubo baño en A Coruña. Varios aficionados del Deportivo se desplazaron con camisetas, bufandas y hasta un bombo a la fuente de Cuatro Caminos para celebrar con un baño la derrota del Celta.
También el pasado jueves se vieron escenas similares, aunque más comedidas, tras la eliminación europea contra el Friburgo. Pese al 1-6 en contra en el global de la eliminatoria la afición no huyó. Los cánticos al equipo se prolongaron durante más de 20 minutos y muchos aprovecharon para sacar las últimas fotos con la publicidad gris y naranja de la Europa League.
A la salida, decenas de brindis y abrazos entre quienes se negaban a abandonar Balaídos todavía de día. «Mostovoi, Karpin y Mazinho también llegaron solo hasta aquí, tiene mucho mérito esto» rememoraba alguno mientras consolaba a los más jóvenes.
Minutos después los más valientes emprendían rumbo a Churruca. Habían asumido que aquella madrugada la pasarían junto a sus compañeros de grada y el bar Candelas, sede de la peña Rikitrí, concentró el improvisado gabinete psicológico nocturno. Las camisetas celestes seguían por encima de los abrigos y las cábalas sobre el calendario final de Liga o la competición a jugar la próxima campaña se entremezclaban entre gestos de resignación. Así es la vida celtista, con más brindis que alegrías.











