La historia familiar de Gonzalo Celorio (Ciudad de México, 1948) ha protagonizado algunos de sus libros. Lo ha hecho por reivindicarla. Pero, sobre todo, para no olvidarla. En Tres lindas cubanas reflejó la historia de las hermanas Blasco Milián, a quienes la Revolución castrista separó y confrontó. Por su parte, en El metal y la escoria relató la hazaña de un asturiano que emigró a México en busca de fortuna a mediados del siglo XIX. Son la herencia sentimental de su madre y su padre, respectivamente. Un ejercicio de memoria que ha salpicado su obra desde que debutó en la novela con Amor propio. De aquello han pasado 33 años y, aunque se ha encargado de dirigir el Fondo de Cultura Económica y la Academia Mexicana de la Lengua, entre otros quehaceres, jamás ha desterrado sus recuerdos. Al contrario. “He tenido la audacia de escribir libros en los que el yo se cuela por todos los intersticios para hablar de mi propia estirpe. Estoy convencido de que nadie sabe realmente quién es si no sabe de dónde viene”, dice. Un universo que le valió el Premio Cervantes que le entregarán los Reyes este jueves en Alcalá de Henares.
“Llevo trabajando cinco meses en el discurso. Es difícil estar en una tribuna tan alta. Voy a hablar del Quijote desde una visión muy personal. De su sentido del humor y de la libertad. Es un valor superior al de la justicia. Esto le permitió hacer una serie de disparates respecto a la ortodoxia narrativa. Su novela se caracteriza por romper con todo. Es un prodigio”, ha señalado Celorio en un encuentro organizado en el Museo Reina Sofía. Se notan sus años como docente en su forma de hablar, tan didáctica, tan visual. Ha impartido clases en el Colegio de México, la Universidad Iberoamericana y el Instituto Politécnico Nacional. Una labor que, hoy, como complemento a la literatura, sigue ejerciendo en la Facultad de Filología y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde dirige la cátedra Maestros del Exilio Español.
Gonzalo Celorio tomará el testigo de Álvaro Pombo en el Premio Cervantes. / EFE
Suyo es el Cervantes, tal y como señaló el pasado noviembre Ernest Urtasun, ministro de Cultura, “por la excepcional obra literaria con la que ha contribuido de manera profunda y sostenida al enriquecimiento de la cultura hispana”. Y añadió: “A lo largo de más de cinco décadas, Celorio ha consolidado una voz literaria de notable elegancia y hondura reflexiva en la que conjuga la lucidez crítica con una sensibilidad narrativa que explora los matices de la identidad. Su obra es una memoria del México moderno y un espejo de la condición humana. En sus libros resuenan la ironía, la ternura y la erudición, trazando un mapa emocional que ha influido en generaciones de lectores y escritores”. El premio coincide con una etapa de reconstrucción de las relaciones de España con México por la vía cultural, después de que su Gobierno exigiera al Ejecutivo liderado por Pedro Sánchez pedir disculpas por la conquista.
“Esta solicitud de perdón es un despropósito anacrónico. Hace medio siglo de aquello. No quiere decir que la conquista no haya tenido signos muy fuertes de violencia, pero ésta ya existía en las comunidades indígenas. Es importante ubicar los acontecimientos en su momento”, ha comentado a María José Gálvez, directora general del Libro. No es el primer mexicano que se hace con el Cervantes: previamente, ya lo hicieron Octavio Paz (1981), Carlos Fuentes (1987), Sergio Pitol (2005), José Emilio Pacheco (2009), Elena Poniatowska (2013) y Fernando del Paso (2015). El galardón, dotado con 125.000 euros, es el mayor reconocimiento a la labor creadora de escritores españoles e hispanoamericanos. Fue creado en 1976 y, entre otros, ojo, lo han recibido Rafael Alberti, María Zambrano, Mario Vargas Llosa, Ana María Matute, Cristina Peri Rossi y Miguel Delibes.
La lengua de la independencia
“El español en América no es tanto la lengua de la conquista, sino la lengua de la independencia. Sin ella no habríamos podido configurar nuestras respectivas nacionalidades”, ha continuado incisivo Celorio. Entre sus obras más reconocidas se encuentran El viaje sedentario, Mentideros de la memoria, Cánones subversivos y Los subrayados son míos. Algunas de ellas han sido distinguidas con el Premio de Periodismo Cultural del Instituto de Bellas Artes (1986), el Premio Nacional de Ciencias y Artes en Lingüística y Literatura (2010) y el Premio Mazatlán (2015). Asimismo, también recibió en 1996 la Orden de la Cultura Nacional por parte del Gobierno de Cuba.

Álvaro Celorio recibió en 1996 la Orden de la Cultura Nacional por parte del Gobierno de Cuba. / EFE
Sobre la situación que atraviesa el mundo en la actualidad, con el yugo de Estados Unidos sobre Irán, así como otras tantas cuestiones que nos mantienen en vilo, como Palestina y Ucrania, Celorio ha sido claro: «Me han preguntado qué puede hacer la literatura frente a la violencia. Y, lamentablemente, sólo puede dedicarse a registrarla, ponderarla, criticarla… Esa es la función del escritor. Y, poco a poco, éste irá creando un remando de paz: la lectura. La violencia que estamos viviendo hoy nos descorazona a todos y nos pone al borde de un precipicio». Él estará ahí para recogerla. Con su particular pluma. Lleva años demostrándolo. «Estoy muy contento como escritor, profesor y editor de compartir el gusto por la literatura con muchas generaciones», concluye. Y las que le quedan.















