El número 75 de la calle Alcúdia, en Consell, se ha convertido en una parada obligada para aquellos que quieren llevarse un recuerdo de la Mallorca más auténtica y quienes aún entienden el valor de los oficios artesanales aprendidos generación tras generación.
Allí, un letrero discreto anuncia lo que en realidad es un pequeño tesoro de la cultura mallorquina: Campins. Tras ese nombre, al que aún muchos se refieren por su malnom “Cas Ferrerico”, se esconde la historia viva de la familia que lo regenta, dedicada al oficio trinxeter desde 1890. Hoy, Joan Campins, cuarta generación, mantiene encendida la fragua junto a sus hijos, Toni y Joan Pedro.
Un oficio que resiste al tiempo
Al traspasar la puerta de madera del negocio, Joan te recibe con la calidez del que lleva saludando clientes toda la vida. Al preguntar cuál es el cuchillo indispensable, nos responde con una pregunta clave: ¿vas a llevarlo encima o es para cocinar? Si es para usar como un complemento en el día a día nos recomienda el clásico trinxet en todas sus variedades: mejor con punta porque es más versátil. Si lo que buscamos es menaje para casa nos presenta los cuchillos de cocina. Todos ellos forjados en hierro con empuñadura de madera de olivo. Los cuchillos de siempre para los usos de ahora.
Aunque los tiempos han cambiado, el corazón del negocio sigue latiendo en la trastienda. Allí, se elaboran aún la mayoría de las piezas que se venden tanto en tienda como online. Seguimos haciendo prácticamente el mismo trabajo con las mismas técnicas de entonces, explica Joan.
Del “matancer” al “cuiner”: un ejemplo de adaptación
La tradición, sin embargo, no es estática. Uno de los ejemplos más claros es la evolución del cuchillo matancer, antaño imprescindible en las matanzas, hoy transformado en cuchillo de cuiner. La tradición del matancer se ha ido perdiendo y con ella, todos los utensilios que se usaban antaño, reconoce Campins.
Su catálogo sigue siendo un homenaje a la vida rural mallorquina: cuchillos de pastor, de pescador, de porquero, de injertar o de sobrasada.
Pero la producción va más allá. En el taller nacen herramientas de campo —azadas, hachas, falces o rastrillos—, muchas de ellas por encargo, además de objetos de madera como tablas de cocina de olivo o rodillos. Todo responde a una lógica: utilidad, durabilidad y respeto por el oficio.
El valor de lo que (casi) se pierde
Hubo un tiempo en que Consell contaba con seis tiendas de trinxets. Hoy solo queda una. La de los Campins. Y eso, más que un dato, es una advertencia.
Curiosamente, gran parte de su clientela actual es extranjera. Ellos valoran mucho la tradición y el trabajo manual, porque prácticamente lo han perdido, explica Joan. Una reflexión que deja entrever cierta melancolía: Los mallorquines no valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos.
Aun así, no hay resignación en sus palabras. Confía en que poco a poco el público local redescubra el valor de lo artesano, de lo hecho a mano, de lo que lleva tiempo, esfuerzo y conocimiento y que sus hijos puedan continuar con un legado que suma más de 100 años.












