El actual conflicto en la región del Golfo está generando un impacto en los mercados de energía y fertilizantes de una «magnitud similar, o incluso superior» a la registrada en el inicio de la invasión rusa a gran escala de Ucrania en 2022, según el último informe publicado por la agencia de la ONU para la Agricultura y la Alimentación. Sin embargo, la onda expansiva presenta una dinámica inversa en el sector alimentario: mientras que el mar Negro es un granero mundial, el Golfo es uno de los mayores «importadores netos de alimentos». Aún así, al quedar el estrecho de Ormuz paralizado por el bloqueo de la circulación de las naves, una parte significativa de la demanda agrícola mundial «ha sido efectivamente eliminada del mercado».
El diagnóstico de la FAO es el de una situación muy difícil, pero que aún puede empeorar. A nivel agregado, la crisis es un «neto negativo para los consumidores». Se proyecta que el bienestar real de los hogares caiga globalmente entre un 0,5% y un 1,6%, mientras que el consumo de alimentos se contraerá hasta un 1,3%. Pero el golpe es asimétrico: en los países del Golfo, la caída de los ingresos reales podría ser «catastrófica», situándose entre el 14,4% y el 18,3%.
La llave de Ormuz y el caos de los fertilizantes
Un problema mayúsculo es el de los fertilizantes. A diferencia del petróleo, el sector de los fertilizantes «no cuenta con reservas estratégicas coordinadas internacionalmente». Con el 30% del comercio mundial de estos productos transitando por Ormuz, el impacto ha sido fulminante, sobre todo en los países más dependientes. En Egipto, por ejemplo, los precios de la urea se dispararon un 28% en pocos días, alcanzando los «625 dólares por tonelada». Con ello, el informe advierte de que la escasez de nitrógeno y fosfatos provenientes del Golfo podría «comprometer las cosechas» en Asia, África y América Latina.
La razón de todo ello es, indica FAO, que la región es una «piedra angular del suministro mundial de energía y fertilizantes». En lo que respecta a la energía, antes de las hostilidades, unos 20 millones de barriles diarios de crudo —una cuarta parte del comercio marítimo mundial— cruzaban el estrecho de Ormuz, señala el organismo. Tras el inicio de los combates el 28 de febrero de 2026, el tráfico cayó un 90%, disparando el precio del barril de crudo hasta los 120 dólares, precisa.
Un sistema alimentario bajo asedio
La dependencia alimentaria del Golfo —que importa entre el 70% y el 90% de lo que consume— sitúa a la región en una posición de vulnerabilidad extrema. Con las rutas marítimas en punto muerto, los suministros esenciales de trigo, arroz y azúcar no pueden llegar a su destino. Las alternativas son escasas: Arabia Saudí cuenta con puertos en el mar Rojo, pero esa vía sigue siendo insegura por los ataques de los rebeldes hutíes de Yemen, que ya han reducido el tráfico de carga en un 60%.
Los efectos sociales de la crisis ya son visibles en diversos países. En Teherán, el precio de la harina de trigo subió un 120% en un solo mes. El arroz cuesta ya «4 dólares por kilo», el doble que hace unos meses, y se registran largas colas para conseguir pan subvencionado. En EEUU, la disrupción se cierne sobre las cosechas de maíz y la soja, golpeadas por la alta demanda de etanol y biodiésel en un contexto de incertidumbre energética. Además, se teme un desplome en el flujo de dinero enviado por millones de trabajadores extranjeros en el Golfo y que podrían perder su trabajo.
El regreso de la especulación
Como suele ocurrir, la maquinaria de los especuladores ya se ha puesto en marcha. En concreto, según se señala, los operadores han reaccionado incrementando el interés abierto y adelantando los precios del maíz, la soja y otros futuros agrícolas, lo que refleja un «reposicionamiento del mercado ante la previsión de una oferta más ajustada y una mayor volatilidad». Unas maniobras que muestran que los inversores ya están «fijando una tendencia alcista para los costes de las materias primas alimentarias a medio plazo».
Suscríbete para seguir leyendo










