Ángela Figuerola es una de las personas que vive pendiente de una ejecución hipotecaria, después de más de una década «viviendo un calvario» en Córdoba. Así define el camino que ha seguido desde que dejó de pagar al banco, «doce años en los que he intentado negociar un alquiler social o un código de buenas prácticas» hasta el día de hoy, en el que está pendiente de que el juzgado señale la fecha de lanzamiento. «Tenía mi piso pagado, pero todo se complicó cuando pedí una hipoteca para ampliar capital para mi empresa y nos estafaron», afirma. Según su relato, ella y su hermano avalaron con sus respectivos pisos una hipoteca de 100.000 euros a pagar en diez años que acabaría siendo su ruina.
«Teníamos una empresa de distribución de alimentos que iba muy bien», asegura, «teníamos clientes con los que llevábamos trabajando más de diez años, movíamos mucha mercancía y mucho dinero cada semana y en 2008 firmamos la hipoteca de 1.400 euros al mes entre los dos». El batacazo llegó cuando, después de unas vacaciones de verano, apenas unos meses después de ampliar capital, los bancos les avisaron de que pagos que habían dado por buenos habían sido devueltos 56 días después del abono. Ahí empezó la pesadilla. «Trabajábamos con líneas de descuento y emitíamos recibos a clientes por la mercancía servida», recuerda. De golpe y porrazo, les reclamaron «más de 700.000 euros». Incapaces de responder con tanto dinero, les bloquearon las cuentas, las líneas de financiación y la empresa quedó paralizada.
Según Ángela, intentaron denunciar a esos clientes, que asegura «estaban organizados como vimos después para estafarnos y desaparecieron del mapa de un día para otro». Pero no denunciaron porque, según cuenta, «nos pedían que aportáramos 300.000 euros para iniciar acciones», cantidad inasumible en una situación como aquella. En ese momento, trabajaban en la empresa cinco autónomos y cinco empleados. «Cuando ocurrió aquello, mi afán era intentar pagar los sueldos y la Seguridad Social de los empleados, hicimos lo que pudimos». Desde el primer momento, intentaron negociar una salida digna con el banco. «Propusimos separar las deudas y que cada uno asumiera su parte, pero no quisieron», señala, «encontramos un comprador para la vivienda, pero antes de aceptarlo, la llevaron a subasta y las adjudicaron por separado, lo que no nos dejaban hacer a nosotros lo hicieron ellos».
Una hipoteca con condiciones leoninas
Con la voz entrecortada y el gesto cansado, después de diez años con tratamiento psicológico, de haber pasado tres años viviendo con sus padres porque no tenía ingresos, afirma que le cuesta recordar. «Confiaba mucho en el director del banco y que acabó dándonos la espalda», sentencia, «firmamos una hipoteca con condiciones leoninas, las cláusulas eran tan abusivas que el primer expediente de ejecución hipotecaria se archivó». Las deudas se fueron acumulando mientras su vida se iba al traste. «En ese momento, estaba casada, intentamos luchar contra esto juntos, pero la cosa acabó pasándonos factura». Según ella, las desgracias nunca vienen solas y a perro flaco todo son pulgas. Por eso quizás tuvo un percance que la llevó al quirófano. «Caí enferma, me operaron y me pusieron dos placas de titanio en el cuello», comenta, «me dieron la jubilación total hace unos diez años, ahora tengo 57, empecé cobrando 300 y pico y ahora me dan 680 euros».
Ángela tiene dos hijos que eran su principal preocupación en aquel momento, pero que ahora son mayores, tienen 34 y 33 años, y se han forjado su propio futuro. «Yo no me voy a ir con ellos, lo que tenga que pasar que pase, ahora es su momento, yo ya he vivido mi vida», sentencia. Por eso, mientras espera la orden que la obligue a salir de su casa, ejerce como voluntaria en la asociación Anfane para «ayudar a otros para que no se sientan tan perdidos como yo». Según su testimonio, llegó a la asociación «demasiado tarde para salvar mi casa, pero ellos me han ayudado mucho, les estoy muy agradecida». Asegura con tono de resignación que no tiene alternativa habitacional, pero tampoco quiere pensar en el futuro. «Eso me dice la psicóloga, cada vez que recuerdo lo que pasó lo veo todo muy negro», comenta, «una vez intenté dormirme y descansar y si hubiera ocurrido, me habría ahorrado diez años de sufrimiento».
Ya no espera que llegue el alquiler social con el que soñaba ni tampoco que se aplique el código de buenas prácticas. «En todos los años en los que fui al banco, nadie me habló de los derechos que tenía, de las soluciones que podía haber para no perder mi casa, por eso la gente tiene que saber, tiene que pedir ayuda cuando no vea la salida».
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