La muerte de Antonio Tejero, protagonista del intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, marca el cierre simbólico de uno de los episodios más delicados de la historia reciente de España. El exteniente coronel de la Guardia Civil ha fallecido a los 93 años, en una jornada especialmente significativa: el mismo día en que se han desclasificado documentos oficiales relativos al asalto al Congreso de los Diputados, arrojando nueva luz sobre aquellos acontecimientos que pusieron en jaque la democracia.
Su figura quedó asociada de forma permanente al llamado 23-F, cuando irrumpió armado en el hemiciclo durante la votación de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo. Décadas después, ya retirado de la vida pública, sus apariciones fueron escasas. Una de las más llamativas tuvo como escenario Canarias: el 23 de febrero de 2011 pasó el día en La Palma junto a su esposa. El periódico La Provincia, a través del periodista Borja Valcarce, relató entonces una jornada marcada por la coincidencia entre la efeméride y su presencia en la isla.
Aquel 23 de febrero de 2011, que cayó en miércoles, estaba cargado de simbolismo. Se cumplían treinta años del intento de golpe de Estado y, mientras en distintos puntos del país se publicaban especiales y análisis sobre lo ocurrido en 1981, Tejero intentaba pasar desapercibido en la Isla Bonita.
El matrimonio se alojaba en el Hotel Sol La Palma, en Puerto Naos, un enclave turístico caracterizado por su tranquilidad y situado a pocos kilómetros de Los Llanos de Aridane. La elección no era casual. Según manifestó entonces, no era la primera vez que visitaban el establecimiento. Buscaban un lugar donde descansar con discreción, lejos del foco mediático que cada aniversario volvía a situar su nombre en titulares.
Sin embargo, el anonimato duró poco. Algunos empleados del hotel lo reconocieron y la noticia se propagó con rapidez. En cuestión de horas, varios medios se interesaron por su presencia en la isla. Las peticiones de entrevistas y la llegada de periodistas alteraron el ambiente de serenidad que el matrimonio esperaba encontrar.
Ante ese escenario, Tejero optó por alquilar un vehículo en la recepción del hotel para recorrer la isla. El coche elegido fue un Seat Ibiza gris oscuro, con el que planeaban desplazarse por distintos puntos del territorio palmero. Durante el desayuno, según comentaron empleados del establecimiento, su intención era visitar la zona de Fuencaliente —donde dos años antes se había producido un gran incendio— y también Santa Cruz de La Palma. En la capital, Carmen Díez mostró interés por pasear por la Calle Real y recorrer el casco histórico.
Mientras él gestionaba el alquiler del automóvil, su esposa se acercó a un supermercado próximo para adquirir varias botellas de agua para la excursión. Con todo preparado, abandonaron el hotel en busca de la tranquilidad que, según habían expresado, habían disfrutado hasta que su presencia trascendió públicamente.
La coincidencia entre su estancia y el trigésimo aniversario del 23-F multiplicó el interés informativo. Mientras en la Península se analizaban nuevamente los hechos del golpe fallido, Tejero pasaba el día bajo el sol de febrero en Canarias, ajeno —al menos en apariencia— al ruido mediático que volvía a rodear su figura.
Durante su estancia mantuvo un tono distendido en sus breves declaraciones. Comentó que se encontraba tranquilo en la isla hasta la llegada de los periodistas y reiteró que habían elegido La Palma precisamente por ser un destino apacible en el que normalmente no llamaban la atención. Carmen Díez, por su parte, apuntó que, a su juicio, no todo lo ocurrido en 1981 se había contado de forma completa en los libros de historia.
La jornada transcurrió entre momentos de normalidad turística y expectación mediática. Tejero dedicó parte del tiempo a consultar prensa digital desde el ordenador comunitario del hotel y a seguir la actualidad relacionada con el aniversario. Por la noche, tras presenciar el espectáculo habitual dirigido al público extranjero que ofrecía el establecimiento, el matrimonio se retiró temprano a su habitación.
También hizo uso de las instalaciones exteriores. En la piscina, a pocos metros de la playa de Puerto Naos, se le vio tomando el sol con naturalidad, mezclado entre turistas —mayoritariamente extranjeros— que no parecían mostrar un especial interés por su identidad. La escena contrastaba con la imagen que tres décadas antes había quedado grabada en la memoria colectiva: la del teniente coronel uniformado, con prominente mostacho y pistola en mano, irrumpiendo en el Congreso.
Lo que pretendía ser una escapada discreta terminó convirtiéndose en una anécdota significativa dentro de la larga sombra pública que acompañó a Antonio Tejero hasta el final de su vida.













