«Nunca dejes de enseñar lo que enseñas, hace falta gente como tú para que chavales como yo no abandonen sus metas», rapea desde el centro penitenciario de Teixeiro uno de los participantes de Identidades a Gosia Trebacz, la artista encargada de «Pintar el Hip-Hop». La muestra, inaugurada este viernes, es la culminación visible de una experiencia sociocultural iniciada en 2018 por el Museo de Belas Artes, donde se exhibe, y la Asociación de Amigos do Museo». Un proyecto que, edición tras edición, se ha convertido en un espacio de encuentro para colectivos en situación de vulnerabilidad y que pone el foco «más en las personas y en el proceso que en el resultado», destaca la organización.
Entre las obras expuestas destaca la historia de Ernestina García. Llegó de Venezuela con 63 años y una maleta que pesaba 17 kilos. «Fue meter allí toda una vida y borrar lo viejo», confiesa conmovida frente a su grabado a punta seca. Para Ernestina, el arte ha sido el puente para cerrar su historia con la Torre de Hércules como símbolo de su nueva etapa. A su lado, un mosaico de zapatos recuerda el famoso suelo del aeropuerto de Maiquetía, la última imagen que retienen miles de venezolanos al marchar al exilio. «Es como verse reflejada», dice Ernestina, quien trabajó bajo la tutela de Iria do Castelo, una de los trece artista locales que llevaron a cabo el proyecto.
Inauguración de la exposición ‘Identidades’ / Casteleiro
La exposición no solo ofrece técnicas, sino escucha. La artista coruñesa Luisa Valdés trabajó con el colectivo Accem, acompañando a migrantes que llegaron en patera o avión desde Senegal y Venezuela. «Había gente que no había cogido un lápiz en su vida; pescadores y mujeres que dejaron toda su vida atrás», explica Valdés. A través de las «tiras de peregrinación», los participantes dividieron su trayectoria vital en cuatro etapas: el origen, el motivo de la partida, el viaje y la llegada. Abdu y Bryan, jóvenes senegaleses que llevan apenas ocho meses en A Coruña, pasaron de las redes de pesca a los acrílicos. «Aquí empezamos a pintar, antes solo conocíamos el mar y nos ha gustado mucho dibujar», dicen con la timidez de quien ve, por primera vez, su nombre y sus pinturas en la pared de un museo nacional.
La edición de este año ha dado un salto cualitativo al incorporar el cine, la música y la cerámica. En esta última disciplina, Susana Anta trabajó con las usuarias del Hogar Santa Lucía. Alejandra Briones, acompañante del grupo, destaca el valor terapéutico del proceso: «Muchas encontraron un hobby relajante que las ayuda a centrarse en lo manual y no en los problemas, que ya bastantes tienen dentro de la mochila».
El objetivo del proyecto es tan sencillo como profundo. «La función del museo no es solo cultural, es social», subrayó durante la presentación Pedro Vasco, director de la Asociación de Amigos do Museo. «Son instituciones vivas, sensibles al entorno y a los diferentes públicos. Queremos que el museo sea accesible, inclusivo, atento a nuevas culturas y nuevas sensibilidades, en un intercambio permanente». En esta séptima edición participan trece artistas y trece colectivos, una cifra que confirma la consolidación de un programa que «nació poco a poco y que hoy tiene una proyección cada vez mayor».
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