Parecen inocentes, higiénicas, útiles y maravillosas… pero no lo son. Constituyen uno de los residuos domésticos más problemáticos y lo peor es que cada vez son más cómodas para la gente, que opta por esta alternativa de limpieza. Sin embargo, hablamos de un monstruo del medio ambiente y de las redes del saneamiento: hablamos de las toallitas húmedas.
Su primer problema, por mucho que se vista de «biodegradables» es que no son desechables, es decir, no se disuelven en el agua como el papel higiénico. El motivo es su composición ya que están fabricadas con fibras sintéticas como la viscosa, es decir, plásticos. Por eso se mantienen enteras durante días, incluso meses, atascando tuberías, bombas y depuradoras.
Para que te hagas una idea, en España las ciudades se gastan más de 200 millones de euros al año en desatascar conductos por toallitas. Son datos oficiales que facilita la Asociación Española de Abastecimientos de Agua y Saneamiento.
Los «tapones» no solo son del material de la toallita sino que se mezclan con aceites y grasas que tienen las alcantarillas, formando una masa casi imposible de eliminar por sí misma. Su extración no solo es peligrosa sino carísima. Además, contaminan ríos y mares ya que acaban fragmentándose.
Ni que decir tiene que algunas llevan perfumes, alcohol, parabenos… que además de destruir el medio y las tuberías, irritan la piel.
¿Donde tirarlas?
Al váter, jamás. Deben ir al cubo de basura pero al gris o al de restos.











