¿Cómo empezó su carrera y por qué la ha orientado a la salud pública?
Empecé mi carrera como economista trabajando en un hospital. Siempre me ha interesado no solo hacer teoría, sino también cómo trasladar estas teorías a preguntas importantes para la sociedad. Ejemplo de ello es que acabo de publicar un libro sobre la economía del comportamiento (Behavioral economics). La economía tradicional asume que la gente se comporta de manera racional, pero en realidad, nuestro comportamiento está afectado por muchos sesgos psicológicos. El libro explica cómo enriquecer los modelos económicos con estas ideas psicológicas.
¿A qué áreas le interesa aplicar estas ideas?
Me interesa aplicarlas a la economía de la salud y a preguntas como asegurar que la gente ahorre lo suficiente para su jubilación, ya que generalmente no lo hacen. Nos cuesta dar suficiente importancia al futuro. El objetivo es ayudar a la gente a tomar mejores decisiones y a los políticos a diseñar mejores políticas.
¿Cómo se podría ayudar a los políticos a tomar mejores decisiones en este sector?
Para ilustrar esto, me inspiro en una figura que muestra el gasto per cápita ajustado por inflación en salud en Estados Unidos, Holanda y España. En 1970, se gastaban unos 300 euros per cápita. En 2025, España gasta casi 4.000, Holanda 7.000 y Estados Unidos casi 13.000. Esto no es sostenible, ya que los gastos en salud siguen aumentando debido al envejecimiento de la sociedad y al aumento de nuestras expectativas sobre la salud.
La idea es gastar el dinero en los tratamientos que generan más años en buena salud por el presupuesto disponible
¿Qué propone para abordar el problema de sostenibilidad en el gasto sanitario?
Mi propuesta es que, si el gobierno decide gastar, por ejemplo, el 10% del PIB en salud pública (como en Holanda y España), debemos distribuir este presupuesto de la manera más eficaz posible. Para mí, eficaz significa conseguir el máximo de salud.
¿Cómo se mide la salud en su modelo?
Originalmente, se medían solo los años de vida, pero también es importante la calidad de vida. He desarrollado modelos para medir la salud, y luego los usamos para evaluar nuevos tratamientos. Calculo el costo y los beneficios de un tratamiento según mi medida, que es un año en buena salud. La idea es gastar el dinero en los tratamientos que generan más años en buena salud por el presupuesto disponible.
Hans Bleichrodt, catedrático de Economía de la UA / ALEX DOMINGUEZ
¿Existen métodos similares en otros países?
Sí, en Inglaterra, por ejemplo, el National Institute of Clinical Excellence (NICE) requiere que las empresas farmacéuticas o instancias independientes realicen estudios para cada nuevo tratamiento. Si el costo para ganar un año en buena salud es demasiado alto, NICE no lo incluye en el sistema de salud pública. En Holanda también se hace, aunque a veces el gobierno se desvía por otras razones, como en el caso de enfermedades raras.
¿Podría dar un ejemplo de una excepción a esta regla?
Un ejemplo es la ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica). El tratamiento para esta enfermedad es tan costoso que nunca pasaría el umbral de costo-efectividad. Sin embargo, la sociedad puede decidir hacer una excepción para estas personas debido a su mala suerte.
Poner precio a una vida hace que las decisiones sean más transparentes
¿Por qué defiende que hay que poner precio a una vida y qué repercusiones tendría en el sistema sanitario?
Porque hace las decisiones más transparentes. Si no lo hacemos, efectivamente decimos que una vida tiene valor 0, porque no lo tenemos en cuenta, lo que es una sandez. La consecuencia de hacerlo es que podamos gastar el presupuesto de la salud lo más eficaz posible, es decir ganamos el máximo de salud dado el presupuesto.
¿Se ha encontrado inconvenientes a este modelo en España?
El principal inconveniente es que a la gente le cuesta poner un precio a la salud o a una vida humana. Normalmente, la gente dice que una vida humana no tiene precio.
¿Qué piensa usted de esta objeción?
En Holanda, donde casi todo el mundo va en bici sin casco, les pregunto a mis alumnos si su vida es infinitamente valiosa. Si lo fuera, estarían dispuestos a pagar cualquier precio por un casco que les salve la vida. Pero nadie lo quiere. Esto demuestra que la gente no le da un valor infinito a su propia vida y que estamos dispuestos a hacer una contraprestación entre el riesgo de morir y el dinero. Si la sociedad dice que no se puede poner precio a una vida, entonces tendríamos que invertir en cualquier tratamiento, incluso si solo gana una semana de vida a un costo exorbitante.
¿Cómo reaccionan los políticos a esta idea?
Los políticos están de acuerdo con todo lo que digo hasta que llego al punto de que tenemos que poner un valor a una vida. En ese momento, dicen que no pueden ni quieren hacerlo.
En Inglaterra el valor de una vida es de aproximadamente de 1,5 millones y en España es similar
¿Se ha estimado el valor de una vida en algún lugar?
En Inglaterra el valor de una vida es de aproximadamente 1.500.000 euros. En España, estudios realizados por un amigo mío en la Universidad de Navarra, José Luis Pinto, muestran un valor similar en Inglaterra cuando se pregunta a la gente. Sin embargo, a los políticos les cuesta mucho usarlo explícitamente en la política, aunque implícitamente lo hagan. En EE. UU. el valor de una vida es más alto, aproximadamente, de 7 millones de euros.
A los políticos les cuesta mucho poner precio a una vida, aunque implícitamente lo hagan
¿En qué consiste el proyecto Prometeo en el que está trabajando?
Un problema con los métodos tradicionales para calcular el valor de la vida, como los usados por José Luis Pinto, es que se basan en teorías económicas tradicionales que no describen bien el comportamiento humano. Estoy diseñando otras fórmulas, usando ideas de la psicología, para calcular mejor qué piensa la gente en España sobre lo que vale una vida humana. El objetivo es dar a los políticos un número que puedan usar en la política para hacer la decisión lo más transparente posible. El proyecto es de cuatro años.
¿Cuál es su papel en este proceso?
Mi papel es dar el lado económico y decir qué es lo mejor que se puede hacer según la economía. Si los políticos deciden tomar otra decisión por razones éticas, deben explicárselo a la gente.
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