El premio

La cosa iba por años alternos: un año pijama, al otro el Planeta. Mi suegra, mi querida Eulalia (renombrada Yaya para siempre jamás por mi hija, la nieta primera), me ponía los Reyes con la cadencia inaplazable de las mareas. Nunca supo, me ocupé bien de ello, que jamás he usado ni una cosa ni otra. Ella, en su bondad, en su forma amable y cariñosa de ver la vida, pensaba que debía renovar mi ropa de cama con cierta regularidad y que, en los intersticios, el libro que ganaba el premio mejor dotado de las letras hispanas (que debía, en toda lógica, ser el mejor libro de todos los libros), era el regalo perfecto para mí. Así, tengo una buena colección de esas novelas premiadísimas que nunca me atreví a decirle que no me interesaban lo más mínimo por más que alguna vez las firmara gente importante como Vargas Llosa, Camilo José Cela, Ana María Matute, Antonio Gala, Juan Marsé o Torrente Ballester. Nunca vi la necesidad de explicarle que, seguramente, es un premio por encargo, que suele tener dueño antes, incluso, de escribirse el texto, y que su única intención es conseguir ventas masivas para, como mínimo, recuperar el dinero invertido en la dotación. A mí no me sorprendía la dulce inocencia de Eulalia, pero me sigue asombrando la candidez de las mil trescientas veinte personas que enviaron su manuscrito a esta última convocatoria pensando que tenían una mínima oportunidad.

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