Una de las promesas de la campaña de Trump fue acabar con la guerra de Gaza en dos días. Pudo haberlo hecho cuando inició su mandato. Tan solo con detener todos los envíos de armas a Israel hubiera conseguido detener la guerra. Pero el negocio del envío de bombas estaba ya en marcha y era demasiado abultado para detenerlo de manera que la paz no era una opción. Así que mantuvo el apoyo cerrado al gobierno de Netanyahu y la complicidad en la destrucción de Gaza y la masacre de la población civil. Yo te proporciono las bombas y tú las repartes.
Ahora, unos meses y varias decenas de miles de muertos más tarde, la destrucción deja de ser un negocio porque ya todo está destruido, así que hay que pensar en un cambio en el negocio y cambiar la destrucción por la reconstrucción, que promete incluso ser un negocio mucho más rentable. Y en eso estamos. Ya conocemos perfectamente cual es el plan de reconstrucción de Trump para la franja de Gaza. Él mismo ha publicado un vídeo al respecto. Primero se limpia el territorio de escombros y de gazatíes, que están por ahí, estorbando, y después se inicia la construcción de un megacomplejo de ocio y diversión. Un resort de lujo deslumbrante y fantástico.
Es cierto que el volumen de escombros es muy grande, y es cierto que dos millones de personas son mucha gente, pero si se pueden deportar a todos los inmigrantes latinos de los EE UU de Norteamérica porque son todos unos delincuentes, bien se pueden deportar a dos millones de palestinos dado que todos son unos terroristas. ¿Y los niños? Los niños también, dado que son futuros terroristas, más vale prevenir. Así que hay que imponer la paz, porque la paz es imprescindible para emprender esta segunda parte del negocio. Y como guinda del pastel el premio Nobel. ¿El premio Nobel?, pero ¿por qué? Pues por dejar de matar. Al menos por dejar de matar con bombas. Bienvenidos a la paz trumpiana. Desde luego, como hombre de negocios es merecedor de mucho más que el Nobel.
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