Hubo un momento en el que a Tomás González (Madrid, 1963) se le hizo tan larga la espera de un Valencia-Real Oviedo que incluso temió que nunca se volviera a dar. Pero mantuvo la fe. Y ahora, 24 años después, vuelven a enfrentarse los dos clubes que más han marcado su carrera deportiva. En el conjunto che, 173 partidos, incluidos 9 en Europa. En el azul, 159 encuentros, y un lugar en el que aposentarse, pues en Oviedo sigue viviendo. El que fuera magnífico centrocampista se prepara para la cita, en la que planea estar presencialmente, con LA NUEVA ESPAÑA, analizando la actualidad y repasando su carrera.
Por fin un Valencia-Oviedo, ¿cómo lo ve?
Primero lo afronto con muchas ganas porque es un partido interesante para recordar los tiempos vividos en Valencia. Siempre mantuve la esperanza en que volvería a ver un Valencia-Oviedo, pero la cosa se ha ido alargado… (risas). Fíjate que confiaba más en el ascenso el año anterior, el de Carrión, que el pasado.
¿Y eso?
Con Carrión veía más cosas, más hechura de equipo. La cagaron en el último partido. Lo perdieron en cinco minutos. Y el pasado tuvimos la suerte que siempre debe acompañar en los momentos clave.
¿Qué le parece la labor de Paunovic?
Fue un cambio radical a lo que había, sobre todo en mentalidad. En Segunda no jugábamos muy bien, pero ganábamos: hubo una evolución en la mentalidad. El problema ahora es que lo que hacías en Segunda no te vale en Primera. Tienes que arriesgar más, ir a ganar. No puedes salir a ver lo que pasa porque en Primera así estás muerto: te mata cualquier equipo.
Dígame lo que más le gusta de este Oviedo.
Veo que hay jugadores interesantes, pero no he visto un equipo plenamente formado. Hassan es el que más llama la atención: es una cabra loca que hace de todo, lo mejor y lo peor. Pero tiene claro que hay que tirar hacia adelante. Debe contagiar al resto, dentro de un orden, claro.
¿Por dónde pasa la mejora?
Por una mentalidad más ofensiva. Hay que salir a ganar desde el minuto 1. Si logras ese cambio, te irá mejor. En Segunda te vale sobreviviendo. Pero en Primera… Me falta una identidad. Se ve un equipo en el primer tiempo y otro en el segundo. Tienes que tener más regularidad y tener claras las cosas.
Hablemos de su carrera. Pierde la Copa de la Liga de Segunda ante el Oviedo y se va a ese equipo.
Ese mismo día se negoció ya. Nada más terminar el partido de la Copa de la Liga, en el Calderón, me vienen a buscar y me dicen: «Sube a presidencia». Estaba Vicente (González Villamil) y directivos de los dos equipos. El del Atleti me dice que me quiere fichar para el Oviedo.
¿Dudó?
Me quería también el Elche, en Primera, pero lo tuve claro. Cárdeno, con el que había estado en el filial del Atleti, me habló muy bien de Oviedo, y yo lo que quería era jugar. Entrenaba todos los días con el primer equipo del Atlético, con Aragonés, pero luego el fin de semana me iba al filial. Jugaba siempre Landaburu, era intocable. Hablé también con Peiró, el técnico del Madrileño, y me dijo: «Es muy simple: si la gente te ve, te va a reclamar; si no, no te reclama». Y yo pensé: «Pues me voy al Oviedo».
¿Fue un cambio drástico?
Nunca había pensado en salir de Madrid y ahí estaba en un tren camino de Oviedo. El primer año era cedido por el Atleti y no me daba ni para pagar el alquiler, hasta que el club nos negoció un restaurante en Valentín Masip para comer allí, y eso que me ahorraba. Pero salió todo bien desde el principio, en diciembre el Oviedo ya quiso ficharme y me firmaron por tres años. Disfrutaba, jugaba, y yo encantado. Me subieron el dinero. Cobraba cinco millones de pesetas, una mierda. De los sueldos de la mitad para abajo, aunque había de todo. Pero yo, feliz.
¿Cómo se integró tan rápido?
Fue un poco de todo, mi mentalidad, que los compañeros eran buena gente y que Romero, el entrenador, por su manera de entrenar, me venía bien. Le gustaba jugar al fútbol, yo casaba con su idea. En el equipo hicimos piña rápido y yo pasaba mucho tiempo en la Sidrería El Pilu, donde Encarna y el Pilu me trataban como si fueran mis padres.
¿Su mejor recuerdo en Oviedo?
Hay muchos. Subir es increíble, pero para sentirte futbolista, futbolista hay que jugar en Primera. Y el año después del ascenso fue increíble. Había mucha diferencia: más nivel, más profesional, más serio. Enfrente tenías gente que coleccionabas en los cromos, y yo era muy joven, pero tiré para adelante. El rival era mejor, pero me daba igual que viniera el Barça u otro. Había que pelear con todo.
Una curiosidad: ¿fue mayor la fiesta del ascenso del 88 o la de junio?
Son diferentes. La nuestra más improvisada, nadie esperaba nada. Ahora se podía intuir, estaba todo más preparado. Pero el nivel de gente en la calle fue maravilloso en ambos casos.
¿Por qué sale del Oviedo en 1989?
Muy fácil. Yo quería quedarme en Oviedo ganando dinero y Eugenio pensó que no. Decía que yo era caro y luego trajeron a Viñals y Gracan, cada uno por el triple de lo que yo hubiera cobrado. Y el caro era yo, ¿eh? Le pedí unas cantidades y Eugenio se enrocó. Como mi futura mujer era de Oviedo, pensaba que no me iba a mover de aquí.
¿Y por qué Valencia?
Me llamaron el Atlético, el Zaragoza y el Valencia. Al Atleti le dije que no, porque de allí me echaron: no tuvieron confianza en mí. Decidí entre Valencia y Zaragoza; me llenaba más el ambiente de Valencia. Y allí sí que pedí y me dieron.
«A los cinco o seis partidos yo, con mi mentalidad, me dije: «Con ese ritmo no bajamos». Y allí me decían: «No, no, aquí se viene a ganar la Liga»
¿Qué Valencia se encontró?
Un muy buen Valencia. En mi primer año fuimos subcampeones de Liga. Era un salto importante. La diferencia era pasar de no bajar a pelear la Liga. A los cinco o seis partidos yo, con mi mentalidad, me dije: «Con ese ritmo no bajamos». Y allí me decían: «No, no, aquí se viene a ganar la Liga».
¿Otra integración exitosa?
Me costó un poco al principio. El entrenador, Espárrago, tenía la mentalidad de que el que llegaba nuevo iba al banquillo, luego jugaba un rato y después pasaba a la grada. Así era al principio. Hasta que al tercer o cuarto partido dije que me quería ir. Lo hice públicamente, en la prensa. Parte de la afición se enfadó y otra me apoyó. Yo había ido para crecer y no me ponían. Me vino bien. Espárrago reculó, empezó a ponerme y ya no me quitó. No puedes tener a una persona parada porque sí. Y yo confiaba mucho en mí.
Más presión que en Oviedo, ¿no?
¡El triple! Era una barbaridad. En Valencia, como no fueras ganando a los 15 minutos la gente se enfadaba: era muy exigente. La gente llenaba el campo, apoyaba, pero achuchaba. Yo sabía que me venía bien, porque en esos ambientes me motivaba. Había jugadores a los que se les podía quedar grande, pero a mí no me influía.
Su mejor momento en Valencia.
Cuando me renovaban. Firmé cuatro años, yo estaba jugando 30 partidos por temporada, pero en verano siempre estaba en lista de posibles salidas. Tres años así. Había comprado piso y no era capaz de reformarlo porque pensaba: «Espera, que a lo mejor me voy en verano». Y en mi último año, en el que ya terminaba contrato, en vez de quedar libre me renuevan un año más. Fue una alegría.
«La selección era un poco política. Iban los más conocidos. Yo no lo era tanto»
Se fue al Racing.
Acabé contrato, me quiso el Villarreal, pero quería acercarme a Asturias. Tenía claro que volvería. Me salieron ofertas del Racing y del Celta y me fui a Santander por cercanía, solo por eso.
Acabó en el Marino, pero da la sensación de que pudo estirar más su carrera.
En Segunda tenía opciones de seguir, como el Toledo, pero estaba cansado de la rutina, de los viajes, de tanto autobús… Antiguamente ibas todo en bus o tren toda la noche. Se hacía muy largo.
¿Le queda la espina de no haber conquistado un título?
Gané la Copa de la Liga con el Atlético Madrileño, pero sí, haber conquistado un título hubiera sido la leche. Pero lo que me quedó ahí dentro es no haber sido internacional.
¿Y estuvo cerca?
Creo que sí, pero la selección era un poco política. Iban los más conocidos. Yo no lo era tanto. En el 92 estuve cerca, con Miera en el banquillo. No hablé directamente con él, pero me llegó que José María García, que tenía un enorme poder de influencia, había dicho que podía ir. Pero al final no se dio.
Vía: La Nueva España













