Afirmaba Le Clézio, el Nobel de Literatura, con palabras más o menos eruditas, que no había en su vida nada tan interesante para ser contado, y que por eso se dedicó siempre a narrar, a recrear historias, a zambullirse en la ficción, estableciendo un maridaje con la novela, con el “romain”.
No puedo estar más en desacuerdo. Sigo sosteniendo que no hay historia comparable con la que cada ser humano arrastra encima. Que dé pudor mostrarla es otra cuestión. Pero no entiendo cómo es posible que continúen existiendo esas tentaciones a fabularlo todo, a inventarlo todo, a mirar hacia afuera y a inventar universos, cuando bastaría con mirar adentro, escudriñar dentro, para encontrarlo todo.
Quienes están bien dotados para el relato deberían contarse, explicarse, para que los demás tuviésemos una referencia de primera mano, no de ficción imaginaria, sobre las claves vitales. Por eso me gustan tanto los cineastas y los escritores cuyas obras navegan en las tangencias de la autoficción, por más que se haya pervertido esta palabra tratando de diseccionarla en cursos de verano y de invierno.
No hay historia pequeña. No hay vida que no sea singular. Sopesando qué ha pesado más, si las circunstancias o las trabas autoimpuestas, cada cual podría contar la suya. Y siempre, siempre, sería nueva, interesante y aleccionadora para el oyente. Por eso agradezco tanto que los cineastas y escritores capacitados indaguen en ello.
Arranca la temporada y de aquí a noviembre veremos en la pantalla grande lo nuevo de Alauda Ruiz de Azúa, David Trueba, Cesc Gay, Alberto Rodriguez, Alejandro Amenábar, Fernando Franco, Imanol Uribe, Jon Garaño, José Mari Goenaga, Agustín Díaz Yanes y Carla Simón. Seguro que muchas de las historias nos conciernen.
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