Faltan todavía varias horas para que se levante el telón y el Teatro Palacio Valdés de Avilés ya funciona a pleno rendimiento. En el escenario hay piezas de escenografía esperando su turno, ropa preparada para cambios que durarán apenas unos segundos y técnicos comprobando que cada objeto esté exactamente donde debe. En el patio de butacas, mientras tanto, Adolfo Mesón, Eduardo Padilla y Rodrigo Granda apuran los últimos ajustes desde el puesto de sonido. La función aún no ha empezado, pero el espectáculo hace tiempo que está en marcha. «Llegamos tres o cuatro horas antes, dependiendo del trabajo que tengamos que hacer. Ahora, al estar arrancando los musicales, tenemos muchísimo trabajo», explica Mesón. La vida de una producción musical itinerante empieza mucho antes de que el público ocupe su asiento y termina bastante después de que desaparezca el último aplauso. La peculiaridad de estos días en Avilés multiplica todavía más ese juego de transformaciones. La compañía alterna «Jekyll & Hyde» y «Annie», dos musicales con universos casi opuestos que comparten buena parte del equipo y del elenco este fin de semana en el odeón local.
En su mesa, rodeado de controles, pantallas y una obra que tiene que conocer prácticamente palabra por palabra, Adolfo Mesón resume una de esas profesiones que el espectador apenas percibe. La música no aparece por arte de magia cuando un actor termina una frase. «Nosotros somos un poco como el director musical. Tiramos la música con un texto del intérprete, así que tenemos que conocer la obra perfectamente, cada frase», señala. Al principio de la gira de los musicales esa memoria todavía está tomando forma. Hay que repetir, corregir, ajustar volúmenes y acostumbrarse a cada teatro. «Luego, cuando ya lo tenemos controlado, los horarios son más relajados, pero ahora trabajamos muchas horas».
Los actores tampoco llegan, se maquillan y salen a cantar. Ana Saavedra aparece entre las primeras, coloca su vestuario y empieza a reconocer un espacio nuevo. Estar de gira significa que casi cada semana cambia el escenario, cambian las distancias y cambian los rincones donde habrá que desaparecer durante unos segundos para convertirse en otro personaje. «Lo primero es saber dónde venimos, a qué teatro y con qué espacio contamos», explica. Antes de centrarse en interpretar toca estudiar, localizar las entradas y salidas y decidir dónde estarán preparados los cambios rápidos de vestuario. «Una vez que tenemos claras las posiciones, ya entra el momento como actriz de centrarse en lo artístico, maquillaje, peinado, calentamiento vocal y concentración».
Y después está la herramienta indispensable, la voz de los intérpretes. Cuatro días seguidos de funciones, números corales, baile y canciones obligan a medir cada esfuerzo. «Durante la función hay que tener mucha conciencia, porque dependiendo del teatro cambia mucho el sonido y tienes que saber hasta qué punto estás forzando o no», cuenta Saavedra. Al terminar tampoco acaba el trabajo. En su caso, con un papel especialmente exigente a nivel vocal, la rutina continúa lejos de los focos. «Intento callarme, hago nebulizaciones con suero fisiológico, bebo mucha agua y procuro hidratarme mucho». Hablar menos, descansar, alimentarse bien y cuidar la garganta forman parte también del trabajo diario de una actriz de musical.
261002LNE Mara Villamuza 244700765 / M. Villamuza
Muy cerca del escenario, Charo Jiménez, directora de vestuario, gobierna otro de los mundos invisibles de la función. De ella dependen los trajes, los complementos y, sobre todo, que cada «modelito» aparezca en el momento preciso. «Yo me encargo de todo el vestuario, de todos los modelitos que vemos sobre el escenario», explica mientras revisa la ropa. El verdadero vértigo llega cuando la obra ya está en marcha. «Lo más estresante son los cambios durante la función, porque algunos hay que hacerlos a toda prisa, en muy pocos segundos». Aquí tampoco vale improvisar. Cada prenda debe esperar en un lugar concreto y en un orden determinado. «No puede fallar nada, porque mientras unos actores están entrando en escena, otros ya están saliendo para cambiarse».
Mireia Coma pasa de la oscuridad de un thriller a la luminosidad de una historia familiar y encuentra precisamente ahí uno de los atractivos de su oficio. «Es una maravilla porque como actrices tenemos que ser muy versátiles. Pasar de la profundidad del drama, de la sangre y del terror, a algo familiar, con luz, energía y otro potencial a nivel coreográfico, es maravilloso». Carlos Salgado percibe incluso el cambio desde el escenario. «En ‘Annie’ el público responde más durante la función, mientras que en ‘Jekyll & Hyde’ se genera un ambiente mucho más solemne hasta el final, cuando de repente explota». Dos obras, dos tonos y apenas unas horas para cambiar completamente de registro.
Una coreografía oculta
Si delante del telón existe una coreografía, detrás hay otra igual de precisa. Victorio de Cuns, regidor del espectáculo, controla que los movimientos de actores, técnicos, decorados y utilería encajen sin encontrarse por el camino. «Tenemos todo ubicado de tal manera que podamos tener dos funciones al mismo tiempo», explica. Hay que encontrar un sitio exacto para cada elemento dentro de un espacio donde se cruzan 18 artistas y al menos seis técnicos, muchas veces con poca luz. «Es un poco caótico. Hay que evitar choques, golpes, siempre hay de todo». Por eso una silla no se deja simplemente en una esquina ni un objeto puede cambiar de sitio porque sí. «Esto se queda aquí y no se mueve hasta que no se vaya a utilizar».

Un detalle de la zona de vestuario del musical «Jekyll & Hyde» / M. Villamuza
La tensión aumenta cuando termina una función y hay que preparar la siguiente. El telón baja, el público empieza a salir y, mientras todavía resuenan las conversaciones en el patio de butacas, detrás comienza otra cuenta atrás. «Esperamos un poco a que se vaya la gente para hacer el mínimo ruido posible y empezamos directamente. Hacemos todo el intercambio de objetos, utilería y escenografía en el menor tiempo posible», relata De Cuns. Cada miembro del equipo técnico del musical sabe qué tiene que retirar, por dónde debe hacerlo y en qué momento puede cruzar. «Igual que los actores bailan y cantan a tiempo, nosotros tenemos que ir al mismo tiempo que ellos. Cuando se mueven hacia un lado, aprovechamos para sacar por el otro lo que ya no se utiliza y cambiar la escenografía».
Así transcurre la vida dentro de un musical, entre horarios que empiezan horas antes de la apertura de puertas, botellas de agua, prendas colocadas al milímetro, señales de sonido, carreras silenciosas y personajes que tienen que quedarse atrás para dar paso al siguiente. La gira obliga además a repetir ese ritual en cada ciudad, adaptándolo a un escenario distinto sin que el espectador note las costuras. Y ahí está precisamente el objetivo. Que cuando se apaguen las luces y arranque la música nadie piense en los cables, en las marcas del suelo, en quién espera detrás de una pata con un abrigo entre las manos o en el técnico pendiente de una frase concreta. Durante unas horas todo debe parecer sencillo. El gran trabajo de un musical consiste precisamente en que no se vea el trabajo.
Suscríbete para seguir leyendo











