¿Qué une realmente a las palabras con las cosas? – Anne Carson
«Del mar venían las mejores y peores historias». Ése podría ser el comienzo de esta novela deslumbrante. Ya desde la primera línea lo es. El entierro de una niña que murió una noche de tormenta. Tres hombres en una barca que zozobra. La violencia de las olas y la de unos hombres que sacan de las aguas encrespadas lo que esconde el fondo marino y la fuerza que les concede sobre el miedo del padre y la inocencia de María. Así empieza la historia. El entierro de una niña. Como cuando yo era un crío y se murió en el pueblo la hija recién nacida de la familia que llegaba a Gestalgar no sé si en los otoños para arreglar paraguas y sartenes. La niña que cabía en una caja de zapatos. Más de una vez he buscado el sitio donde la enterraron. Dicen que donde dejaban a quienes se morían sin bautizar. Nunca encontré ese montoncito de tierra. A otro pueblo, Camariñas, acaba de llegar una mujer joven que se hará cargo del museo del encaje. Se llama Ari. En el entierro descubre a una mujer que no forma parte del coro plañidero. En realidad, lo que verá Ari no es a una mujer. Verá sus ojos.
El idioma de las raíces
Las historias del mar son las de las mujeres que tejen desde hace siglos las redes para la pesca. Su espera a que regresen los hombres del mar y la cantina, la espera en el bar de Cruz que será, al fin, el espacio donde las mujeres palilleiras urdirán las formas, las estrategias de la revuelta. Catuxa. Xela. Lita. Chiruca. Cruz… las voces que armarán la de dios es cristo para que las cosas dejen de ser obligadamente lo que habían sido hasta entonces. Juntar las palabras con las cosas: «Palillaron la lengua materna a la medida del lugar, entre todos hicieron sonar el idioma que hablaban las raíces». Pero esa voz, que era común a hombres y mujeres, acabó siendo patrimonio de las mujeres más que de los hombres. Porque ellas aprendieron a hablar -no con los demás- sino con ellas mismas. Y es ahí donde se produce la revuelta. ¡Qué bien lo explica Pilar Carrera en su pequeño gran libro titulado La belleza de la teoría. No hablaba Eva con la serpiente, sino con ella misma: «Ese hablar consigo misma, esa reflexión… desemboca en la desobediencia a una orden. La teoría se vincula directamente con un acto de desobediencia a la ‘autoridad’».
El cuerpo de la niña en el rito de esa desobediencia, un rito que la memoria establece para que todo deje de ser como era antes de la violencia la noche de su desaparición. La llamada. Mirar por encima de los acantilados. Llegar a los sitios donde se guardaban el secreto de un pueblo y las voces que fueron las del miedo en el relato patriarcal que nunca se deshizo hasta la muerte de María y la llegada de Ari para hacerse cargo del museo del encaje en Camariñas. Decidir el ascenso a la cueva donde no habita el minotauro sino las Señoras de Costa da Morte. No eran las tres mujeres sino sus ojos. Los ojos que lo miraban todo desde lejos en el entierro de la niña, que descubrió Ari recién llegada al pueblo y sintió que algo iba a suceder -o estaba sucediendo- sin que ella supiera -ni bien ni mal- de qué se trataba porque los ojos que lo anunciaban no eran humanos. O sí. Lo descubriría después, cuando las mujeres ascendieron por los montes para encontrar sus ancestros, los desaparecidos vestigios de la rebelión contra lo que había sido norma de obligado cumplimiento hasta entonces.
Las Señoras de Costa de Morte: Navia, Briana, Otile. No tanto ellas como sus ojos. El destierro a la inexistencia lejos de Camariñas. Y poner nombre a las cosas. El primer nombre: Ariadna. No la llaméis Ari. Porque si es Ari, el minotauro acabará no con Teseo sino con la rebelión de las palilleiras. Con vosotras. Catuxa. Xela. Lita. Chiruca. Cruz. Ari… Las Tres Arañas que habían sido las tejedoras del miedo hasta que la muerte de la niña despertó la necesidad de saltarse los muros que separaban la voz de las mujeres de las que siempre levantaron por encima los hombres del vecindario. El poder desconocido que bajará de los montes para destejer la espera interminable a pie de puerto, en las mesas de la taberna de Cruz, en las casas con las ventanas cerradas a merced de las tormentas.
Dueñas de la saliva y los hilos
Todo cambiaría desde entonces. El hilo que antes conducía el miedo sería el que movería -a partir de ahora- las manos libres y poderosas de las palilleiras en el pueblo: «Aquellas manos entregadas siempre a un arte que nunca podrían sustituir las máquinas: aquellas manos que en sus cuencas sostenían un mundo».
Las mejores y peores historias habían venido del mar hasta la llegada de Ariadna a Camariñas. La historia que cuenta Nerea Pallarés en Punto de araña, su primera novela, publicada antes en gallego, es -ya lo dije al principio- deslumbrante. El relato en que la oralidad va tejiendo las vidas que serán contadas como se hacía antes en las plazas de los pueblos. Las vidas de unas mujeres que se levantaron frente a un poder que, sin que se dieran mucha cuenta, las oprimía hasta la anulación. Y en el medio, en el centro mismo de ese corro de manos enlazadas de las palilleiras, ellas, «veneradas y temidas, las Señoras de Costa da Morte, dueñas de la saliva y de los hilos, transmisoras del saber ancestral».
Tal vez porque yo mismo vengo -y lo digo con orgullo- de una oralidad que ha desaparecido de los pueblos y los montes donde nací y donde sigo viviendo. Tal vez por eso, o porque el libro empieza con el entierro de una niña que me llevó a las raíces donde se va construyendo, casi siempre a salto de mata, lo que somos -lo que soy, al menos- esta novela es una pasada la miren ustedes como y desde donde quieran mirarla. En todo caso, si la leen, ya me dirán si bendicen esta crónica -no sé escribir críticas ni reseñas- o la llevan a que le echen mal de ojo las Tres Arañas de la Costa de Morte. Ya me dirán ustedes, ¿vale? Ya me dirán.
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