En 1966 se editó en la ciudad de Buenos Aires Todos los fuegos el fuego. El libro de cuentos de Julio Cortázar aprovechó la ola de popularidad de Rayuela. Leer a Cortázar era un blasón que querían exhibir hasta las modelos que Gente, una revista de noticias sobre la farándula, elegía entre los personajes del año. Y leer, en tiempos analógicos, solo era posible a través del préstamo y la compra. Sesenta años más tarde, las bibliotecas públicas de la capital argentina reciben cada vez menos presupuesto, y las librerías atraviesan su peor momento en décadas. Hubo un tiempo, el de Todos los fuegos el fuego, en que la avenida Corrientes fue el símbolo de una vida cultural nocturna que no conocía el sueño. Ciertos bares y librerías, como la Hernández, cerraban a las cuatro de la madrugada. El verbo «cerrar» tiene ahora otra acepción para una ciudad que hasta diciembre de 2023 contaba con unas 380 librerías a la calle. Esto equivalía a un promedio de 25 por cada 100.000 habitantes, superior al de Madrid. Pero desde que gobierna la ultraderecha han tenido que bajar sus persianas decenas de ellas, algunas emblemáticas de la avenida de Mayo y la mencionada Corrientes. Y todo puede empeorar porque las ventas han caído un 42% en los últimos tres años, mientras los costes operativos se han incrementado un 31%.
Durante el año Buenos Aires acoge dos ferias del libro. Una está organizada desde hace décadas por la Fundación El Libro. El segundo evento, La Feria de Editores (FED), se ha convertido también en un acontecimiento masivo. En ambos casos parece repetirse la misma situación: buena parte de los asistentes adquieren en ese momento el ensayo o la novela preferida. En muchos casos se llevan a sus casas uno o dos volúmenes. Y nada más. Se ha cumplido con la cuota anual. Esos momentos se han convertido en excepciones a una regla que solo se puede escribir en tiempos de crisis. «Cuando una librería cierra, no desaparece solamente un comercio, se pierde un espacio de encuentro, de acceso a los libros y de promoción de la lectura en cada comunidad», se lamentó días atrás la Federación Argentina de Librerías, Papelerías y Afines (FALPA). Esta situación tiene otro daño complementario: un deterioro de los índices de lectura y comprensión lectora, como acaban de demostrar los exámenes PISA. «Preservar las librerías es también preservar el acceso al libro y a la lectura en cada ciudad».
Los barrios son los más afectados por la situación. La gente entra a las librerías y a veces pasa una larga revista de lo que se exhibe. Las novedades y textos consagrados esperan tener la oportunidad de otros lectores. Sin embargo, predomina la inhibición. A veces los precios son prohibitivos. Un libro que en Barcelona cuesta 20 euros puede llegar a duplicar su valor. Los costes de impresión local se han encarecido debido a la inflación en dólares. FALPA ha reclamado sin suerte al Gobierno la devolución del IVA y acceso a líneas de crédito con tasas blandas para hacer frente a la situación de endeudamiento generalizado. También se pide una tarifa federal reducida para el envío de paquetes que permita la competencia con las plataformas digitales. «Las librerías independientes constituyen un invalorable capital cultural, son los espacios que garantizan la bibliodiversidad, dan visibilidad a sellos editoriales pequeños y medianos, y ofrecen la mediación comprometida de los libreros». Si se pierden espacios, «se empobrece el ecosistema editorial, se profundiza la desigualdad en el acceso al libro y se debilita aún más la formación lectora en nuestro país».
Deudores
Al igual que los libreros, muchos potenciales compradores están en una situación morosa. Un 50% de las personas encuestadas aseguran deber algo: impuestos, alquiler, expensas, préstamos de dinero y, también el libro que se llevaron con la promesa de pagarlo de inmediato o había sido financiado a través de un banco digital. La figura social del «deudor» es nueva e impacta en la industria cultural.
Medio siglo atrás, los libros de Cortázar fueron, como otros tantos, arrojados a piras por parte de una dictadura militar que, además de reprimir y censurar, promovió ritos purificadores. El 26 de junio de 1980 se destruyeron un millón y medio de libros y revistas editados por el Centro de Estudios de América Latina (CEAL). Esta incineración llevada a cabo en la periferia bonaerense fue 60 veces mayor que la ensayada por el régimen nazi en Alemania en 1933. El «libricidio» estuvo desde entonces asociado a aquellos años del horror. Pero la palabra encuentra otra resonancia candente en boca de los mismos libreros, temerosos de ser los próximos en cerrar sus negocios y dejar a una avenida o la calle de un barrio sin esa inequívoca marca de distinción.
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